01/04/2016

IGNATIUS J. REILLY VERSUS DON QUIJOTE

Posted in Prosa tagged , , , , , , , , , , , , , , , a 17:25 por retratoliterario

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Ignatius J. Reilly (Nick Offerman) y Don Quijote (Fernando Rey)

¿Quién es Ignatius J. Reilly? Un personaje de la ficción literaria, de momento (aunque algunos podríamos ser pequeñas variaciones), patán, histriónico, obeso, zampabollos, narcisista y vanidoso, azote del espíritu ilustrado y fan de Boecio y La consolación de la filosofía, a quien se le cierra la válvula pilórica en cuanto los acontecimientos no siguen la estricta teología y la pura geometría medieval, lo que suele ser muy a menudo. En verdad, la tal válvula se le cierra cuando algo no es como él quiere, cuando algo simplemente le molesta o le estorba, y es una excusa para que lo dejen a su aire y en paz. Es el protagonista fundamental de La conjura de los necios.

He leído varias veces que La conjura de los necios es una novela más comprensible para un espíritu mediterráneo, concretamente el español, el espíritu de las tierras quijotescas. Tanto Walker Percy como Cory McLauchlin, entre otros, con matices, sostienen una idea parecida.

Walker Percy, como novelista que recibió el primero la obra de manos de la propia Thelma Toole, madre de John Kennedy Toole, describe al personaje protagonista en el prólogo de la novela del siguiente modo:

Un tipo raro, una especie de Oliver Hardy delirante, Don Quijote adiposo y Tomás de Aquino perverso, fundidos en uno

Por su parte, Cory McLauchlin, biógrafo de John Kennedy Toole, señalaba en una reciente entrevista por las celebraciones del Ignatius Day en La Casa del Lector:

Yo también veo parecido entre Ignatius Reilly y Don Quijote

Es cierto que La conjura de los necios se trata de una obra sarcástica, paródica y crítica con una época, unos estereotipos, una actitud y una cosmovisión, pero no arranca de la burla a un género literario explotado hasta el absurdo, como lo fue el de las caballerías (análogamente se convirtió en lo que para nosotros son programas de telebasura). Quizás sea lo primero lo que más aproxima a ambas novelas, pero no así su fondo literario ni sus personajes. No puedo estar de acuerdo en que Ignatius Reilly y don Quijote tengan una mínima similitud. Ignatius J. Reilly no es un don Quijote moderno. Tan siquiera una versión. Ni tiene por qué serlo para ser un alto personaje dentro de la galería literaria: de hecho lo es con categoría propia e incomparable con otros.

Observemos que Ignatius no tiene ninguna fe verdadera, mientras que don Quijote sí profesa unos valores y una filosofía humanista (erasmista) sólida en su fondo. Don Quijote no solamente es un loco disfrazado y ridículo, sino que se sostiene sobre unos valores que se toman por locura y chanza en una sociedad enviciada contra la que choca permanentemente. Ignatius es, sin embargo, un personaje cínico e hipócrita, ególatra, capaz de escribir contra los males del mundo desde una perspectiva boeciana completamente distorsionada y, no obstante, encarnarlos él mismo. Boecio es el velo tras el que se oculta, nada más, el telón bajo el que excusa conscientemente su actitud haragana. Su seso no ha sido absorbido por la lectura como el seso de Alonso Quijano. De hecho, algo que es capital comprender, mientras que don Quijote abandona el mundo medieval y sus valores vestido de caballero andante y montado en Rocinante, Ignatius Reilly se enmascara vestido de pirata junto a su puesto de salchichas bajo una defensa de valores medievales: monarquía, teología, estoicismo, destino y fortuna.

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Ignatius J. Reilly (Nick Offerman) y Don Quijote (Fernando Rey)

Ambos son estrafalarios, pero también de muy distinta forma: don Quijote es estrafalario porque se viste/disfraza de forma desfasada a su tiempo; Ignatius J. Reilly es estrafalario directamente cuando nos lo presentan, y posteriormente cuando asume el disfraz de pirata, pero gradualmente se vuelve aceptable según se dibuja el panorama de la época en Nueva Orleans. De hecho, resulta llamativo que más que sus galas sea siempre su tamaño, comportamiento y formas lo que más destacan los demás personajes que en cuanto a vestimentas y extravagancias tampoco tienen mucho que envidiar. Al respecto de la extravagancia, es más bien Nueva Oleans misma el foco de atención, pues el propio narrador llega a afirmar:

Eso era lo maravilloso de Nueva Orleans. Puedes disfrazarte y organizar un baile de carnaval cualquier día del año. Hay veces que el Barrio Francés es como un gran baile de disfraces. A veces, no puede uno distinguir a los amigos de los enemigos.

Así, el patrullero Mancuso es obligado a disfrazarse para ir de incógnito pues la

comisaría central de policía tenía un guardarropa con disfraces que permitiría a Mancuso ser un personaje distinto cada día.

Las galas de la madre, cuando no se pasa el día con una bata y el calzado de jugar a los bolos, por ejemplo, son:

Llevaba el abrigo corto de entretiempo color rosa y el sombrerito rojo que se colocaba inclinado sobre un ojo, de modo que parecía una starlet superviviente de la época de los Golddiggers. Ignatius apreció desesperado que su madre había añadido un toque de color colocándose en una solapa del abrigo una flor de Pascua. Sus zapatos marrones de cuña rechinaban con un desafiante tono de rebajas, mientras caminaba roja y rosa.

