22/04/2018

LOS SONETOS DEL EMIGRANTE JAIRO COMPOSTELA

Posted in Poesía tagged , , , , , , , , a 15:33 por Retratoliterario

El martes 17 de abril, con motivo de las celebraciones del día del Libro se presentó Sonetos de un emigrante, el nuevo poemario de Jairo Compostela. El acto se llevó acabo en la Biblioteca municipal del Centro Cultural El Cerro en Moraleja de Enmedio, pueblo del que es oriundo el poeta. En el acto, junto a poeta, participamos Dña. Francisca Mora, concejala de cultura, D. Francisco Martínez, filólogo, Dña. Cristina Gómez Ávila, bibliotecaria del Centro Cultural, y yo mismo.

Crónica del acto:

http://es.globedia.com/jairo-compostela-sonetos-emigrante

Audio del evento:

http://www.ivoox.com/25547084


(Texto original de mi intervención)

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Como señalo en el estudio crítico que encontrarán en el poemario, yo conocí a Jairo hará cuatro años, cuando me pidieron presentar su anterior libro El nenúfar de las ninfas. De hecho, conocí antes su poesía que a él en persona, y quizás esto fue crucial en nuestro posterior intercambio.

Yo leí primero sus versos, y después estreché la mano que los escribió. Es decir, primero accedí a su mundo poético, sin que él lo supiera, y después al mundo personal en el que nos cruzamos.

La primera consecuencia de este hecho es que cuando me oigan decir que en Jairo tenemos un excelente poeta, sabrán que no lo estoy diciendo por un pacto no escrito de amistad que me obliga a ser condescendiente. Cuando me oigan decir que en Jairo tenemos un excelente poeta, no lo diré mintiéndoles.

Y también por esa misma razón, cuando me oigan decir que en su poesía tenemos una excelente persona, sabrán que no lo estoy diciendo por adular el oído del autor. Cuando me oigan decir que en sus versos, como decía Walt Whitman, vibra un hombre, sabrán que no es un simple decir.

Pues bien, en Jairo tenemos un excelente poeta y en su poesía vibra una excelente persona.

Nuestro madrileño (y moralejeño) por el mundo y pregonero de excepción —¡qué mejor cosa hay que un poeta será pregonero!— se nos fue a vivir a tierra germana, y nos trae un testimonio poético de su experiencia que ha titulado Sonetos de un emigrante.

Observemos que en el título dice emigrante y no inmigrante. En la elección por la palabra emigrante descubrimos el punto de vista que nos ayudará a leer el poemario: son versos que nos hablan desde la perspectiva del que se marcha; y nos hablan a los que nos quedamos.

Por ello afirma en el prefacio: «siempre me termina asaltando el pensamiento de que, aunque aquí suelo despertar afabilidad por mi procedencia y por un leve acento que tiende a causar interés, y a pesar de que puedo llegar a ser fácilmente un colega amable, un vecino conocido, un cliente habitual o un trabajador apreciado, a veces muy en el fondo y otras veces no tanto, simplemente soy un extranjero. Un extranjero, nada más que eso».

Y también por ello el soneto que sirve de prólogo al poemario es una declaración de intenciones de un poeta emigrante:

Emigrar supone nacer de nuevo

Involuntariamente, sentir cómo

Uno se encuentra a diario en los rincones

De sus prioridades contradicciones.

Es casi inevitable pasar lista

A tus principios, deshojar su esencia

Y aprender a tirar la basura

Todo lo tóxico, lo burdo, todo.

Así, por ejemplo, no va a faltar la nostalgia que echa la mirada hacia atrás, como en el Soneto XXIII, que nos retrotrae aquí, a Moraleja de Enemedio:

Fantasma del pasado, ¿en qué me he convertido?

¿Quién soy en este instante? ¿Qué hombre seré mañana?

¿De qué modo tratar la herida que no sana?

¿Dónde encontrar aquello que nunca ha existido?

Algo de mí fallece cada vez que olvido

los tiernos olores de mi patria lejana,

una palabra de la lengua castellana

o el pueblo donde fui feliz y conocido.

