24/04/2016

“EL CASTILLO DE LOS DESTINOS CRUZADOS”, DE ITALO CALVINO

Posted in Prosa tagged , , , , , , , , , , , , , a 18:32 por retratoliterario

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Portada “El castillo de los destinos cruzados” / Siruela Bolsillo

En la segunda mitad del s.XX tenemos una larga lista de escritores y críticos cuyos nombres llenan manuales y catálogos de premios internacionales. También son reconocibles los autores reivindicados y que por ello igualmente comparten la primera línea literaria. Y luego tenemos a Ítalo Calvino, caso aislado y particular.

Su narrativa se inició en el río de la litetatura comprometida en la estela de Brecht o Sartre, con los rescoldos de la II Guerra Mundial, y al socaire del pensamiento socialista y la ideología afín. Obras como El sendero de los nidos de araña ilustran los comienzos de sus letras, marcadas por la experiencia personal. Y aun en este tiempo, el hecho de escoger el punto de vista objetivo e inocente de un niño, Pin, le permite ir asomándose y anunciando ya lo que iba a venir. Pin, el niño partisano enrolado en el batallón del Trucha, convierte en fantástica una realidad dura y cruel. Efectivamente, pasado el tiempo, y aun sin renegar de ello (es absurdo renegar de tu propio pasado), Ítalo Calvino dio un giro de ciento ochenta grados hacia la literatura fantástica, metafísica y la experimentación de métodos. De ese giro, hacia obras como Cosmicómicas, donde la fantasía, la metafísica y la ciencia forman un corrillo sorprendentemente bien trabado, ya hablé en su momento. Probablemente, haga un hueco más adelante a la trilogía Nuestros antepasados, perteneciente a la misma época. Hoy vengo a hablar del siguiente paso del desenvolvimiento literario de Calvino, lo que muchos llaman la “fase combinatoria” en su trayectoria a tenor del libro El castillo de los destinos cruzados.

Cuando se habla de “fase combinatoria” se entiende el conjunto de obras en el que se han empleado elementos extraliterarios para la elaboración de la estructura narrativa, ya sean matrices matemáticas, como en la novela Si una noche de invierno un viajero (de la que me ocuparé en otra ocasión), o, como es el caso de El castillo de los destinos cruzados, tiradas de unas barajas de tarot.

En verdad son dos barajas de tarot, y en la diferencia radican algunos de los problemas. El libro se compone de dos partes, El Castillo y La Taberna; y para cada uno se usa un tarot diferente: Visconti para el primero y Marsella para el segundo. Las diferencias se perciben ya en las formas y el fondo:

(…) me di cuenta enseguida de que el mundo de las miniaturas del Quattrocento era totalmente diferente del de las estampas populares marsellesas. No sólo porque los arcanos estaban representados de otro modo (La Fuerza era un hombre, en el Carro había una mujer, La Estrella no estaba desnuda sino vestida), hasta transformar radicalmente las situaciones narrativas correspondientes, sino también porque esas figuras presuponían una sociedad diferente, con otra sensibilidad y otro lenguaje.

Italo Calvino, autor de “El Castillo de los Destinos Cruzados”

El lector ha de entender, por tanto, que no podían trasvasarse elementos de El Castillo a La Taberna y viceversa. Desde el fondo, por cambiar las figuras representadas y el dibujo, hasta la forma, obligando a variar el estilo lingüístico de lo refinado a lo popular, ambas partes quedan diferenciadas en la composición como dos textos que se empiezan de cero, a pesar de que el método sea el mismo.

(…) el lenguaje de los dos textos reproducía la diferencia de los estilos figurativos de las miniaturas refinadas del Renacimiento y de los toscos grabados de los tarots de Marsella.

El tarot, que ya de por sí tiene una función narrativa, sirve como máquina combinatoria de distintos relatos que dan voz a una galería de personajes sin voz. No se trata de distintas tiradas, sino de una concatenación reutilizando y reinterpretando las ya echadas por otros. Es su combinación, su posición en el contexto y la dirección de lectura lo que lleva a distintas interpretaciones y, por ende, a distintos relatos. Como afirma el propio Calvino:

(…) obtuve una especie de crucigrama hecho de figuras y no de letras, en el que además cada secuencia se puede leer en los dos sentidos.

