18/03/2010

MIGUEL DELIBES SIGUIÓ SU CAMINO

Posted in Prosa, Unas noticias y otros tagged , , , , , , , , , , a 13:39 por retratoliterario

Miguel Delibes

Desde el pasado viernes, 12 de marzo, estaba buscando un hueco que dedicarle a Delibes. Me ha faltado tiempo para rendirle un sentido homenaje a uno de los primeros novelistas auténticos que leí en mi juventud. Le reservé unas palabras en mis clases de literatura y le ofrecí una lectura en la reunión que los viernes tenemos algunos escritores en el Círculo Poético Reflexos. Escogí las páginas iniciales de El camino así como una de las escenas más cómicas de la misma novela, aquélla en que el Mochuelo, el Tiñoso y el Moñigo tenían la infeliz idea de entretenerse haciendo de vientre al paso del rápido y terminaban sin ropa, entrando en el pueblo con el trasero al aire manchado de carbonilla. Lo fantástico de este pasaje, lo que más admiro y razón por la que lo elegí es el modo de narrarlo, con gran naturalidad y sin grosería, sencillo, dejando al lector imaginar el suceso, quien, sin gran reflexión, capta al momento el tono del capítulo.

En El Camino, nos vemos embargados de muy distintas emociones: desde la profunda nostalgia de Daniel, el Mochuelo, la risa y diversión de sus travesuras, la tristeza de varios momentos trágicos, el sentimiento materno de desligación, el clima de la vida aldeana y la simpatía que transfiere desde los ojos infantiles de un niño de once años… Son los recuerdos de este pequeño que, dentro de sí, siente quebrarse y desaparecer su infancia en el pueblo ante la inminente marcha a la ciudad. La naturaleza, con descripciones del valle donde se ubica la aldea, la vida del campo castellano y su contraste con la ciudad, son tres de los principales temas junto a la crítica del fanatismo religioso, llevada con humor desde la inocencia de el Mochuelo. Véase, sino, las líneas que acompañan a la travesura del tren que he mencionado:

¿Y lo del túnel? Porque todavía en lo de la lupa hubo una víctima inocente: el gato; pero en lo del túnel no hubo víctimas y de haberlas habido, hubieran sido ellos y encima vengan regletazos en la palma de la mano y vengan horas de rodillas, con el brazo levantado con la Historia Sagrada sobrepasando siempre el nivel de la cabeza (…) la disyuntiva era ardua: o morir triturados entre los ejes de un tren o tres días de rodillas con la Historia Sagrada y sus más de cien grabados a todo color, izada por encima de la cabeza.

¿Por qué subrayo El Camino? Daré dos razones literarias: una, reseñada en estos días, y es que Miguel Delibes puede ser considerado el Cervantes de la otra Castilla, no La Mancha, sino la Castilla leonina. Si bien es cierto que la referencia de la aldea es Molledo (Cantabria), la mirada de Delibes es castellana, e imprime el acento de la tierra que mejor conocía como vallisoletano de origen. En segundo lugar, Miguel Delibes recoge una misión noventayochista, como es la recuperación de todo un vocabulario terruñero, palabras y espíritu de la tierra, al mismo tiempo que ensalza el paisaje castellano como raíz de una España más universal. Quepa señalar, por ejemplo, que esto le une a otro gran poeta español, Antonio Machado, quien de Castilla tomó también la del norte y encumbro a Soria y su entorno natural como símbolo nacional y de existencia. Todo ello extiende nuestra tradición literaria del s. XX y la enlaza con los temas de posguerra, el realismo y costumbrismo de la época, estableciendo una importante continuidad en nuestra literatura.

Por otro lado, en cuanto a lo formal, la narración omnisciente en tercera permite el trabajo de una inolvidable descripción psicológica y una evolución del personaje, por medio del flash-back y la espontaneidad del diálogo, y un retrato rural y nacional vivo, sentido y en movimiento. Se trata de una novela perfectamente trabada en el interior de el Mochuelo, quien, desde el comienzo, siguiendo el consejo de el Moñigo: un hombre que es hombre, no llora. Ahora bien, El Camino tiene el sencillo y magnífico final de toda una noche de recuerdos y memorias: “Y lloro, al fin”. Acaso, Delibes nos señala que en ese definitivo abandono de la infancia para ser hombre ha de haber lágrimas de tristeza por lo que se deja, por lo que se va, para tragar saliva, enjugar el lloro, y lanzarse al mañana hombruno.

Recuerdo El Camino, aún más, porque lo leí casi con la misma edad de su protagonista, y mi ejemplar tiene marcadas, con mi infantil pulso, palabras que entonces desconocía, que entonces busqué en un diccionario, algunas de las cuales no encontré. Delibes me introdujo en la novela, como Quevedo, Bécquer, Darío y Machado me introdujeron en la poesía. Ya, después, en las clases de literatura se ha señalado el maravilloso artificio de Cinco horas con Mario, el continuo monólogo de una esposa despechada ante el ataúd de su marido, reflejando un habla oral –y local- a través del habla escrita, quebrada en su adecuación y coherencia, en su sintaxis. En Cinco horas con Mario, sin embargo, hay reminiscencias de El Camino, desde el punto de vista de ser el centro los recuerdos y la historia que se cuentan hacia atrás desde un presente estático, detenido, reflexivo. Obras posteriores, próximas en diversos puntos a El Camino, son El príncipe destronado, Las Ratas y La mortaja, a través de otros protagonistas infantiles como Quico, el Nini y Senderines.

Por último, de entre la vasta obra de Delibes, personalmente recomendaría, sin negar por ello el inmenso valor del conjunto, la lectura de La hoja roja, sobre todo, Los Santos Inocentes, obras a las que podría venir bien el siguiente consejo de El Camino:

A veces el camino que nos señala el Señor es áspero y duro. En realidad eso no quiere decir que ése no sea nuestro camino. Dios dijo: tomad la cruz y seguidme.

Como bien se dice y he leído, la alargada sombra del ciprés ha alcanzado a Delibes, quien ahora descansa bajo el árbol de la eternidad.

Los muertos eran tierra y volvían a la tierra, se confundían con ella en un impulso directo, casi vicioso, de ayuntamiento. En derredor de las múltiples cruces, crecían y se desarrollaban los helechos, las ortigas, los acebos, la hierbabuena y todo género de hierbas silvestres. Era un consuelo, al fin, descansar allí, envuelto día y noche en los aromas penetrantes del campo.

El Camino, Miguel Delibes

Héctor Martínez.

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