16/12/2009

GIORGIO COLLI: FILOSOFÍA COMO LITERATURA (I PARTE)

Posted in Ensayo tagged , , , , , a 12:13 por retratoliterario

G. Colli

Hay autores y pensadores que pasan totalmente desapercibidos a su época, o tan sólo se considera su labor más académica. Estos nombres tienen suerte si, en tiempos posteriores, se les recupera en las facetas que, anteriormente, se juzgaron anecdóticas. Es el caso de Giorgio Colli. Además de la heterodoxia que reflejan sus trabajos más académicos (traducciones, ediciones, cursos…), por los que se reconoce el nombre de Giorgio Colli, existen tres obras más que últimamente están siendo recuperadas y son centro de atención para la filosofía contemporánea: Filosofía de la expresión (Milán, Adelphi 1969), Después de Nietzsche (Milán, Adelphi 1974) y El nacimiento de la filosofía (Milán, Adelphi 1975). Las tres obras mencionadas son escritos en los que Colli usa la interpretación heterodoxa como telón de fondo para una exposición de su pensamiento: partir de Nietzsche y su evaluación del moderno Occidente y la Grecia antigua, aproximarse a las fuentes griegas y trazar la línea divisoria que establece Platón entre la “Sophia” y el “Philo-Sophos” a través de la discusión del logos transformado en lenguaje y literatura. Podrá resultar curioso y paradójico que Después de Nietzsche nos retrotraiga hacia el “antes”, pero es perfectamente comprensible cuando observamos que la decadencia descrita por Nietzsche y asumida en gran parte por la filosofía del s. XX, es clave para la renuncia de la modernidad, sus valores y concepciones, y para establecer la posibilidad de reactualizar el punto de origen desde el cual se inició la degradación racional de Occidente.

Prácticamente al comienzo de Después de Nietzsche, Colli lanza la sugerencia principal que guía el libro y su propio pensamiento:

Echar abajo las pretensiones sistemáticas y optimistas de la razón, acabar con la soberbia de la ciencia: de acuerdo –y por este camino podríamos dejar pequeño a Nietzsche- pero no es más que una premisa negativa. Siguen en pie las preguntas más importantes: ¿cómo ha podido suceder todo esto?, ¿en qué consistiría, en cambio, un uso sano de la razón? Y, ¿qué relieve adquiere una razón auténtica? La respuesta histórica no hay que buscarla en la dirección de Nietzsche, siguiendo las huellas de un origen moral. Es preciso indagar la génesis teorética: todo esto ha sido posible por una desviación de impulso cognoscitivo, acaecida en Grecia .

El sistematismo racional, principal enfermedad filosófica de Occidente, tiene su origen para Giorgio Colli en una desviación teorética, y no en una desviación moral. Dicha desviación se produce en la interpretación del logos y su transferencia al lenguaje discursivo de la escritura. El logos como razón comienza como un intento por traducir con la palabra una experiencia oculta, interior, inmediata, un “contacto”, cargado de potencia emocional. Surge en la conversación, y el logos es común a la colectividad. La inserción de la retórica del orador, de un único individuo que se dirige a la colectividad o público, envilece la traducción empapándola de persuasión. Un siguiente paso es la escritura del discurso retórico, donde:

El público ya no escucha las palabras, sino que las lee, ya no está implicado en el “pathos” personal y la magia del retórico. Esta escritura es conocida bajo el nombre de “filosofía”, y en un principio conservaba, aunque languidecente, el elemento emocional .

Después de Nietzsche

Se observa ya en estas pocas líneas que Giorgio Colli entiende la filosofía como un paso más del alejamiento definitivo del “contacto” y la inmediatez. El logos transformado en discurso escrito va perdiendo el elemento emocional que significaba una cierta relación con el detonante: la experiencia oculta, interior e incomunicable. El movimiento fatal acontece desde el momento en que la escritura se convierte en ley de la realidad, y el escritor en un legislador arbitrario que falsifica la inmediatez en la construcción lingüística que configura un “sistema”, confundiendo lo inmediato con la representación:

Perdido el contacto con la experiencia oculta, el discurso escrito debe hallar un puntal en sí mismo (…) Hay que reducir a uno los muchos significados de una palabra, se debe imponer tiránicamente el vínculo de una razón que pertenece únicamente, sin comprobaciones, a quien escribe. El único simulacro, falaz por añadidura, de aquella obra común de la que salió la razón es ahora, cuando toda emoción se ha apagado, el espíritu sistemático. He ahí el edificio alzado por un arquitecto arbitrario, con palabras que han recibido un único significado, vinculadas entre sí por un orden, por una necesidad que sólo un arrogante legislador ha sancionado. El “sistema” permanece como sucedáneo de todo lo que se ha ido perdiendo en las transformaciones precedentes, es el residuo de una cierta retórica exenta de emocionalidad, reseca, convertida en pedante por el puntillo de hacer sobrevivir una razón perdida .