Se trata, por tanto, de una lectura disfrutable si uno tiene en cuenta el criterio de construcción seguido. Como lectores entendemos, precisamente, que la dificultad y valor de la obra está en la estructuración unitaria de distintos relatos, lo cual, como el mismo Calvino señala, supuso una ardua labor, pues:

(…) quería partir de algunas historias que las cartas me habían impuesto al principio, a las que había atribuido ciertos significados, que había escrito ya en gran parte, y no conseguía hacerlas entrar en un esquema unitario, y cuanto más estudiaba la cuestión, cada historia se hacía cada vez más complicada y concitaba una cantidad cada vez mayor de cartas, disputándolas a las otras historias a las que tampoco quería renunciar. Pasaba así días enteros descomponiendo y recomponiendo mi puzzle, imaginaba nuevas reglas del juego, trazaba cientos de esquemas en forma de cuadrado, de rombo, de estrella, pero siempre quedaban fuera cartas esenciales y terminaban en el centro cartas superfluas, y los esquemas se complicaban tanto adquiriendo a veces una tercera dimensión, volviéndose cúbicos, poliédricos) que yo mismo me perdía

Tirada de El Castillo / Visconti

Tirada de El Castillo / Visconti

El autor se enfrenta a un puzle, un desafío en el que debe asumir que no vale cualquier combinación para que la narración cumpla su objetivo. Los significados establecidos en un primer momento condicionan la construcción e hilazón, imponen un orden de los relatos y el número de cartas por relato. Hay una necesidad impuesta en cada opción y organización tomada, cuya pertinencia puede verse invalidada obligando a desandar todo el camino y rehacer, no ya un relato, sino también todos los asociados, incluso hasta tener que volver a empezar.

También debemos tener en cuenta que estamos ante dos sistemas distintos: pictográfico y lingüístico, lo cual nos previene de otro problema: no todo lo que pictográficamente parezca solución puede luego mantenerse igual en lo escrito.

Añádase que no todas las historias que lograba componer visualmente alineando las cartas daban un buen resultado cuando empezaba a escribirlas; las había que no ponían en marcha la escritura y que debía eliminar porque hubieran bajado el nivel del texto, y había otras en cambio que superaban la prueba y adquirían enseguida la fuerza de cohesión de la palabra escrita que, una vez escrita, no hay modo de cambiarla de lugar.

Es interesante pensar el hecho comunicativo mismo entre los personajes mudos. Su habla, su voz, no se presenta ni en estilo directo ni indirecto. Esta mediatizado por el tarot como medio de expresión que los convierte en narradores de sus historias. Entramos así en el juego de múltiples narradores que no dicen, sino que muestran, y cuyas historias no se cuentan verdaderamente, sino que se interpretan pues llegan por un canal comunicativo subjetivo. Es el narrador principal quien hace, para nosotros lectores (o asistente también mudos si se prefiere) de lector. Observamos con ello un peculiar cambio de roles entre lectores, personajes y narrador.

Tirada de la Taberna / Marsella

Tirada de la Taberna / Marsella

 

Otra posibilidad que ofrece el libro es que nosotros mismos escojamos interpretar la tirada completa según nos parezca, de modo que el libro se convierta en relato de relatos que el propio lector elabore.

Porque, he aquí lo que permite centrarse más en todo lo mencionado, en lo estructural y vertebrador más que en el argumento: las historias narradas no son originales, sino conocidas: ya sean las inspiradas en Orlando, el furioso respecto del Tartot Visconti en El Castillo, y a sean las de Hamlet, Segismundo, Parsifal, Justine, Don Juan, Fausto… respecto del Tartot Marsella en La Taberna. Desde este punto de vista, el libro convoca en sus páginas a buena parte de la literatura y las historias más clásicas. Quizás nos esté porponiendo, como Borges y Cortazar (entre otros) a fijarnos en la literatura misma como otra fuente de la que debe beber la creación.

En resumidas cuentas, estamos ante una obra que nunca será admirada por un público mayoritario a pesar del esfuerzo y el bagaje literario puesto en juego: simplemente el público de hoy no entiende que el centro llamativo de un libro esté en sus criterios de construcción y que pivote sobre la vieja literatura. El público de hoy quiere historia, una historia, simplemente la historia, y que ella sea el centro, el primer plano, el segundo y el fondo. El público no está para ejercicios literarios, semióticos, hermenéuticos, y menos que precisen saber sobre hipertextos y metaliteratura, como El Castillo de los Destinos Cruzados. Eso no quita que sea, en su peculiaridad, una de las obras de hiperficción más memorables de la historia literaria y una referencia indiscutible (como lo es el propio Italo Calvino) y una inspiración para la creatividad de siguientes generaciones.

Héctor Martínez

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