19/07/2017

SÉNECA, SIN EL BENEFICIO DE LA DUDA

Posted in Teatro tagged , , , , , , , , , , , , a 12:53 por retratoliterario

cartel-seneca-cdn1-wpcf_300x427Hace ya unos meses que acudí al montaje de Séneca, recuperación y adaptación del texto que Antonio Gala estrenara treinta años atrás, en 1987 en el Teatro Ayala de Bilbao con el título Séneca o el beneficio de la duda. Se cumplían, pues, treinta años y el estreno de 2017 se trataba de un homenaje del Centro Dramático Nacional. La dirección y versión de Emilio Hernández se estrenó en el Valle-Inclán y estuvo en cartel entre marzo y mayo, con un reparto formado por Diego Garrido, Carmen Linares, Esther Ortega, Eva Rufo, José Luis Sendarrubias, Aka Thiemele, Antonio Valero, Ignasi Vidal y Carolina Yuste.

La obra original, como se ha repetido hasta la saciedad, era todo un alegato contra la corrupción y la inmoralidad perfectamente paralela a la situación política del momento —¿y cuándo no sucederá esto?—. El propio Gala escribió como prefacio: «En una época cuya decadencia, cuya corrupción general, cuya sensación de agotamiento, la hacen tan semejante a la nuestra, hay un hombre de Córdoba –el más romano de todos los estoicos y el más estoico de todos los romanos– que personifica las tentaciones que el poder plantea a la ética, y el contagio con que la amoralidad asalta a la virtud»; y así también la obra alcanza una conclusión: «La conclusión de que lo auténticamente humano es la duda: la duda permanente, la duda como beneficio supremo, como pesquisa interminable y como único signo inequívoco de ardor, de raciocinio y de vitalidad». En Gala, la confesión de Séneca y el recorrido selectivo de su vida —selección que delata la intención— persiguen esas conclusiones: tenemos en escena un intelectual estoico adinerado clamando por la mediocridad y alabando la pobreza, escribiendo sobre la virtud y la moral mientras sirve al Imperio y a las tramas palaciegas que lo sacuden. En resumidas cuentas: la dialéctica entre intelectual y poder.

¿Qué ha sido de todo esto con que, repito, el propio Antonio Gala precedía su obra? Lo ignoro. He leído que Emilio Hernández buscaba en su adaptación otorgar un lugar a la música como un elemento intrínseco a propósito del personaje de Nerón. Recordemos, en cambio, que la obra se titula con el nombre de Séneca, y no con el de Nerón. Sin embargo, precisamente por este leve error de perspectiva y ese empeño musical, Séneca se convierte en el convidado de piedra ante el relato de sus propias memorias en las que el protagonista es Nerón y no él. Y digo leve error, porque se soluciona fácilmente: titúlese Nerón, y punto. Por otro lado, una cosa es introducir música y canto, y otra muy distinta lo que ocurre en esta puesta en escena. Por momentos la obra no sabe si es el monólogo —disfrazado de diálogo— original de Gala, un musical, una revista, una telenovela o un talent show tipo Operación Triunfo —no en pocas ocasiones el Nerón de Diego Garrido semeja un Bisbal de nuestro tiempo—. No dudo de la buena intención, incluso justificada, sino del hecho de que fuese buena idea. Más aún cuando es conocida la queja sobre la sonorización de la sala Valle-Inclán y acabas por colocarles sendos micrófonos a los actores, lo que ya da mala sensación de por sí. Por otro lado, mezclar el arte del jondo de Carmen Linares con Monteverdi y la musicalización de poemas de Gala, por buena intención —repito— que tenga, y aunque haya contado con alguien como Marco Rasa, no sé hasta qué punto se plantearon si era buena idea.

