27/10/2016

EL BOLÍGRAFO DE GEL VERDE, ELOY MORENO

Posted in Prosa tagged , , , , , a 17:24 por retratoliterario

gel-4Hubo una enorme campaña del libro, pero más por la historia de su edición que por la obra misma. Se supo aprovechar bien aquello de que el autor gastase sus ahorros en autoeditarse y la suela de zapatos o el combustible del coche en distribuirlo y promocionarse; o que sus señores padres y amigos lo ayudasen llevando siempre consigo y mostrando un ejemplar del libro. Esto llamó la atención del público-consumidor, la historia ejemplar de muchas autoediciones. Una historia de un anónimo escritor David contra un Goliat editorial, distribuidor y librero. Así la historia del libro, que no es la historia que narra, superó en adeptos a la historia que la novela cuenta; porque, en cuanto a esta segunda, al argumento, ya no existe tanta admiración ni tanto acuerdo en su valía. Quizás haya mucho lector caído en la trampa de la expectativa generada frente a la satisfacción cumplida. Y eso no dice, ni de lejos, que el libro no cumple. La que no cumple en estos casos es la expectativa.

Se trata de una novela tipo memoria o diario de recuerdos de un narrador protagonista. A través de este formato vamos recorriendo la biografía, circunstancias y entorno familiar, social y laboral, de este hombre, por cierto, anónimo, a través de una estructura fragmentada de párrafos cortos.

El comienzo de la obra, que, como testimonian muchos lectores, engancha, me recordaba al eterno Delibes y su El camino, o quizás más bien, a The body de Stephen King. Me refiero al recurso de la infancia recordada desde un punto de vista más maduro del personaje. Si en Delibes es Daniel el Mochuelo quien recuerda sus peripecias en el pueblo durante la noche antes de partir a la urbe, o en Stephen King tenemos al escritor Gordon Lachance rememorando su último verano junto a sus amigos, que después se volverán sólo conocidos, en Castle Rock, en la novela de Eloy Moreno nos reciben los recuerdos veraniegos del protagonista ya adulto, junto a su amigo Toni y las familias de ambos. Con base en esta amistad y por dos acontecimientos centrales (un accidente y una chica), ambos amigos, casi hermanos, acabarán por separarse y ser dos simples conocidos durante su vida adulta. Es, desde luego, muy similar a lo presentado por Gordie, Vern, Chris y Teddy en Stephen King, aunque la intencionalidad es bien distinta.

Ahora, con mi muy prominente barriga, que si bien tiene mucho de curva no me aporta ni un gramo de felicidad, con mi colección de estrías a la altura de la cintura y mis fláccidos pectorales que ya luchan en tamaño con los de mi mujer recuerdo aquellos años con tristeza. Recuerdo cuando aún era ágil, cuando nos pasábamos las tardes descubriendo montañas, escondiéndonos entre los árboles, cogiendo piñas para lanzarlas contra las botellas de cristal o pedaleando a toda pastilla para lucir las pegatinas que habíamos colocado entre los radios de las bicis. Ahora ya he abandonado cualquier posibilidad de volver a sentir todo aquello. Llega una edad en la que parece que todo se precipita hacia abajo, cuando sabes que, en adelante, todo será decadencia.

Precisamente será la aparición de una muchacha por la que rivalizarán, y que finalmente acabará siendo la esposa del protagonista, la razón de su separación. Su aparición marca un antes y un después. Con ella iremos asistiendo al declive de una vida conyugal hacia una mera rutina de beso y saludo, y alguna discusión. Una vida conyugal que se desmorona, con un hijo de por medio, por el peso de una rutina vital anonadante.

Una vida introducida, sí -y cuál no lo hace- en la mortal rueda de un deja vu continuo del ayer proyectado en el mañana. Nada nuevo en nadie, ni en la familia ni en el trabajo. Los días se vuelven indiscernibles. La pesadumbre de la vida consciente, que dijera Rubén Darío, cada cual encerrado en la trampa que ha hecho de su propio vivir. Tanto es así que la única novedad, desencadenante de la revolución contra el paso igual de los días será la compra, pérdida y búsqueda de un bolígrafo de gel verde. Un bolígrafo que se vuelve símbolo para el lector del impulso revulsivo contra la soga de la cotidianeidad. Ese bolígrafo es la causa del desvelamiento de muchas historias encubiertas tras la rutina de cada uno de los personajes y el desencadenante de otros hechos desagradables hasta colmar el vaso, hasta la explosión, la pérdida de todo, el encaramiento con la nada y el punto cero, y la necesidad de una catarsis renovadora. Llamémoslo epifanía, revelación, penitencia, superación o salida de la caverna, el protagonista retoma las riendas de su vida frente al antiguo dejarse llevar por el vaivén de los días que, como un tren, solamente van del punto A al punto B, nacimiento y muerte. Un viaje necesario cuyo trayecto no necesariamente ha de caer y hundirse en el vacío aplastante de la rutina. De hecho, así se dice en la novela:

Una vida —cualquiera— se resume en una serie de acontecimientos especiales, de puntos y aparte. Puntos que, por más tiempo que transcurra, permanecen intactos en la memoria, remanentes hasta el mismo día en que nos alcanza la muerte.

