26/06/2020

BOMARZO, MANUEL MÚJICA LÁINEZ

Posted in Narrativa tagged , , , , , , , , , , , a 10:07 por Retratoliterario

Fue Luis Miguel Madrid quien me habló de esta novela por primera vez cuando hablamos de sus poemas, publicados en Babab.com a partir del número 3 de julio del 2000, dedicados al jardín de los monstruos de Bomarzo y a la vida del duque Vicino Orsini. Yo, entonces, no sabía ni que existía. Él lo había visitado al viajar por Italia junto a Eva Contreras, quien hizo fotografías del paraje. Me recomendó en aquel entonces la novela de Mújica Láinez, no ya solo por la influencia en sus versos, sino por el valor mismo de la novela y la historia del jardín y la de su ideador —la misma a fin de cuentas—, que también a él le había fascinado y con la que también se encontró identificado. Así es como esta novela entró en mi lista hará unos cuatro o cinco años.

Los versos de Luis Miguel nunca habían salido como libro hasta finales del año pasado, casi veinte años más tarde, conjuntando imágenes y versos en el lanzamiento editorial de El blanco de tus ojos. Cuando supe de la publicación del poemario, me pareció un acto de justicia: se daban las condiciones necesarias para que los poemas de Luis Miguel y las fotografías de Eva se fundieran en una sola obra. Quizás antes, nunca hubiesen logrado un libro como el que hoy tenemos. Recordé, entonces, que estaba por leer la novela de Mújica Láinez. Adelantó la obra puestos en la lista hasta entrar en las lecturas del 2020 iniciado. Además, como ya he recordado en otra ocasión, tengo un monográfico sobre Luis Miguel en el horno, y creí bueno hacerle caso y acercarme al Bomarzo del argentino, por ver si completaba algo más lo que ya había anotado yo. Sobre todo, pensé, es el poeta de Bomarzo el que te ha recomendado la novela. Con el libro recomendado por el poeta amigo casi en las manos, me sorprendió su muerte en medio de esta pandemia en el mes de abril. La lectura se convirtió, entonces, en obligación: este mes y medio último di cuenta de las casi 700 páginas de la novela. Y aquí dejo algunas líneas sobre la misma.

Mújica Láinez viajó a Italia en julio de 1958 y visitó, junto a Miguel Ocampo, pintor, y Guillermo Whitelow, poeta, el llamado Bosque Sacro de Bomarzo, en Viterbo. Se trata de los jardines del Castillo de los Orsini, conformados por un conjunto monumental nada común: figuras grotescas, terribles y fabulosas, construcciones absurdas, fueron talladas en la propia roca de la zona y aguardan tras cada recodo, entre árboles, al visitante. La pregunta que Mújica Láinez se debió hacer fue por qué en 1550, en pleno Renacimiento italiano, un duque como Pier Francesco Orsini, no erigió un jardincito como los demás, renacentista, con sus fuentes y sus estatuas clásicas, su vegetación recortada, su geometría y su laberinto. Es decir, un jardín del gusto de los Médicis. La indagación acerca de este peculiar hombre del renacimiento, el duque de Bomarzo, Vicino Orsini, y el trasfondo familiar, social e histórico que sustenta el extraño bosque de los monstruos, como se lo conoce popularmente, es el tema de la novela que el argentino se propuso escribir en 1958 y que acabó en 1962.

Mújica Láinez comprendió rápidamente la fusión de historia y fantasía que tenía ante sus ojos, y se le reveló como una materia literaria de primera categoría —igual experiencia posterior tendría Luis Miguel Madrid—. Era suficientemente estrambótico y palpablemente real, había tal sustrato de emoción, de soledad, de desarraigo, de dolor, de ímpetu… y supo de inmediato que allí había una historia que construir y narrar.

La novela comienza ya uniendo ambos factores: por un lado, el elemento fantástico, un horóscopo natalicio que anuncia la inmortalidad de nuestro protagonista desde la primera página; por otro, el abolengo de la casa Orsini, sus ramas, la familia más directa de Pier Francesco entre sus hermanos, su padre y su abuela, la genealogía de cada individuo y de cada gran familia, entre los Médicis, los Colonna o los Farnesse, y un panorama del siglo XVI, donde la sed por la acumulación de títulos y cargos en Roma, los enfrentamientos entre grandes familias, la impostura de las apariencias que ocultan crímenes y perversiones, serán las columnas sobre las que se sostenga la época.

