12/01/2016

“MEMORIAS DE UN HOMBRE DE MADERA”, DE ANDRÉS IBÁÑEZ

Posted in Prosa tagged , , , , , a 12:15 por retratoliterario

PortadaHombreMaderaAndrés Ibáñez, pianista de jazz y novelista español, dio a luz en 2009 la novela Memorias de un hombre de madera, galardonada con el IV Premio Tristana de novela fantástica. Una obra que se escapa de los estándares que rigen hoy el panorama literario, dominado por lo romántico, los enigmas y lo histórico, además de la literatura juvenil. De hecho, 2009 fue el año de máximas ventas de Stephenie Meyer y su saga crepuscular y una nueva entrega de las aventuras de Robert Langdon de la mano de Dan Brown.

La novela de Andrés Ibáñez nos evoca desde el título la historia de Pinocho, sólo que esta vez no es un niño de madera que quiere ser de carne y hueso, sino un hombre, Esteban, ebanista de profesión y especialista en relojes de cuco, que busca comprenderse a sí mismo. Más que Pinocho, Ibáñez parece haber querido diferenciarse invocando al viejo Gepeto.

Tengo treinta y siete años. Soy ebanista de profesión y constructor de juguetes y relojes de cuco por vocación (…) [frente a un espejo] Me puse a mirar al hombre que había allí. Dios mío, ¡qué viejo me vi!¡Qué triste, qué cansado, qué desilusionado de todo! Me miré a los ojos, y vi en aquellas pupilas huidizas a un hombre lleno de deseo y de nostalgia, deseo de vivir y poseer el mundo, nostalgia de no ser todavía una persona ni tener una verdadera vida de persona (…) Pero, ¿Qué podía hacer yo, un pobre hombre de madera, un muñeco de madera que desea ser un niño de verdad?

Esteban nos cuenta su historia en primera persona, su indagación sobre su propia naturaleza y su propio ser, y con una incógnita por responder que nos asedia durante toda la lectura: ¿por qué insiste el protagonista en aseverar que no es persona sino un hombre de madera? Andrés Ibáñez logra con ello que el mismo enigma que arrastra Esteban sobre sí mismo nos acucie a nosotros como lectores.

Desde el principio, la novela se desarrolla como una narración de formación o crecimiento interior del personaje principal. Esteban, junto a sus conversaciones con Sabino, su único amigo en Madrid, un librero fascinado con Lenin, se apunta a un grupo de crecimiento personal por el que siente curiosidad leyendo el periódico: el club los buscadores de la montaña. Se trata de un grupo que se reúne los jueves en el Café La Flecha, liderado por el argentino Sebastián Hirschner. Con el grupo y sus experiencias y prácticas, Esteban y los integrantes tratan de discernir y aprender sobre su propia identidad y sobre la vida. Esta parte de la novela pisa los territorios de la filosofía y la antropología con el cuestionamiento del individuo y sus roles en el mundo y, sobre todo, la consciencia que tenemos de nosotros en el mundo según vivimos. Las enseñanzas, precisamente, del maestro son el eje central de los interrogantes de Esteban:

Nosotros deseamos ser reales. Deseamos vivir de verdad nuestra vida, y no podemos hacerlo porque no somos reales. No estamos presentes en nuestra propia vida. ¿Os habéis parado a pensar lo que esto significa? Nuestra vida está pasando como una serie de acontecimientos, que simplemente, suceden. (…) En realidad, no somos personas, somos máquinas.

Con ello, Andrés Ibáñez está adelantándonos eso que todo el mundo ha creído que era un giro sorprendente de la novela, y para no pocos, incomprensible e innecesario. Y es el hecho de que la novela pertenezca de cabo a rabo al ámbito de la Ciencia Ficción, que recuerda las historias de robots de Assimov, a aquel hombre bicentenario o la robopsicóloga Susan Calvin. En Memorias de un hombre de madera, tras las revelaciones del maestro podemos ir sospechando la respuesta al enigma que Esteban es para sí mismo: él es una inteligencia artificial, un modelo ZAM2000-36 en medio de la sociedad:

Yo no puedo soñar. No tengo alma. No tengo alma. No soy una verdadera persona. Sólo soy un hombre de madera. Un muñeco con un reloj de cuco en el interior (…). Los seres humanos, dice el Maestro, son máquinas. Máquinas extraordinariamente complejas, pero máquinas al fin. Yo también soy una máquina. Desgraciadamente, eso no me hace humano

Esteban es una simulación de la vida humana en todo, menos en lo que nos hace humanos, mientras que los hombres cada vez más son una simulación de la vida mecánica, menos en lo que les hace máquinas. Ambas direcciones tocan el aspecto que haría a la máquina ser humano y al humano deja de comportarse como una máquina: el vivir de forma presente nuestra propia vida, como sus protagonistas y no como espectadores. Lo curioso es que Andrés Ibáñez repara también en otros aspectos de la vida humana como lo sexual tanto en su faceta placentera como en su faceta reproductiva, los impulsos, los sentimientos y emociones. Dicho de otro modo, no cae en la manida sobrevaloración de la consciencia, sino que igualmente pone en la palestra la influencia del subconsciente, del deseo y todo aquello que venimos a considerar irracional, pero que también nos hace ser humanos.