E incluso, hasta el punto de afirmar en el último verso del Soneto XVIII: «Mi única patria se llama Madrid» —que por cierto, es Soneto que me dedica y, como madrileño, me honra—. Otros se dedican al Café Populart, a la Extremadura materna, a la Biblioteca del CC. El Cerro, a España misma… denotando esa mirada hacia «la senda que nunca se ha de volver a pisar», que nos decía el caminante de Antonio Machado.

Se «nace de nuevo», escribe Jairo, de otra madre y se siente la morriña, similarmente a como escribiera Eduardo Anguita, quien también compuso sonetos  al ser destinado a México —algo tiene irse al extranjero y escribir sonetos para reflejarlo—: «miré a la madre de donde he venido / y era un recuerdo que se me olvidaba» a lo que añadía «que nos quiten la madre —¡madre mía!— / y nos den otra madre, forastera».

Y es que es esa misma perspectiva del emigrante la que nos presenta esa nueva «madre forastera», la tierra a la que se marcha, las sensaciones que le produce al poeta, las emociones que se despiertan en él. De ahí el subtítulo Papeles de Colonia, que, por cierto, aprovecha la dilogía de la palabra Colonia —como ‘ciudad’ y como ‘perfume’—, precisamente lo que introduce el topónimo alemán en nuestro léxico castellano a través de la agradable sensación del aroma.

En cuanto a la forma poética, estamos ante veinticinco sonetos. Esta elección es todo un riesgo y toda una revolución, si me permiten decirlo así. Hasta tal punto es así que Sonetos de un emigrante se convierte en todo un alegato formal. Lo de que el soneto sea una revolución en nuestros tiempos es un convencimiento que Jairo y yo nos traemos entre manos desde su primer poemario.

En El nenúfar de las ninfas Jairo usaba un soneto clásico como prólogo para un libro que era en su mayor parte versolibrismo, estilo imperante en nuestras letras, en nuestras calles y en nuestros bares literarios. El verso libre está impuesto a generaciones y generaciones que jamás han sabido qué era un soneto, y quienes copian al medio siglo, a los novísimos y siguientes —ignorando que quienes lo pusieran de moda fuesen Walt Whitman y, en España, Juan Ramón Jiménez—. Tal dictadura del verso libre hay que hoy día, cuando lo nuevo es lo antiguo, en los días del remake y el cover, en los días en que lo retro mola, en los días de lo vintage, escribir un poemario con lo que yo llamo «aperos de métrica, estrofa y rima», y más aun, emplear la consagrada forma del soneto, se vuelve una auténtica revolución poética. Ejemplo de la realidad de esta revolución es precisamente el auge y popularidad del rap y del hip-hop. Los versolibristas suenan a viejo; los metricistas sonamos a joven y a vanguardia.

Otro aspecto que descubro en este segundo libro, Sonetos de un emigrante, compuesto por, como digo, veinticinco sonetos, es que lleve por prólogo un soneto de verso blanco, esto es, la forma que fuese una de las primeras rebeliones contra los modelos clásicos al renunciar a la rima. Y este soneto de verso blanco sirve de antesala para diversas variaciones del poema estrófico: desde la clásica petrarquista y el modelo de dos rimas, pasando por el decasílabo, el dodecasílabo, el extraño tridecasílabo o el alejandrino. De ahí que haya afirmado que el poemario de Jairo es todo un alegato en favor del soneto y su libertad compositiva, todo un argumento frente a los prejuicios existentes, y toda una revolución y aire fresco frente al agotamiento del verso libre.

Esto es lo que los lectores vamos a encontrar en Sonetos de un emigrante (Papeles de Colonia), y es lo más que puedo decir sin hacer spoiler —aunque no sé cómo se hace spoiler con un libro de poesía—. Encontrarán mayor extensión en el estudio crítico que cierra el libro donde analizo con más profundidad los valores literarios de Sonetos de un emigrante.

Héctor Martínez

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