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Izqda. a Dcha.: Eva Rufo (Popea), José Luis Sendarrubias (Otón),Esther Ortega (Agripina) y Diego Garrdio (Nerón)

Si al plantel musical le añadimos un vestuario estridente y un maquillaje cabaretero —o circense, que al caso…— o la focalización de todo el montaje en aquello que no es Séneca, perdemos de vista el asunto que Gala se trajo entre manos. Reciben mayor atención el supuesto incesto entre Agripina y Nerón, los parricidios de Agripina, los amoríos bisexuales de Nerón con varones y libertas, el funesto destino de su mujer Octavia y las artimañas de Popea… ¿Dónde está Séneca? De vez en cuando surge en este maremágnum telenovelero sirviendo de narrador, o de comentarista de la vida de Nerón, para, al finalizar, suicidarse por decreto del emperador. Y de postre, desnudos sinsentido y exploraciones eróticas que ya no pueden generar la provocación reivindicativa ni el escándalo puritano pasados, sino más bien el mismo efecto que decir caca, culo, pedo pis, es decir, lo anecdóticamente prohibido.

Se ha señalado, acertadamente a mi parecer, el excelente trabajo de iluminación. Efectivamente, potencia la escena, aporta la sensación agresiva que exige cada intervención a la vez que ensombrece y oculta contribuyendo a la historia de intrigas que se narra. Sin embargo, esta iluminación ilumina lo que se deja ver cuando algo se puede ver entre tanto humo. Una vez más, la sensación de estar más en un concierto o en una discoteca que en una representación dramática salta a la palestra. Humo que a cada canción surge, humo que tapa lo que está ocurriendo, rompe la visibilidad y convierte el escenario en una trampa mortal para los actores mismos que van ascendiendo y descendiendo por la grada en semicírculo que tienen por escenario —por cierto, uno de los dos guiños políticos por su tono asambleario, sin pasar de lo simbólico—.

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Izqda. a Dcha.: Ignasi Vidal (Petronio), Esther Ortega, Aka Thiemele (esclavo), José Luis Sendarrubias, Eva Rufo y Carolina Yuste (Acté).

Junto a la iluminación, los actores salvan también, y con mucha solvencia, lo que está sucediendo.

Valero salva con soltura el papel de Séneca, en quien intuyo que había estudiado a sus antecesores en el cargo, ya Pellicena en el estreno de 1987, o, por ejemplo, Ismael Merlo —cuyo nieto Luis brilló y se ganó al público haciendo de Nerón en 1987 en Bilbao— en la obra de Pedro Palop filmada para Estudio 1 con la realización de Pilar Miró. Serenidad y contención, máximas del estoicismo defendido por aquel, son las columnas para apoyar la actuación por parte de todos ellos. No obstante, Valero lo tenía muy  difícil cuando su personaje es otro espectador, cuando menos, y un comparsa cuando más, que pasaba por allí. Como Helvia, madre de Séneca, incluida en esta obra no se sabe bien por qué, y que es interpretada por Carmen Linares, que parece estar en la grada esperando a que pasen lista, se pone en pie, canta y de maravilla —es lo que ha ido a hacer— y punto.

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Antonio Valero (Séneca)

Incluso luce más Ignasi Vidal en el papel del hedonista Petronio —que tendría que ser el comparsa de Séneca y no al revés—, pues tiene mayor relevancia en la adaptación que en la obra original, donde es mero apoyo dialógico del monólogo de Séneca. Aquí aparece como un maestro de ceremonias o un domador de circo entre tanta fiera, algo que se justifica históricamente pues fue el party planner de Nerón. Pero defiende muy correctamente el tono irónico y pícaro del autor de El Satiricón.

Esther Ortega como Agripina impone, hasta el punto de desear que aparezca Freud por allí y haga una sesioncita psicoanalítica madre-hijo: manipuladora, ambiciosa, orgullosa, controladora…; solo faltaba otra actriz en la balanza en el papel de Popea, y allí aparece Eva Rufo, como una especie de espejo que recoge el relevo de Agripina en la función de manipular a Nerón. Poder, ambición y el duelo suegra contra nuera por controlar los hilos de las decisiones de Nerón era un reto, y ambas logran dar el máximo en este particular OK Corral.

Un Nerón interpretado por Diego Garrido, en un rol complicado para esta adaptación al tener que mostrar cuatro facetas —hijo por destetar, apasionado lujurioso, enamorado sensible y emperador con determinación—, y las resuelve con eficacia, sin complejos en su debut.