(…)

Una rutina más dentro de nuestras vidas, o una vida más dentro de nuestras rutinas. Llegaron los días en que no supe, o no quise, o realmente no pude, apreciar la diferencia. Llegaron los días en que me vi incapaz de distinguir la frontera entre casa y hogar, entre vida y existencia, entre amor y amistad; y esto último, sin duda, fue lo más doloroso. Llegó un momento en el que futuro y pasado dejaron de ser

En este punto muchos lectores detectan el matiz de autoayuda, el modo del cuento terapéutico de Bucay, o las obras de Coelho: un texto que plantea un proceso de cambio a través del cual una persona trata de eliminar actitudes, formas de comportamiento, sentimientos y creencias erróneas para mejorar su calidad de vida y lograr un estado de satisfacción consigo mismo y con las circunstancias que lo rodean. Esto no es un punto negativo, teniendo en cuenta que otras obras laureadas pueden aproximarse también a esta clasificación, como El Principito de Saint-Exupery o La vida de Pi de Yann Martel. Es decisión del autor imprimirle este toque final que impregna todo el argumento, y que parece querer ofrecer un espejo de comportamiento vital exitoso, ofrecer un modelo de actitud existencial positiva para ser felices. ¿Quién no desea ser feliz? Que acabe por ser una novela teleológica y eudemonista no es criticable, cuando, por cierto, el propio argumento lo va anunciando con el color gris y claustrofóbico de toda la narración, exigiendo una resolución con la misma fuerza en sentido contrario. No creo yo que el final sea un parche, muy al contrario, se deriva de la lógica del argumento que hace de premisa para la conclusión del libro.

Lo que sí sucede es un cambio de registro, hasta cierto punto lógico. Mientras la parte claustrofóbica nos detalla cada personaje, sus relaciones y su vida, la parte catárquica apenas dibuja a los personajes peregrinos que en el camino se va cruzando. Mientras la parte de la vida rutinaria y anonadante no registra acción como tal, sino que refleja el estatismo y la igualdad en la repetición de escenarios, personajes y acciones a lo largo del tiempo, en la catarsis cambiamos rápidamente de escenarios y paisajes tan desconocidos para el protagonista como para nosotros, de acciones, hechos y relaciones. Los espacios de esa primera parte son en su mayoría cerrados y urbanos (los famosos 445m2 con que comienza la novela entre casa, ascensor, garaje, trabajo, restaurante…), mientras que en la catársis del personaje son en su mayor parte paisajes abiertos y naturales. Hay, efectivamente, un cambio radical de la narración y la lectura que impacta al lector, quien se había acostumbrado (imagen metaliteraria de la rutina) a la primera forma narrativa. El cambio es consecuencia directa del cambio del protagonista.

La novela, primera en aquel entonces de Eloy Moreno, compuesta durante largo tiempo (dos años, si no recuerdo mal) luce, fundamentalmente, en su sencillez y el verismo de su primera parte, que hacen fácil la identificación con el protagonista de muchos lectores atrapados en la cárcel de la rutina. También le suma puntos para esa identificación emplear la narración en primera persona y dejar sin nombre al protagonista. Cuenta con un buen aparato retórico como apoyo de la emoción. Por ejemplo, cuando se describe metafóricamente:

Durante su juventud se dedicó a vivir la vida, a probar cuerpos de usar y olvidar. Pocas mujeres le duraban una semana: o él se cansaba o ellas, después de la fogosidad en la cama, se daban cuenta de que arriba la cerilla no tenía casi fósforo.

O los juegos  y reiteraciones semánticos:

El primer beso en los labios o el primer beso en la boca, nunca es lo mismo

Personificaciones:

Nos quedamos tumbados en una cama que ya no era testigo de nada

Los paralelismos:

Nos movimos como dos desconocidos, nos juntamos como dos enamorados

Contraposiciones:

Aquella noche nos acostamos uno al lado del otro, pero no juntos.

En síntesis, en su valor literario El bolígrafo de gel verde es una novela construida en torno a los tópicos del carpe diem, tempus fugit y el locus amoenus, desde la perspectiva del varón urbanita contemporánea. Engarza así con la tradición y actualiza el tópico literario a nuestros días de una forma bastante efectiva y ágil, desarrollada para todo público, ligada, en este caso, al género de novela de autoayuda.

Héctor Martínez

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