Después de Nietzsche

La creación de “sistemas” persigue indefectiblemente la totalidad. Es el objeto filosófico por excelencia, último y radical. Sin embargo:

Cada expresión es búsqueda de totalidad. Pero aún prescindiendo de la esencial atenuación, falsificación, de la vida originaria en cada expresión, ¿cómo un producto humano puede tener la pretensión de manifestar la vida en su totalidad? Todo lo que el hombre dice, hace, escribe, es siempre una cuestión de gusto, es decir, una reacción de quien está individuado frente a lo que sobrepasa y precede a la individuación, es una cuestión de azar, de contingencia, el reflejo de una fragmentación .

Después de Nietzsche

Preguntado de otro modo, ¿cómo es posible la existencia de un legislador tiránico, de un escritor, de un filósofo, si lo que persigue es una totalidad que le precede? Ya no es sólo la cuestión de la falsificación, sino de la palpable imposibilidad de éxito de la empresa filosófica y su red de la escritura. El filósofo ha de ser incapaz, por naturaleza, de abarcar lo que, de hecho, le abarca a él, aquello de lo que él forma parte, pues la totalidad es anterior al individuo. Y menos aún cuando la herramienta con la que quiere abarcar esa totalidad que le precede es, a su vez, producto del filósofo, algo totalmente posterior, creación suya: el lenguaje, la literatura.

Colli está siguiendo la distinción establecida por el propio Platón.

Platón llama “filosofía”, amor a la sabiduría, a su investigación, a su actividad educativa, ligada a una expresión escrita, a la forma literaria del diálogo. Y Platón contemplaba con veneración el pasado, un mundo en que habían existido de verdad los “sabios”. Por otra parte, la filosofía posterior, nuestra filosofía, no es otra cosa que una continuación, un desarrollo de la forma literaria introducida por Platón; y, sin embargo, esta última surge como fenómeno de decadencia, ya que “el amor a la sabiduría” es inferior a la “sabiduría”. Efectivamente, amor a la sabiduría no significaba, para Platón, aspiración a algo nunca alcanzado, sino tendencia a recuperar lo que ya se había realizado y vivido .

El nacimiento de la filosofía

Es decir, la filosofía nuestra, la que contemplamos bajo el rótulo de Historia de la Filosofía, no es más que la continuación de una forma literaria cuyo origen ha sido malinterpretado. Se tiende a pensar que la filosofía es la pretensión por atrapar un conocimiento, por construir la realidad a través de cada descubrimiento, camino de la sabiduría. Jamás se ha entendido que la filosofía, en tanto que “amor a la sabiduría” y, por ello, inferior ante aquello que ama, mira hacia el pasado, hacia el tiempo de los que no amaban, sino que eran “sabios”. Y lo eran porque no se alejaron de la inmediatez y el contacto de la experiencia incomunicable, oculta, misteriosa y enigmática. La escritura, como expresión literaria del logos, sitúa con Platón una frontera entre el tiempo de los sabios y el tiempo de los amantes de la sabiduría, de los escritores. Lo cual quiere decir que los sabios no escribían en el sentido en que entendemos este verbo actualmente. Ellos mantenían el “contacto” con la inmediatez y lo expresaban enigmáticamente. Frente a esta “Sophia” anterior, la filosofía como arte literario, que en Platón tenía mayor relación con la “paideia” y con la anamnesis, pretende y aspira a la absurda comunicación y explicación de lo indecible, de aquello de lo que precisamente se aleja al sustituir la discusión oral con la simulación de la palabra escrita. El logos se va transformando en una herramienta de distorsión.

Sobre todo, a través de la generalización gradual de la escritura en sentido literario, fue modificándose paralelamente la estructura de la razón, del “logos”. Con aquellos discursos públicos, de que la escritura es un aspecto, se puso en marcha una falsificación radical, ya que se transformó en espectáculo para una colectividad lo que no puede separarse de los sujetos que lo han constituido. En la discusión dialéctica no sólo las abstracciones, sino también las propias palabras del “logos” auténtico, aluden a vicisitudes del espíritu, que se captan sólo con la participación en ellas, en una mezcolanza que no se puede dividir. En cambio, en el escrito, la interioridad se pierde .

El nacimiento de la filosofía

Giorgio Colli está haciendo hincapié en un hecho que la Historia de la Filosofía comúnmente ha pasado por alto al considerarse discípula de Platón. El mismo Platón censuraba y criticaba la escritura, la cual, no era otra cosa para él que, justamente, la “filosofía”. Para Platón resultaba incomprensible que alguien pretendiera transmitir un saber o un pensamiento de máxima importancia por medio de un escrito. Al caso, Colli señala dos pasajes fundamentales: el mito de Theuth en el Fedro y un pasaje de la Séptima carta.

