11/08/2009

CIORAN EN ESPACIO NIRAM

Posted in Ensayo, Unas noticias y otros tagged , , , , a 18:44 por retratoliterario

E.M. CIORAN

E.M. CIORAN

La velada del sábado en Espacio Niram dio para mucho. Además del recital que mencioné en un artículo anterior, fui el invitado para la sexta edición del Café Cultural que versaba acerca del pensamiento, la obra y la vida de E. M. Cioran. Fue un honor compartir sillón negro a la luz de las velas con Fabianni Belemuski, amigo y director de la Revista Niram Art, para charlar sobre el autor de origen rumano, rodeados de la magnífica troupe -en el sentido humorístico de “tropa” y “cuadrilla”- que tendemos a reunirnos, allá en la Plaza de Ópera, para tratar de cosas inhumanas -en el sentido de que a la mayor parte del ser humano les viene a importar tres, por no decir palabrotas-.

F. Belemuski

F. Belemuski

Fabianni hizo lo que pudo para que yo no hablara de Wittgenstein, para que no me fuera de rama en rama hasta perder el hilo, ¡qué hasta sacó a Heidegger a pasear! Y tras él a Nietzsche. Pero uno, aquí presente, no está dispuesto a defraudar a la concurrencia. Y sí, aunque de pasada, mencioné a Wittgenstein. Y a Unamuno, por supuesto, cuyo pensamiento está cruzado de planteamientos muy cercanos al mismo Cioran, María Zambrano, compañera de éste en el Cafe de Flore en París a mediados de siglo, Ortega, que solía ser el fondo de las conversaciones con Zambrano… en contrapartida, enterado de antemano, Fabianni contraatacó nombrando a Sartre y a Savater. Mordí mi lengua porque el respetable no merecía escuchar improperios, un autocontrol que fue realmente admirado por el personal que me conoce. A ello hay que añadir que, para sorpresa mía, me encontré defendiendo algo que todavía no me había atrevido a soltar en público: la idea de la feminidad de la filosofía no sistemática, del pensamiento que recorre, entre contradicciones y paradojas, un camino envuelto en la niebla con una oscura, angustiosa, verdad latiendo en su fondo. Sin embargo, vino al caso por ser ese el borroso camino que transita Cioran, terreno por el que, lo más fácil, es meter el pie en el cenagoso charco de la inmundicia humana.

H. Martínez Sanz

H. Martínez Sanz

Cioran jamás quiso ser filósofo. Al contrario, contra lo que llamamos filosofía, último reducto de consolación, último clavo ardiendo, tras la religión y la ciencia, hinca Cioran sus garras y colmillos de León nietzscheano que ha renunciado a convertirse en niño, en Uebermensch, en creador de nuevos y flamantes, aunque, otra vez, falsos valores. Renuncia al sistema, a la academia, pero también a la búsqueda alternativa de soluciones y respuestas al drama de la vida. El mundo que ante él y, sobre todo, dentro de él se vacía, debe seguir la inviolable ley de la descomposición sin regodearse en la decadencia. Descomposición en fragmentos, en aforismos paradójicos, viscerales, lanzados como dardos contra las ilusiones irreales, contras las distorsiones del ser humano. Descomposción abocada a la nada, a la devastación absoluta. No hay sueños de la razón fracasada, ni pesimismo, ni vitalismo posibles; el relativismo, el epicureísmo y el estoicismo son una máscara cómoda. Sólo el ecepticismo, que nos abandona en el límite de las incertidumbres, y el misticismo, que nos eleva bajo promesas de trascendencia, son opciones viables, aunque inútiles.

Hablamos Fabianni y yo de Heidegger. Y por sorprendente que pueda parecer, no para subrayar lo que remarcan cuantos nada tienen que decir y tiran al escándalo y condena de los oscuros pasados, creyendo que los pensadores, y más aún alguien como Cioran, están exentos de los apasionamientos de la circunstancial historia. El eje de la relación Cioran-Heidegger fueron las misteriosas lágrimas del primero ante la tumba del segundo, desentrañar su significado. Y yo lo encontraba en el acento que ambos pusieron en la experiencia del tedio, del hastío, de las angustias como posibilidad de quitar el velo a la realidad humana y descubrirnos sobre el abismo del vacío, tragados por el sinsentido de la realidad y nuestro ser. También en aquel voto de confianza mística del “sólo un Dios puede aún salvarnos”, enigma, cuando menos, de Heidegger. Únicamente en esto encuentro la razón de ser de las lágrimas por el que Cioran llamó “genio impostor” o “genio estafador”, fascinado por el lenguaje y las preguntas, creador de un lenguaje tan nuevo como infructuoso.

Me preguntó Fabianni: ¿Pudo ser feliz Cioran en algún momento de su vida? Lo fue, desde luego, entre bibliotecas y burdeles, entre los libros que leía y las prostitutas que le acompañaban en los paseos nocturnos por las calles en las noches de insomnio. Aquí Fabianni sacó a relucir a Sartre y su preferencia por la conversación femenina, como único punto en que Cioran le respeta. En todo lo demás, Sartre es para Cioran el “empresario de ideas” del Café de Flore, el “pequeño Napoleón del pensamiento”, del que le admiraban los “gigantescos fracasos de sus concepciones”. Y ataca, por ejemplo, su defensa de la literatura y del intelectual comprometido, recibe su contrapartida en Historia y utopía, como en varios otros escritos donde la “literatura” es demolida junto al escritor mesiánico que viene a mejorar el mundo y que no pasa de ser una mera caricatura, una descarada exhibición de las taras personales, las miserias de uno mismo -al caso, leer La tentación de existir-. Y se le reprochará que él escribió sus miserias; y él responderá: “tengo la excusa de odiar mis actos, de no creer en ellos”.