Por el elemento fantástico, rápidamente reconocemos que nuestro narrador protagonista es un muerto, que estamos ante unas memorias relatadas desde un extraño más allá temporal cuya razón de ser solo podremos averiguar al final de la novela: cuando descubrimos los lazos que unen a autor y narrador, a Mújica Láinez y a Vicino Orsini. Tan es así, que existen apelaciones al propio lector, donde ambas voces se superponen:

Pero —preguntará el lector— ¿valía la pena consagrar un libro tan voluminoso a una vida tan intrascendente? Le responderé que para mí no lo es, que para nadie es intrascendente su propia vida, sino única y maravillosa, y que nadie lo obligó a leerla. Y le responderé que observe mi existencia con atención y que no tendrá más remedio que convenir en que fue maravillosa. Por algo, al fin y al cabo, se me ha concedido la posibilidad de narrarla punto por punto.

Son varias las referencias anacrónicas que aparecen a lo largo del texto y que ayudan al convencimiento del lector sobre la naturaleza finada del narrador en primera persona, como citar a autores, personajes y artistas muy posteriores como Eugenio d’Ors, Toulouse Lautrec, de Pirandello o incluso de Hitler…; capítulo aparte es el cameo de un desconocido, literariamente, Cervantes, presentado como un simple soldado español a las órdenes de Aquaviva en Lepanto, a la vez que genio de las letras: la perspectiva del narrador funde aquí el relato de la memoria, cuando Cervantes aún no era nadie en el panorama, con el conocimiento posterior adquirido por el narrador inmortal sobre quién fuera Cervantes para las letras posteriores. También observamos que se apoya esta fantasía temporal en el uso de un léxico en modo alguno de la época como robot o chic, o expresiones francesas que fueron moda pasado el siglo XVIII, además de mencionar tipos literarios posteriores como del Polichinela de la comedia del arte que chirría para aquel tiempo.

Nuestro protagonista es un personaje marcado físicamente: jorobado y cojo. Los defectos físicos causan un continuo complejo psicológico que es desencadenante, no pocas veces, de los terribles sucesos, dentro de una época en que la belleza, la proporción, la apariencia y la armonía lo eran todo. Él es el monstruo, la bestia, el jorobado, despreciado por el padre, burlado y acosado por sus hermanos constantemente, y sugestionado de tal forma por la vergüenza, que siempre da por hecho que a su alrededor se ríen de su joroba y lo menosprecian: «inventor de monstruos simbólicos, en el parque de Bomarzo, no me percaté de que yo mismo me había convertido en un monstruo, al tratar de realizar la síntesis astuta de las contradicciones». En consecuencia, por ocultar sus deformidades y sobrevivirlas no duda en exhibir su monstruosidad moral y acaba por ganar la posición y ostentar el título que le estaban negados de nacimiento, por ello que reconozca en un momento dado: «Yo habré sido un jorobado, pero he sido sin duda un príncipe»; aunque a un precio ético muy alto, el de ser un hombre del Renacimiento:

se es o no se es un hombre del Renacimiento, y yo lo era cabalmente», lo que supone vivir en la intriga, la conspiración y moverse en los tejemanejes de una sociedad que ha perdido la brújula de la moral. Por esto que el castillo de los Orsini se va poblando, poco a poco, de fantasmas, de sombras que van quedando atrás en su vida: el del padre, los de sus hermanos, amadas, sirvientes, pajes, su esposa… una galería de almas con deuda pendiente con Vicino Orsini y el bosque de monstruos que los refleja.

El protagonista habla y se comporta, una y otra vez, como si fuesen dos personajes distintos el jorobado y el duque de Bomarzo, una especie de Jekyll y Hyde, una bestia que es príncipe, el jorobado romano de Víctor Hugo —a quien no duda en mencionar también— arrastrando rencores para venganzas posteriores, y autojustificaciones para una persistente soledad e incapacidad para con todos los demás. Pulula por cada página de la vida de Pier Francesco Orsini la figura maléfica del demonio: entre las artes heréticas en que se sumerge, de magias y conjuros de manos de Silvio de Narni; el carácter mefistofélico de su personaje, destinado por nacimiento a no morir nunca tal y como si hubiese hecho algún pacto demoníaco, según describía el horóscopo del astrólogo paterno, Sandro Benedetto y subrayaba su propio padre con aquel «los monstruos no mueren»; el culto al esqueleto de un emparedado por su padre; el demonio que se le aparece frente a un espejo y sobre un azulejo junto a su cama matrimonial; los pergaminos con una receta para un elixir de la inmortalidad, cuya interpretación ofusca al duque jorobado hasta convertirse en un destino fatal.

La estrecha relación que hay entre sus deformidades, sus complejos y los acontecimientos inmorales que lleva a cabo queda reflejada en el Sacro Bosque de los monstruos, razón por la que leemos:

Esto sería mío, solo mío. Sería mi justificación, mi explicación, la proeza excepcional, el rasgo de inspirado genio que ubicaría perpetuamente a Vicino Orsini en ese largo cortejo de los suyos que tanto le costaba seguir, arrastrando su pierna y su joroba, y que lo humillaba con su fastuosa violencia. Un libro de rocas. El bien y el mal en un libro de rocas. Lo mísero y lo opulento, en un libro de rocas. Lo que me había estremecido de dolor, de ansiedad, la poesía y la aberración, el amor y el crimen, lo grotesco y lo exquisito. Yo. En un libro de rocas. Para siempre. Y en Bomarzo, en mi Bomarzo» a lo que añade «cada roca encerraba un enigma en su estructura, y cada uno de esos enigmas era también un secreto de mi pasado y de mi carácter.