AndresIbañez(primeri_plano)Si lo pensamos bien, Memorias de un hombre de madera es como el Golem, Pinocho, Frankenstein y, en este sentido, una reelaboración del mito de Prometeo, aunque revisitado de forma peculiar. No ya es que ZAM2000-36 quiera ser humano, sino que lo quiere por encima del hombre que se ha mecanizado. Y es, me parece a mí, esto segundo lo que en Andrés Ibáñez más fuerza tiene y que añade el componente de crítica social a la novela. Esteban o ZAM2000-36 termina disfrutando más del acto de estar vivo que cualquier otro hombre y sus memorias nos revelan a la cara nuestras vergüenzas en primera persona.

En un momento dado de la novela, casi al final, descubrimos que uno de los personajes, Julián el escritor, que también acude a las reuniones de Los Buscadores de la Montaña, tiene una segunda funcionalidad dentro de la novela. Es uno de los personajes a los que más acaba por aproximarse Esteban o ZAM2000-36, y pareciera actuar, de pronto, como un alter ego del propio Andrés Ibáñez, quien le habla a su protagonista como Unamuno hiciese con Augusto Pérez, o le presta libros, como epílogo de la temática existencial planteada sobre la identidad.

Un segundo aspecto que llama la atención es que Andrés Ibáñez elige como espacio la ciudad de Madrid, su ciudad natal. El inmenso decorado que podría ser, como sugiere en un momento dado, con sus pinos piñoneros de cuentos en la Casa de Campo, con sus bulevares arbolados de acacias que lleva a algunos cafés:

En el café La Flecha, situado en la confluencia de las calles Juan Bravo y General Oraa, en pleno barrio de Salamanca, el barrio más burgués y elegante de Madrid. Se trataba de uno de esos grandes cafés madrileños de maderas oscuras y latones brillantes que tienen una rutilante pastelería en el centro y cuentan con una clientela fija de señoras recién salidas de la peluquería y jubilados enamorados del dulce. No es, ciertamente, la clase de lugar que uno asociaría con las altas aventuras del espíritu ni con lo misterioso ni lo romántico.

Como madrileño he de decir que, en la localización, o hay errata o es a propósito para no dar una ubicación real, pues el bulevar de Juan Bravo y la calle General Oraa no confluyen (como mucho las dos dan a la Castellana, General Oraa a la Plaza de Emilio Castelar y Juan Bravo al paseo de Eduardo Dato). Si acaso, dado que en algún momento indica que sale del metro en Nuñez de Balboa y que camina por Juan Bravo hasta el café, quizás se refiera a la calle General Pardiñas, en cuya confluencia sí existe la cafetería de dos plantas La Flecha en cuya portada lucen grandes palabras anaranjadas como repostería, pastelería y horno de pan.

También de Madrid se mencionan sus inviernos, que no son inviernos de nieve, sino de frío serrano y cortante bajo el sol, como describe:

Tuvimos que esperar con las manos en los bolsillos y los cuellos subidos, intentando calentarnos con el sol tímido de los inviernos de Madrid, que nunca deja de lucir aunque apenas caliente.

O, por detenerme aquí, los atardeceres de la capital:

Los días pasan tranquilos y como atravesados por una luz apacible que yo nunca antes había visto en las fachadas de las casas, en las pálidas aceras de este barrio de Madrid donde vivimos. Es una luz muy amigable esta que ilumina los jardines del Arquitecto Ribera, al lado de la calle Barceló, donde a veces salimos los tres para que Vita juegue con sus amigos después de clase, y un cielo muy grande el que se extiende sobre la torre octogonal del Museo de Historia, un cielo casi infinito en el que giran los vencejos al atardecer, en esos interminables atardeceres de Madrid en los que parece que el mundo se ha detenido y que nunca llegará la noche.

Fugaces momentos que nos hacen recordar a los lectores madrileños las descripciones galdosianas de nuestra ciudad. No me extrañaría que algo de Galdós hubiese en Andrés Ibáñez cuando para una novela como ésta, habiendo vivido en Nueva York, eligió Madrid y sus calles.

En mi opinión, Memorias de un hombre de madera es una novela corta de tono culto, pesimista en su diagnóstico pero optimista en el pronóstico de la enfermedad existencial del hombre moderno. Pero, sobre todo, una obra que viene a demostrar ante quienes lo dudan, que hay vida española en el género.

Héctor Martínez

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