17/02/2018

PARADERO DESCONOCIDO, DE KRESSMANN TAYLOR (KATHERINE)

Posted in Prosa tagged , , , , , , , , , , , , a 17:10 por retratoliterario

paradero-desconocidoLa novela epistolar es un género narrativo de perfil psicológico y crítico, en el que la evolución del carácter moral de los personajes y sus relaciones se plasma perfectamente en el transcurso del elemento del tiempo, el cual se presenta fragmentado. Tiene, incluso, un punto de morbo para el lector, tanto si estamos ante una correspondencia real como si se trata de un intercambio postal ficcionado. El lector siente  una mayor cercanía a los personajes porque accede a la correspondencia privada, la cual conlleva los factores de intimidad y complicidad entre remitente y receptor. Esta intimidad genera, a su vez, una ilusión de realidad sobre lo narrado. Por tanto, la novela epistolar nos sumerge en un nivel más profundo de confesión, que exige la primera persona, donde la emoción está a flor de piel, y donde el lector se convierte en un tercer confidente sin derecho a la palabra; es decir, se le cede el rasgo de la omnisciencia por parte del escritor, y con ello gana un papel más activo en la comprensión de lo que ocurre.

En este género, el habitual criterio de la verosimilitud se reduce exclusivamente a la autenticidad psicológica humana, a la total subjetividad del personaje. En cierto modo, como vemos, se aproxima a la novela dialogada, al diario, e incluso al drama: es fundamental la interacción de los personajes, su forma de ser y pensar, y su desarrollo y progreso interno, reflejados en su expresión —en este caso expresión escrita— como única referencia.

Esto es un resumen a grosso modo que me sirve de introducción para hablar de Paradero desconocido (1938) de Kressmann Taylor (pseudónimo de Katherine Kressmann), nouvelle epistolar ambientada en los años treinta. Se trata de la correspondencia durante dos años (de 1932 a 1934) entre dos amigos, Martin Schulse y el judío Max Eisenstein, emigrados en EEUU (probablemente huyendo del desastre de la I Guerra Mundial), que regentan una galería de arte en San Francisco, California. Un correo que comienza cuando Martin retorna a Alemania con su esposa e hijos durante la toma de poder de los Nazis y el inicio del Tercer Reich.

La novela tuvo su primera publicación en prensa, en las revistas Story, primero, y Reader’s Digest, después,  con una muy buena recepción. Tanta como para publicarla en formato de novela con Simon & Shuster al año siguiente, en 1939. Fundamentalmente se destacaba del texto la combinación de la crudeza del contenido y la sencillez de las formas, obteniendo un resultado sólido e inapelable. Y es cierto.

El contenido es crudo. Vemos romperse una amistad que parece inquebrantable. Asistimos al envenenamiento ideológico de Martin y a cómo va calando en él la indiferencia, después la justificación y finalmente la connivencia temerosa con la ideología del nazismo. En Max damos con la perplejidad, la impotencia, la rabia y la venganza. En medio del intercambio el destino funesto de la hermana de Max, Griselle, de los judíos, del propio Martin, por el nazismo.

Durante los primeros intercambios, las cartas son largas, cómplices y amistosas. Pero según se suceden Martin va progresivamente asumiendo el ideario del Reich y justifica el argumentario antisemita en sus cartas a Max, que es judío —en realidad parece sentir la necesidad de autojustificarse—. Nuestra autora es sutil en la penetración de la ideología, y prácticamente nos ofrece el in crescendo del discurso, como una lluvia que poco a poco cala. Se trata de palabras y expresiones que primero insinúan y después se van agravando. Observamos el cambio en la forma al escribir, en la elección del tono y léxico, en cómo Martin se dirige a Max de forma cada vez más alejada y carente de tacto, e incluso en el nombre con que firma donde se troca el nombre de pila por el apellido; o el membrete que usa Max, donde figura el nombre de la galería —primero Schulse-Eisenstein y después solo Eisenstein— y el membrete que empieza a usar Martin, con una tipología gótica Frakturschrift —letra, por cierto, de origen hebreo y que los nazis dejaron de usar a partir de los 40s—, los saludos con el clásico Heil Hitlter!, llamar al hijo con el nombre de Adolf etc. Incluso podemos observar como las cartas menguan de tamaño progresivamente y en paralelo al conflicto. Así, llegamos a un punto en el que Martin acaba por pedirle a Max que evite las misivas por estar mal visto que tenga tratos postales personales con un judío.