En efecto, en continuos cambios de la primera persona a la tercera, Mújica Láinez se identifica con Pier Francesco Orsini, cuyo Sacro Bosque es la autobiografía en roca que narra Mújica Láinez en su novela: nuevamente estamos ante una fusión, esta vez ya no de los creadores, sino de sus creaciones. La identificación entre creador-criatura-creación es absoluta.

Pero además, Bomarzo es una novela histórica, que también juega entre dos tiempos distintos para el protagonista-narrador-autor, donde los tabúes sociales se desenmascaran y el retrato renacentista está lejos de ser la pintura idealizada: las escenas de travestismo, la sensualidad en los besos en los labios como saludo, la prostitución en todas las clases sociales, desde el amor platónico hasta el sexo desenfrenado por la belleza, que al modo clásico incluye la homosexualidad sin tapujos, y la depravación, que nos lleva a la violación descarnada o al sexo por obligación, a la promiscuidad, al adulterio, a los hijos bastardos por doquier, al engaño o al asesinato, el apego a la sangre y la guerra, la falta de escrúpulo… una actitud hedonista, extravagante y amoral que impregna todas las capas sociales y rangos, incluidos religiosos, en el ímpetu por ascender y lograr un reconocimiento tanto de su época como de la eternidad mientras satisfacen sus egoístas impulsos hedónicos.

La novela tiene un poso de enorme sensibilidad artística, el verdadero espíritu de Pier Francesco Orsini dentro del manierismo —«todo se resolvía para mí en soluciones decorativas»—, coleccionista, amante del arte, de la literatura, de la escultura. Es el único ámbito que le queda dentro del Renacimiento, una vez que le están vedados el religioso, el amoroso o el bélico. A través de sus páginas asistimos a un retablo del arte y las letras: Benvenuto Cellini, Miguel Ángel Buonarrotti, Rafael Sanzio, Lorenzo Lotto, Ariosto y los Orlandos, Dante, Cervantes, Garcilaso de la Vega, Jean Goujon, Giacomo del Duca… transitan junto a papas, guerreros, nobles y prostitutas las calles italianas de Roma, Florencia, Venecia, Bolonia entre las que se va desarrollando la historia de Pier Francesco Orsini.

A pesar de cuanto ocurre, de lo que se dice o se hace, el lector habrá de reconocer una empatía con el duque, un fondo de entendimiento de sus frustraciones y su vida, sus angustias y sus soledades. No es una historia de malos y buenos, sino de monstruosidades y engendros que se va desvelando poco a poco como el Sacro Bosque. Los actos del duque son prácticamente excusados por lo grotesco mismo de la época, al mismo tiempo que sus frustraciones iniciales dan paso al fin de sus días a remordimientos que saturan su conciencia. La gran mascarada carnavalesca exterior agarrota el interior del personaje, lo atenaza, casi lo obliga a actuar como lo hace y a arrepentirse casi de inmediato. Pero ya lo hemos dicho, es un hombre del Renacimiento. Al Renacimiento se debe.

Bomarzo, de Luis Miguel Madrid / Copyright: Eva Contreras

En la última entrega de poemas a Bomarzo, Luis Miguel Madrid escribía «el descubrimiento de Bomarzo y la existencia del duque de Orsini rehicieron el curso de mi existencia, puesta patas arriba desde entonces con acontecimientos cercanos a la fantasía o a la locura ante los ojos de cualquier galeno. Por ello espero la comprensión de los lectores si no me ratifico en detalle alguno ni esté dispuesto a dar ninguna otra explicación sobre lo que ni yo mismo sé si quisiera saber. Posiblemente el tiempo aclare lo que debe y quien tenga mayor prisa, que busque entre los latines del bosque de los monstruos o escudriñe en algún escrito bien documentado del estilo de aquella novela con título Bomarzo, firmada por Don Manuel Mújica Láinez, quien mejor y más objetivamente ha podido explicar esta historia inexplicable». No creo que haya mejor forma de acabar esta reseña sino con las palabras del poeta invitándonos a leer la novela, como ya me la recomendara en privado, y versificando una marcha de esta vida que vale ahora tanto para el duque Orsini como para el alcalde de Las Vistillas:

Que nadie crea que muero y que ya está,
mi silencio habla con los astros, mi mirada
huye de bagatelas terrenales
.

 

 

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