Cartel Espacio Niram

Cartel Espacio Niram

Tras Sartre, apareció la tarascada de Savater. Bien es cierto que introdujo a Cioran en los años 70; tan cierto como que puede ser su único mérito filosófico. Y que introdujera a Cioran es ya un hecho que debe turbarnos: un moralista político trayendo bajo el brazo a un “exiliado metafísico”, por mor de una gran amistad y una amplia correspondencia. ¡Uno debe tener amigos hasta en el infierno!, decimos por aquí. Al margen de otras críticas que no vienen al caso, hay una afirmación que no comparto con Savater acerca de Cioran: le considera un autor “ahistórico”. Pienso todo lo contrario: Cioran está calado del clima y circunstancias históricas que vive, de sus circunstancias contemporáneas, rumanas y europeas. Sólo sobre ese fondo, creo, pudo surgir tamaña reacción de un pensamiento expresado desde las más interiores entrañas. Y su pensamiento, o su actitud, solamente caben dentro de la descomposición del s. XX, del alrededor ensangrentado y violento, frío, que reveló, al fin, el desmoronamiento humano por sus cuatro costados. Ni creo que antes, ni tampoco después, pudo haber un Cioran con semejante ataque bilioso.

Al tratarse de una charla entre español y rumano, en un Espacio como Niram, de reunión de ambos pueblos, su cultura y su formas, el tema de Cioran y España era un paso obligado. Rumano de nacimiento, francés por la lengua, encuentra en España el tono de su propio espíritu: el país de los extremos y las contradicciones, de locuras insondables, absorbido en su propio fatalismo y decadencia -concepto que llama nacional y cotidiano en nuestra forma de ser… lo leemos en La tentación de existir (y ahora si citaré el pasaje)-:

(…) los españoles tuvieron plazo suficiente (¡tres siglos!) para pensar en sus miserias y empaparse de ellas. Charlatanes por desesperación, improvisadores de ilusiones, viven en una especie de acritud cantante, de trágica falta de seriedad, que les salva de la vulgaridad de la felicidad y del éxito. Aunque cambiasen un día sus antiguas manías por otras más modernas, seguirían, empero, marcados por una ausencia tan larga. Incapaces de acoplarse al ritmo de la «civilización», clericoidales o anarquistas, no podrían renunciar a su inactualidad. ¿Cómo van a alcanzar a las otras naciones, como se van a poner al día, si han agotado lo mejor de sí mismos en rumiar sobre la muerte, en embadurnarse con ella, en convertirla en experiencia visceral? Retrocediendo sin cesar hacia lo esencial, se han perdido por exceso de profundidad. La idea de decadencia no les preocuparía tanto si no tradujese en términos de historia su gran debilidad por la nada, su obsesión por el esqueleto. No es nada asombroso que para cada uno de ellos el país sea su problema.

¿A quién se refiere con ese “cada uno de ellos”? A Ganivet, a Unamuno, a Ortega, al simbólico Don Quijote… y podría haber seguido con todo el noventayochismo y el novecentismo, con los del 27 y la posguerra, o haber retrocedido a Larra, o al Siglo de las Luces, porque, efectivamente, al español inquieto nuestro país se nos ofrece como paradoja y problema perpetuo, como “provincia absoluta fuera del mundo”, bajo el famoso lema moderno “Spain is different”. Fabianni dijo que no era la misma España aquella que conoció Cioran y la actual. La charla terminaba y no era momento de empezar a ejercer como español que sólo sabe hablar de su país como un universo completo y de su pathos. Ahora bien, para información general, ya saben, aunque a la mona la vistan de seda, mona se queda, y, en especial, en España, ya hemos podido disfrazarnos de europeísmo, americanismo y occidentalismo, que por dentro seguimos con la destartalada España de charanga y pandereta, y seguimos con las contradicciones, tan nuestras, que tienen perplejo al resto del planeta, con nuestra particular e infinita decadencia sin llegar nunca a un fondo, con nuestros desengaños y trágica falta de seriedad sobre las cuestiones más preocupantes. Ahora somos más cosmopolitas, es cierto, pero para extender con orgullo nuestro arremeter contra molinos, porque sólo nosotros vemos los gigantes… Y no son una mera imaginación, pues los gigantes también son españoles.

Fin de la charla. Apretón de manos y apagado de las velas que tan preocupado me tenían luciendo con estilizada llama sobre mi cabeza. Cambio de sillón por taburete de barra… y a proseguir la conversación, la misma, Fabianni, yo y la “troupe”, como un acto de lo más cotidiano.

Héctor Martínez

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1 comentario »

  1. […] Héctor Martínez Sanz: Cioran in Espacio Niram Articol in limba spaniola al filosofului Héctor Martínez Sanz. […]


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