Sin embargo, Max, judío como hemos dicho, continuará escribiéndole. En siguientes cartas pide a Martin que busque a su hermana Griselle, quien ha ido a Berlín y de la que no tiene noticia. Que en la medida de lo posible la proteja. Y lo que es más preocupante para Max, le cuenta que la última carta enviada a Griselle le es devuelta con la leyenda que da título al libro: «paradero desconocido». La petición desesperada de Max a Martin resulta de sentido común al lector, quien espera que Martin, a pesar de todo, siga reconociendo en Max al amigo íntimo y fiel que siempre fue, o en Griselle a la mujer que una vez Martin amó extraconyugalmente —como deducimos de las primeras cartas—. Precisamente en este punto alcanzamos el clímax de tensión absoluta: Martin no solo hace caso omiso, sino que incluso colaborará con las SA en dar caza a Griselle cuando ella busque refugio en su mansión, y se lo contará sin ambages a Max:

Heil Hitler! Lamento tener que darte malas noticias. Tu hermana ha muerto. Como tú mismo decías, desgraciadamente era una insensata. No hace todavía una semana llegó a casa, seguida por una patrulla de tropas de asalto. (…) Por suerte abrí la puerta yo. Primero pensé que era una vieja, luego reconocí la cara y, enseguida, que las tropas deasalto aparecían en la verja del parque. ¿Podía esconderla? Era una posibilidad entre miles. Un criado aparecería ante nosotros en cualquier momento. ¿Podía aguantar que registraran mi casa con Elsa en la cama, correr el riesgo de que me arrestaran por dar refugio a una judía y perder todo lo que he conseguido llegar a ser aquí? Como alemán, mi deber no ofrecía duda alguna. Ha exhibido su cuerpo judío en las tablas ante jóvenes alemanes puros. Debía detenerla y entregársela a las tropas de asalto.Pero no pude hacerlo. «Nos vas a destruir, Griselle», le dije. Me miró, sonrió (siempre fue una muchacha valiente) y tomó su decisión. «No voy a hacerte daño, Martin», dijo, corrió escalones abajo y se dirigió a los árboles. Pero tenía que estar agotada. No corrió a bastante velocidad y las tropas de asalto le echaron la vista encima. Yo estaba indefenso. Entré en la casa, oyendo sus gritos. A los pocos minutos dejó de gritar y, a la mañana siguiente, mandé el cuerpo al pueblo para que la enterraran.

Podríamos debatir hasta qué punto Martin actúa de ese modo, si por convencimiento o por miedo a ser visto como un traidor al Reich, con sus funestas consecuencias para alguien con su posición y su familia. O incluso podríamos creer que aprovecha las circunstancias para deshacerse de Griselle y quitarse de encima un problema para su matrimonio y para su ideología. Al fin y al cabo, podía llegar a saberse que él habría sido un adúltero con una judía dentro del Tercer Reich. En mi opinión, hay más de lo último que de lo primero en la intención de Kressmann sobre el personaje, lo cual quedaría claro por la renuencia a mantener correspondencia con Max, no porque sus ideas le hagan rechazarlo, sino en último término porque el Reich le revisa el correo y, obviamente, no lo aprueba. Martin sabe que está expuesto, y cae en su propia trampa ideológica. A nadie se odia más en una ideología que a un traidor.

Hay que reconocer el talento de la escritora en no dar el enfoque simplón y maniqueo, no acudir al simple tópico, sino adentrarse la caída de Martin en el abismo de la ideología nacionalsocialista y el regalo envenenado que le espera. Un fondo del personaje que no refleja a un verdadero nazi convencido sino a un alemán orgulloso que vuelve a una Alemania empobrecida en la que él representa el éxito; pero que se transforma en un alemán inevitablemente intoxicado por su posición social y finalmente atemorizado por los suyos.

¿Qué puede hacer Max desde California? Empatizamos con la sensación de impotencia y la rabia, con la sed de venganza que crece en su interior. Y en un giro que sorprende al lector, Max pergeña en la distancia, con pluma y papel y a costa del arte, el ajuste de cuentas merecido. Aprovecha el único punto débil de Martin que le es totalmente accesible desde donde se encuentra: la propia correspondencia con un judío, enigmática, y mencionando arte degenerado. La escritura y la naturaleza judía del remitente, la suspicacia Nazi ante confabulaciones y mensajes encriptados, y sus prejuicios ideológicos se convierten en un arma devastadora que Max va a aprovechar, sin miramientos, contra Martin. Y no se detendrá hasta que le sea devuelta la última carta con el sello de «Adressat unbekannt» («paradero desconocido»).

Adressat_01

Otro tema, más allá de los asuntos humanos, que secundariamente está presente en la obra es el arte, a través del hecho de que ambos regentan  una galería de arte. De hecho, hay un nombre que se repite, el de Picasso, como el símbolo de la fortuna para Martín, como al escribirle al principio Max:  «La señora Levine ha comprado el Picasso pequeño al precio que le habíamos pedido —me felicito por haberlo conseguido— y a la vieja señora Fleshman le hace tilín la horrenda Madonna. Nadie se molesta nunca en decirle que alguna de sus piezas sea mala porque todo lo que tiene es malo»; como de su ruina, cuando Max al final le escribe a Martin: «Los entusiastas de Picasso serán tu mejor ayuda, pero no descuides otras posibilidades». Para lo último, hay que recordar que Picasso es uno de los máximos referentes del cubismo, y, por ello, uno de los clasificados bajo la etiqueta de «arte degenerado» en la Alemania nazi.

La obra es corta, como también conviene al género y la intensidad de la historia. Y es concisa. Hoy, cuando los escritores parecen incapaces de presentar argumentos cuyo conflicto abarque menos de quinientas páginas, y su resolución otras quinientas, reencontrarse con obras como Paradero desconocido, equilibradas en el aprovechamiento de todos sus elementos y totalmente precisas en su arco narrativo, es un soplo de elegancia y saber hacer que se echaba de menos.

Héctor Martínez

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