07/12/2011

Ion Vianu y el dr. Vasiliu

Posted in Prosa tagged , a 15:01 por retratoliterario

Según iba leyendo Vasilíu, hojas sueltas me venía a la memoria aquella intención valleinclanesca del esperpento. Nuestro Valle escribía, o hacía decir a su inmortal personaje Max Estrella, en la archiconocida escena XII de “Luces de bohemia”:

Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada (…) España es una deformación grotesca de la civilización europea. (…)Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas. (…) deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma las caras y toda la vida miserable de España.

De alguna manera, me parecía a mí que todo el psiquiátrico de Rastoaca Melcilor, con su médico Vasiliú a la cabeza, se había trasladado también al callejón del gato para traducir la realidad con esa matemática perfecta del espejo cóncavo.

 La deformación continua de ideas, mentes, almas, cuerpos, gestos, la mezcla del humor y lo grotesco, lo banal y lo metafísico, el orden en el desorden… héroes clásicos enfrentados a la tragedia, al destino inevitable que aguarda línea tras línea, y que, sin embargo, parecen no querer impedir… un micro-cosmos saturado de irracionalidad que se enmascara con el disfraz de lo racional. Una novela donde el hado se encuentra asumido fuera y dentro de los personajes.
 
Un mundo entero reproducido a escala donde nadie parece sentir que encaja, pero donde existen nudos, hilos, asociaciones, grupos de muy diferentes individuos. Sus encuentros son ocasiones y determinados por las circunstancias. Los dos únicos solitarios a pesar del contacto, los dos únicos que pasan por la novela acompañándose a sí mismos y sumergidos en sus propios monólogos, y cuyo encuentro pasa a ser esencial, son los protagonistas: Vasilíu, el médico estalinista que guarda y oculta el retrato del Ser Superior en un cajón, denostado por los propios miembros del partido por las contradicciones con que ensalza al mismo Stalin, rechazado por sus pacientes, poco apoyado por sus colegas del psiquiátrico, poco agraciado y con paso arrastrado; y Labán, el paciente más enfrentado al doctor, que es el centro de las conspiraciones sin acercarse nunca al grupo conspirador del cercado, que en la distancia sabe tanto cuanto hay, núcleo auténtico de Rastoaca Melcilor a pesar de su aislamiento del resto. Ambos se mueven en un mundo de recelos, de envidias, de enfrentamientos, ambos se desafían, se retan, se responden como antagonistas que pierden el sentido sin el otro. Los dos, al igual que la gran mayoría de personajes, tocan en tensiones sexuales con las que, ya no sólo Freud –o Jung-, sino Vianu, hace los malabarismos literarios sobre la red de la psiquiatría y la psicoanalítica. Uno, el doctor Vasilíu, sustituyendo el vacío interior con “sistemáticas” de la locura –obra incompleta que siempre escribe- o poesía –última salida, única forma de rellenar el alma-; otro, Labán, el loco-cuerdo, pleno, satisfecho, capaz de anular el efecto de la presencia del doctor e impulso de toda resistencia.
 
La presentación de este mundo es bien sencilla: Dan Naidin busca información acerca de su padre, Labán. A través de este personaje-narrador, y testigo al mismo tiempo, descubrimos el perfil y figura de Vasilíu, quien, aunque converse con Naidin, en realidad parece monologar en solitario. Nos enteramos de su pasado, su traumatizada infancia, su historia. Pero Naidin se entrevista con otros y termina de dibujar el retrato del médico-loco. Serán los papeles, las hojas sueltas de Vasilíu donde Naidin encuentre, en el contra-reflejo de la prosa de Vasilíu, el reflejo de su padre Labán, la otra historia, la otra cara de la luna en la novela.
 
Reducir la obra a la dialéctica agresiva entre la revolución y la nostalgia de lo que se abandona, esto es, a la cuerda rota por ambos extremos ideológicos hasta la disolución del sistema conocido, no es posible. El esfuerzo que ha puesto Vianu en cada uno de los personajes-grotescos encerrados en el psiquiátrico-mundo, el relato de sus historias particulares dentro de la particular historia de Rastoaca Melcilor, no queda simplemente en una lucha de contrarios o una irónica “lucha de clases”. Al propio Vasilú se le censura:
 
¿Es usted judío? Como siempre anda con el materialismo y la dialéctica.
 
Más bien se centra en la paradoja continua y en los anhelos perennes de los hombres, cuerdos o locos, presos políticos o criminales, en sus facetas, en sus universos personales, como si nos invitaran a una exposición de retratos de los diferentes tipos humanos. Tipos humanos derrumbados, el que más y el que menos, en una sórdida descomposición en busca de vías de escape de la miseria, una autodestrucción latente que se evidencia cuanto más decae el propio sistema en el que se encuentran, del que forman parte, y que se autodestruye igualmente.
 
Segunda parte de la trilogía El archivo de la traición y de la cólera, que ya cuenta con Los cuadernos de Ozias como la primera parte, Vasilíu, hojas sueltas, es una obra de indudable referencia en el panorama literario.
 
Héctor Martínez
 
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