18/09/2009

HEMOFICCIÓN, “EL VAMPIRO Y LA SEÑORA GARRAFÓN”

Posted in Teatro tagged , , , , , a 19:54 por retratoliterario

L. Mijares-Marxela

L. Mijares-Marxela

Ayer fui al teatro. Mejor dicho, el teatro vino a mí. ¿Cómo? Algún lector aún creerá que para ir al teatro hay que comprar una entrada e ir a unos de esos maravillosos templos con patio de butacas, palco platea, escenario y telón. Algún espectador no llamaría teatro a lo que no se realice en el templo. Pero, lo siento. Hay un teatro, como la Hemoficción, que se puede subir y bajar de un escenario, que puede pisar la calle o irrumpir en medio de una sala, junto a sus mesas y sus copas. Por ejemplo, en Espacio Niram, donde últimamente soy habitual. Por eso digo que, literalmente como se viene entendiendo eso de “fui al teatro”, yo no fui, él vino. Sin entrada, sin butaca, sin señor de al lado chistando si uno cuchichea, sin señoras emperifolladas -como me gusta esta palabra-, sin tener que esperar a que acabe la obra para ir a tomar algo.

L. Mijares-J. Trigos

L. Mijares-J. Trigos

Se llama Hemoficción, sí -y añadiría el “¿y qué pasa?” tan callejero-. Querrá el lector que le explique esto de la Hemoficción, pero.. no sé hasta que punto podría. Es lo que escribe Juan Trigos, lo que dirige y representa Lorenzo Mijares junto con Marxela Etchichury. ¿Hay sangre? Por aquello de “Hemo-“, ya sabe usted… Sí, hay sangre, y crimen, y violencia. ¿No me pregunta usted por la “Ficción”? No, hombre, eso lo entiendo perfectamente, porque leo novelas del género. ¡Ah, bueno! Pues entonces ya está todo dicho. Y sin embargo, no lo está. Porque hay que verlo, hay que asistir, al menos, a una obra una vez al año, en peligro de muerte y, sobre todo, si se va a comulgar, pues quizás se le quiten las ganas. ¿Blasfemia irreverente? Sí y no. Herejía socio-civil, diría yo. ¿Cómo? Lo que ha oído. Herejía socio-civil. Se lo explico: usted tiene bien medidos los parámetros de “normalidad”, ¿verdad? Sí, y tan bien. Pues aquí le demuestran que no. No entiendo. Lo intentaré de nuevo: usted, digo yo, tiene un trabajo, y madruga o trasnocha, unas horitas por unos durillos. Sí, así es. Y, ¿para usted es algo normal? Sí, claro, hay que vivir. Bien: llega a casa, y, ¿no tiene ganas de matar a alguien? ¿Cómo dice? Lo que oye, explotar, matar, asesinar… Como esa sea toda la explicación que puede darme, estamos listos. De acuerdo, déjeme intentarlo de nuevo: ¿usted ve las noticias en la televisión? Sí, cuando puedo. Sin duda, alguna vez se habrá cruzado noticias de sucesos, es decir, tipo normal, con estudios, alto nivel cultural, trabajo, felizmente casado, ¡hasta con niños! No grite que me sobresalta. Perdóneme, continúo. Le escucho. De pronto, ese tipo tan “normal”, me entiende, sale en las noticias porque se ha cepillado a toda su familia pasándolos a cuchillo en una orgía de sangre. Esto, a usted, no le parecerá normal. No, desde luego que no. Bueno, pues luego, micrófono en mano le preguntan los periodistas a los vecinos y… ¿qué suelen responder estos? Pues que no lo entienden, que se le veía una persona muy normal, trabajadora, cumplidora y educada. Efectivamente. ¿Y qué? ¡Y qué!, me dice. Sí, ¿y qué? Es normal que no se entienda. ¡Normal! He ahí el quid de la cuestión: es normal que nadie entienda que alguien normal hizo algo tan sangrientamente anormal. Así no hay quien se enteré. Piense, buen hombre, piense, que tampoco es tan difícil. ¿Me está llamando tonto? No, simplemente le llamo normal. Pero para usted normal y tonto son sinónimos. Bueno, ya hemos avanzado algo.