La señora Trixie puede ir perfectamente al trabajo sin darse cuenta con

camisón andrajoso y su bata de franela

Nada decimos de las fiestas homoeróticas, donde precisamente invitan a Ignatius por sus pintas de pirata, como algo divertido. Y así un sinfín de pintorescos ropajes definen a cada personaje y a Nueva Orleans entera en una exageración caricaturesca, no muy lejana de la realidad en esos tiempos. Tal y como McLanchlin afirma en la biografía Una mariposa en la máquina de escribir:

Se ha saludado La conjura de los necios como la novela que plasma la quintaesencia de Nueva Orleans. Como dan fe muchos habitantes de esa ciudad, ningún otro escritor ha captado el espíritu de Nueva Orleans con más precisión que Toole, y hasta hoy la ciudad sigue honrando a su autor.

Ignatius J. Reilly se mimetiza perfectamente con su gorra verde o con su disfraz de pirata en el ambiente de Nueva Orleans, porque todo es un gran carnaval. El Quijote, en cambio, es el único que se disfraza y llama la atención por ello de cuantos se cruzan por el camino. Nunca se mimetiza con el ambiente ni con los lugareños.

Tampoco hay proximidad de los personajes en sus biografías y psicologías. El trasfondo de Ignatius es muy dramático: huérfano, con madre alcohólica y blanco de la mofa de los niños, vive encerrado en su casa a pesar de tener estudios, castrado sexualmente en un ciclo continuo de onanismo. Sus recuerdos de niñez se entremezclan con la sombría situación en que se encuentra; y sobre todo recuerda a Rex, un perro que resulta ser el miembro familiar de mayor apego. Por todo ello se convierte en un antisocial, un autista, ansioso y fóbico social, al que sin mucha dificultad podría diagnosticársele el Síndrome de Asperger y un trastorno de personalidad por evitación. Esto es muy diferente de la megalomanía y bipolaridad del hidalgo hacendado Alonso Quijano.

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A colación de su diferente psicopatología, observamos que Ignatius está atrapado y es incapaz de salir de su casa y de Nueva Orleans, mientras que con don Quijote lo difícil es retenerlo en su casa. Tal y como el mismo Ignatius detalla como una de sus grandes aventuras, la única salida de allí a Baton Rouge fue una experiencia dolorosa que lo ha traumatizado de por vida:

En realidad, hasta ir en coche me afecta, sí. (…) ¿Te acuerdas cuando fui en un monstruo de ésos a Baton Rouge? (…) Vomité varias veces.El solo hecho de salir de Nueva Orleans, me altera considerablemente. Tras los límites de la ciudad empieza el corazón de las tinieblas, la auténtica selva.

*Este párrafo habrá que recordarlo en la parte final de la novela: la precipitada salida definitiva de Nueva Orleans en un automóvil conducido por Myrna.

Por último, lo más evidente es el físico y porte. Alonso Quijano es un hombre adulto que:

Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro gran madrugador y amigo de la caza.

O como lo describe Sansón Carrasco:

hombre alto de cuerpo, seco de rostro, estirado y avellanado de miembros, entrecano, la nariz aguileña y algo corva, de bigotes grandes, negros y caídos

Mientras que las primeras líneas de La conjunra de los necios, nos pintan a Ignatius del siguiente característico modo:

Una gorra de cazador verde apretaba la cima de una cabeza que era como un globo carnoso. Las orejeras verdes, llenas de unas grandes orejas y pelo sin cortar y de las finas cerdas que brotaban de las mismas orejas, sobresalían a ambos lados como señales de giro que indicasen dos direcciones a la vez. Los labios, gordos y bembones, brotaban protuberantes bajo el tupido bigote negro y se hundían en sus comisuras, en plieguecitos llenos de reproche y de restos de patatas fritas. En la sombra, bajo la visera verde de la gorra, los altaneros ojos azules y amarillos de Ignatius J. Reilly miraban a las demás personas (…) Ignatius vestía, por su parte, de un modo cómodo y razonable. La gorra de cazador le protegía contra los enfriamientos de cabeza. Los voluminosos pantalones de tweed eran muy duraderos y permitían una locomoción inusitadamente libre. Sus pliegues y rincones contenían pequeñas bolsas de aire rancio y cálido que a él le complacían muchísimo. La sencilla camisa de franela hacía innecesaria la chaqueta, mientras que la bufanda protegía la piel que quedaba expuesta al aire entre las orejeras y el cuello. Era un atuendo aceptable, según todas las normas teológicas y geométricas, aunque resultase algo abstruso, y sugería una rica vida interior.

Acaso los grandes bigotes negros (que por cierto, nunca se ha representado así a don Quijote) comparten, nada más. Lo que sí es perceptible es la misma intencionalidad de los autores, Cervantes y Toole, de crear una descipción física poco agradable, carticaturesca, de su antihéroe desde el principio, como inicio de la parodia que nos van a presenter; una descripción que enfrente el físico usual en la sociedad.

Decir que Ignatius es un don Quijote gordo, resulta excesivamente trivial en la visión de ambos personajes. Ignatius es un antihéroe moderno, y en su papel podría ser comparado con muchísimos antihéroes modernos. Pero sólo por pertenecer a esa misma categoría. No obstante, el logro en la construcción de un personaje como Ignatius está en que tiene su propia personalidad, inconfundible, como el Quijote tiene la suya.

Héctor Martínez

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