Otros son los casos de José Luis Sendarrubias y Aka Thiemele, Otón y un esclavo respectivamente, dos personajes que aparte de lucir pectoral y físico, elevar el calor de la sala y mi envidia corpórea, poco más hacen. De hecho, el personaje de Aka Thiemele siquiera tiene nombre y tampoco tiene asignada una sola línea de texto. Está allí, mira con interés, se levanta, baila, se sienta, mira, se levanta… ¡parece que estuviese en misa! José Luis Sendarrubias lo más que tiene es el revolcón —literal— con Diego Garrido. Esa es la contribución que le han pedido y así ha cumplido.

Y me queda Carolina Yuste en el papel de Acté, la liberta siria y el segundo guiño a la política y sociedad nuestra; de corrido se menciona su procedencia —tú piensas en Siria de inmediato— y se te olvida a los dos segundos con el ritmo discotequero y el humo que de pronto empieza. Carolina Yuste, que venía de interpretar a Cleopatra, traía las tablas necesarias para encarnar la ternura amorosa y la sinceridad de Acté ante tanto hilo de titiritero en el Imperio. Las escenas de Nerón y Acté recordaban un poco a cenicienta, a la bella de la Bestia o a la corista del Príncipe, pero es el efecto piscosocial de juntar al emperador con la esclava y enamorarse ambos rompiendo toda la escala social que, sin embargo, tanto Agripina como Popea tienen en cuenta. Claro está que Acté es el contrapunto de ambas, aconseja a Nerón tomar las riendas y no dejarse embaucar, se enamora de la persona, del poeta y músico, no del emperador.

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Ignasi Vidal y Carmen Linares (Helvia)

Reitero, las buenas intenciones no siempre generan buenas ideas, y versionar no es simplemente añadir y quitar. Hace treinta años, se criticó la puesta en escena de la obra precisamente por todo lo contrario: se le acuso a Gala de preferir el oído a la visualidad, se le acuso de una representación austera, se le acuso de carencia de emoción y pasión en los personajes… «El brillante hallazgo expositivo se ve seriamente dañado por una estructura teatral demasiado vetusta, por un gusto por el monólogo permanente que ya no permite el enganche constante del espectador. Resulta ser más una conferencia que una obra de teatro. Sólo existe intraconflicto, con lo que el resto de los personajes, que ilustran la presencia reflexiva del filósofo, quedan solamente apuntados» (Juan J. Guerenbabarrena, Lo viejo y lo nuevo. Cuenta y Razón núm. 30, 1987). Da la sensación de que Emilio Hernández haya recogido esta crítica y haya ido remedando la obra: eliminemos el monólogo permanente, añadamos conflictos, demos protagonismo a todos los demás personajes, revaloricemos a Petronio, añadamos pasión, sensualidad, y modernicemos lo vetusto… Y tenemos esto, un Séneca sin Séneca, ahumado y estridente, envuelto en un musical pop tipo Hoy no me puedo levantar, metiendo canciones con calzador en la trama, y al más puro estilo Disney de bellas muy bellas y dulces y bestias muy bestias; un Séneca que es Nerón con complejos de Edipo y problemas de identidad sexual, madres psicópatas, familias desestructuradas, parejas que solo te quieren por el dinero —y las que no, resultan imposibles quimeras idealizadas—, y sexo y revolcones por el escenario. De un extremo al otro, hasta pasarse de frenada por mucho.

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José Luis Sendarrubias y Diego Garrido

En resumidas cuentas, un extraño cóctel que no sabe lo que quiere, actualiza lo que no debe actualizar, añade lo que nunca debió añadirse, que altera y que ignora los verdaderos guiños, que pierde de vista el original hasta en lo más sustancial, y que al final es tan atrevido y tan innovador como pintarle hoy mostacho y perilla a la Giocconda y titularlo L.H.O.O.Q. («Elle a chaud au cul») casi cien años después de que lo hiciese Duchamp. El auténtico acierto de la versión, treinta años después, es haber quitado el subtítulo «el beneficio de la duda», porque no lo tiene.

Héctor Martínez

 

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