Marxela

Marxela

La obra que vi se títula El vampiro y la señora Garrafón, pero, por favor, no me pregunten el porqué. Tendría que explicar por qué otra se llama Cabeza de perro con orejas de conejo, o El HombreReloj. Y, lo siento, pero no me dedico a la filología, sino a ver teatro. Deje el espectador de intentar adelantarse a los personajes. Contemple. Una muñeca hinchable atada a la cintura de Marxela puede ser, perfectamente, un cadaver femenino muerto a golpes y colgado por los pies. Contemple y no mire. Deje que la anormalidad se le vuelva normal. Una baqueta puede ser un cetro o un pene erecto o flácido. Un títere desnudo, un vampiro bufón. Una marioneta puede ser un vampiro lechero. Unas faldas colgadas de una pared, una madre. Contemple. La sangre puede ser leche roja. Aunque no lo crea, Lorenzo Mijares es un rey loco que estudió hotelería y que pudo ser médico o abogado. Contemple. No intente ser el listo en un espectáculo de magia. Aunque, de todas formas, los primeros minutos le aturdirán. Para eso son los primeros momentos, para rendir al espectador, cansarlo hasta su entrega. Los magos lo saben. Le demoleran su instinto racional, y usted terminará por aceptar que no hay truco.

L. Mijares

L. Mijares

Pero, vamos a ver, ¿de qué trataba la obra? ¡Ay, Dios mío! ¿Usted conoce a Freud? No, no tengo el gusto. ¿Y a Jung? Tampoco, ¿son amigos suyos? Entiendo. ¡Oiga! Me parece muy bien que usted entienda, pero aquí, el que trata de entender soy yo. Bien, ¿sabe leer? Desde los cuatro años. O sea, que tiene experiencia. Lea el Manifiesto de Lorenzo Mijares. Lo leo. Lo estoy leyendo. Lo he leído. ¿Y bien? Yo estuve en México. ¡Eso es fantástico! Pero, ¿del manifiesto? Me harté a frijoles. ¿Mientras leía? No, mientras estuve en México. ¡Estupendo, amigo mío! ¿No me pregunta por el manifiesto? Sí, por cierto. Le comento, después de leer, me ha quedado todo mucho más oscuro. ¡Claro! ¡Bravo! ¡Eso es! Alguien como usted, con estudios, no podía defraudarme.

Marxela

Marxela

Yo estaba sentado, con mi licorcito de siempre, el de hierbas. Cuando no, un roncito entra perfecto. Delante de mí, Lorenzo Mijares y Marxela me desmontaban el mundo. Es un buen espectáculo esto de ver el mundo desmoronarse con una copita en los labios. Se me terminó la copa, sin darme cuenta. Me estremecí. Entiéndase que no por el fin de la copa. Lorenzo y Marxela, ¡qué extraordinario esfuerzo para la voz!, allí seguían, sin parar, haciendo el pino. Me estremecía porque no sé hacer el pino, y además, porque, como les dije al final junto a la barra, pidiendo otra, empecé a tener miedo de mí mismo -con o sin pino, el mundo al revés-. Una vez que habían acabado de devastar el mundo, ese gran yo universal, empezaron a devastarnos uno a uno, ese pequeño yo tan particular de cada cual. ¡Qué criminal es la rutina! Me vi como un necrofílico, adicto y sin solución. Estaba en un manicomio con camisa de fuerza desatada y sin celadores. ¡Era capaz de cualquier tropelía! Mi yo, mi superyo y mi ello convergían en una gran O admirativa. Probablemente, hasta me cambiase la cara. A todos, en realidad, por lo que nadie se dio cuenta. ¿Cuándo? Más o menos al instante que Lorenzo decía aquello de la razón de la sinrazón que a mi razón… ¡se hace! Y Marxela gritaba el nombre de los nombres: ¿Dios? No, ¡Don Quijote! Era la exaltación de la verdadera cordura ante un público lleno de locos… y Rocinante a la puerta. Eso sí, de Dios también se hablaba. Quizás sea el más cuerdo de todos, aunque no sé si es eso es algo bueno. Mis felicitaciones a Lorenzo y Marxela. Y a la familia Trigos, ante la que me quito el cráneo.

Héctor Martínez

(Imágenes: Espacio Niram)

MÁS INFORMACIÓN:

Teatro de Hemoficción  DarkPress  Hemoficción myspace  Teatro de Hemoficción Facebook  La Poetika  Niram Art núm. 17-18  TribunaLatina.com  Espectadores de Hemoficción

AUDIOVISUAL

Espacio Niram TV

Fragmentos de El vampiro y la señora Garrafón:

Más fragmentos de obras en Youtube-Canal de Teatro de Hemoficción

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1 comentario »

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