En el mito de Theuth Platón narra como el faraón Thamus desprecia la invención de la escritura por parte del dios Theuth. Para el faraón, la escritura es un “instrumento de rememoración extrínseco dañino para la memoria”, y también “proporciona un saber aparente, no verdadero”:

Al comentar este mito, Platón acusa de ingenuidad a quien piense transmitir por escrito un conocimiento y un arte, como si los caracteres de la escritura tuvieran la capacidad de producir algo sólido. Se puede creer que los escritos estén animados por el pensamiento, pero, si alguien les dirige la palabra para aclarar su significado, seguirán expresando una sola cosa, siempre la misma .

El nacimiento de la filosofía

Platón estaría apuntando a la unidireccionalidad del texto, o lo que es lo mismo, a la imposibilidad de establecer un diálogo con lo escrito, pues nunca dirá ni más ni menos que lo que se escribió. En cambio, el diálogo como forma oral, no como forma literaria escrita, permite la bidireccionalidad, esto es, la interpelación y la réplica, la posibilidad de aclarar dentro del acto comunicativo el significado de lo que pretende ser transmitido. Dicho de otro modo, la escritura no puede tratar de expresar mejor la experiencia inmediata de la que se aleja y disminuye, a la que sustituye intemporalmente y reduce a significados unívocos pasando por alto su carácter inefable.

En la Séptima carta, Colli se fija en las sentencias platónicas contra la escritura cuando Dionisio II quiso divulgar la doctrina secreta del filósofo en escritos por Siracusa.

A partir de este episodio, Platón niega en líneas generales a la escritura la posibilidad de expresar un pensamiento serio, y dice literalmente: “Ningún hombre sensato osará confiar sus pensamientos filosóficos a los discursos y, menos aún, a discursos inmóviles, como es el caso de los escritos con letras”. Pero después repite con mayor solemnidad todavía, recurriendo a una cita de Homero: “Por eso precisamente, cualquier persona seria se guarda de escribir sobre cosas serias para exponerlas a la malevolencia y a la incomprensión de los hombres. (…) cuando veamos obras escritas de alguien (…) debemos sacar la conclusión de que estas cosas escritas no eran para el autor la cosa más seria, si éste es verdaderamente serio, y que esas cosas más serias reposan en su parte más bella pero, si verdaderamente éste pone por escrito lo que es fruto de sus reflexiones, en ese caso “es cierto que” no los dioses, sino los mortales “le han quitado el juicio” .

El nacimiento de la filosofía

El olvido de este Platón por parte de los historiadores resulta incomprensible para Giorgio Colli. Sobre todo, porque de aceptarlo se perdería de inmediato toda la seriedad atribuida a la filosofía, a los tratados y a los sistemas construidos por medio de la escritura. No es el modo adecuado de transmitir el saber y mucho menos para alcanzarlo, cuando es con ello con lo que se funda un tiempo distinto al de los sabios. Y, sin embargo, Platón es expuesto y explicado, es empleado para la construcción de muy diversos sistemas de pensamiento, dentro de un rigor y una seriedad que él mismo ya ha refutado, a pesar de haber sido el verdadero iniciador de la filosofía entendida como escritura literaria.

Platón era suficientemente aristocrático como para saber reírse de su “filosofía, y en cualquier caso hay mucho de juego en sus disfraces. (…) Pero la posteridad tomó muy en serio, al pie de la letra, todas las palabras escritas por él .

Filosofía de la expresión

La seriedad con que se toma el juego de Platón, su “filosofía” como “literatura”, provoca un nuevo error: pensar que la filosofía actual es el desarrollo consecuente, perfeccionado, de la expresión titubeante griega. Creemos, muy usualmente, con cierta enfermedad historicista, que los tiempos actuales son la desembocadura de los inicios antiguos. Para Colli, el movimiento es justo al contrario: al perdernos teoréticamente, al producirse este fatal desvío, es la filosofía moderna la que debe retornar a los orígenes:

Es tiempo de ajustar el tiro: no es la antigua filosofía griega un balbuceo de la moderna, casi una anticipación informe, el deletreo confuso de un niño que está aprendiendo los primeros rudimentos del lenguaje –es más bien la filosofía moderna la que rumia cansadamente estos antiguos pensamientos, como aquel que tras un trauma ha perdido el uso de la palabra y fatigosamente empieza a recuperarla por fragmentos, tartamudeando .

Filosofía de la expresión

Héctor Martínez

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