LA MÁSCARA DE CARNE, MAXENCE VAN DER MEERSCH

Un par de entradas antes mencioné el título del libro del cual hablaré en esta nueva. Libro comprado en librería de viejo, por un 1€, de Maxence van der Meersch: La máscara de carne. No es un libro tan conocido hoy como Cuerpos y almas, y de hecho, fue un libro que el propio Meersch no se atrevió a publicar en vida.

El argumento es sencillo: se narra la vida desde pequeño de un hombre homosexual, Emmanuel Ghelens (en las ediciones españolas lo reducen a Manuel, y pierden con ello un elemento importante), y su tortura interna por lo que la sociedad de su época considera un desvío, una enfermedad, una perversión. Creciendo en ese ambiente, él mismo vive convencido de que su condición es una monstruosidad, por la violencia que recibe, el desprecio, la marginalidad, el rechazo de su familia…, un mundo en que la homosexualidad queda reducida a la promiscuidad perversa y el amor le esta vedado por haberse corrompido la carne. A lo largo de la novela, Meersch desarrolla el estilo naturalista y aséptico que le caracteriza, con el que permite que su protagonista se fustigue sin conmiseración página a página, en una dura confesión en que luchan y conviven dentro de él un ser humano que solo quiere amar y un monstruo que se debe ocultar de la vista de los demás. La homosexualidad en esa época y en esa sociedad (retrata los Países Bajos, década de los 30 del siglo XX) se ve como una depravación de la carne condenada, donde no cabe el amor. El protagonista reclama desde su fuero interno la posibilidad de ser amado y de amar, pero es algo que no puede exteriorizar ni cumplir: nadie en esa sociedad va a amarlo abiertamente ni él va a poder amar libremente. Está prohibido y es algo castigado en público. Así, Emmanuel Ghelens describe en su desolación la sordidez clandestina en que la homosexualidad se vive y a la que queda reducida: encuentros breves, efímeros, nada duraderos, entre desconocidos bajo la nocturnidad y la sombras de un parque o por entre urinarios, siempre a escondidas, como delincuentes o, peor, como depredadores, animales, movidos por sus más bajos instintos. Cualquier otra forma de vivirlo sería algo todavía más peligroso.

Hay un hecho llamativo en esta novela. A pesar del naturalismo que despliega en su literatura, zolanesco podríamos decir, recalando en detalladas descripciones de la vida de obreros, prostitutas y desheredados sociales, sin salvación al alcance, Meersch es un autor católico, ferviente. Es una combinación extraña esta que mezcla un foco católico pero desde un estilo naturalista, a sabiendas de que son como el aceite y el agua. Y es católico en buena parte como rebeldía del clima librepensador y nihilista de su familia. Suele ocurrir que los hijos tiren al extremo opuesto de las actitudes y principios de los padres. Esto implica que arraigue con mayor convicción la fe abrazada. Meersch escapa del ateísmo paterno a través del catolicismo, es un clavo ardiendo, y soltarlo no es una opción. Por ello que no pocas veces sus libros incluyan un nada disimulado proselitismo religioso que llega a matar la historia, porque una cosa es que se aporte un contexto religioso a una historia, y otra que la historia sea una excusa para vender la buena nueva. Como he oído decir: una cosa es hacer de la parábola sermón, y muy otra hacer del sermón parábola. Y la narrativa exige lo segundo. En una novela yo voy a la historia, por lo que verla convertida en excusa para una reconvención, tras un giro absurdo de los acontecimientos, me arruina la lectura. En esta novela, sin embargo, sucede que, si bien aparece un pastor católico todo bondadoso que no juzga a nadie, que solo vive para la caridad con todos los necesitados, que acogerá al protagonista y tratará de ayudarlo en su mortificación, si bien en las reflexiones finales del personaje protagonista existe algún tufillo sermoneador, lo cierto es que ni en las reflexiones hay un sermón como tal, sino una conclusión reveladora sobre la historia, ni hay en el personaje del pastor condena de la homosexualidad, como tampoco resulta efectiva su acción para detener el pecado o la perversión ni el martirio interior del protagonista. Logra, sí, que Emmanuel se sienta bien ayudando al prójimo, amando de otra manera, pero no es la salvación para quien sigue considerándose un desviado de la normalidad social. Incluso fracasa estrepitosamente y recae en su enfermedad (la presencia de la enfermedad como lo que causa un daño, y el léxico que refiera al campo médico es habitual en Meersch). Este sacerdote y su acción es solo un paliativo moral e inefectivo, quizás porque, precisamente, la homosexualidad no es algo que se pueda combatir y revertir, sino una condición que aceptar.

De todo se puede curar, decía el padre Tiennot. No era cierto. Al menos en lo que a mí se refería. Mi mal es incurable. (…) no creo poder curarme, ni siquiera con Dios.

De hecho, en la novela existen y se mencionan las terapias de curación por hipnotismo, que son propuestas entre dudas sobre su éxito, y que son terapias que el protagonista rechaza prefiriendo aceptarse a sí mismo y la que considera su desgracia.

Acaso, y acaba siendo la conclusión y la razón del título de la novela, el consuelo que queda está en la esperanza de que todas las hipocresías sociales queden reveladas en la muerte, cuando se caigan las caretas, las máscaras de carne:

La muerte nos arrancará a todos los hombres la máscara, con sus rictus, sus arrugas y sus muecas. La muerte despegará la máscara. Y surgirá nuestro verdadero rostro. Y ese genio reputado se revelará como un egoísta, un sibarita, un hombre cruel o un cobarde. Y esa virtud se revelará conseguida sin tentaciones, sin luchas y sin mérito. Y ese invertido, esa ruina, ese desequilibrado, será en realidad un santo. Y los últimos serán los primeros.

Meersch ha tejido una parábola que sí tiene un tono salvífico, es cierto, pero no tanto como un sermón doctrinal de la posición religiosa respecto de la homosexualidad. Todo lo contrario. Es una conclusión sorprendente. La esperanza está en Dios, pero, y he aquí el quid, no porque con Dios encuentre el camino recto y deje de ser homosexual, sino precisamente porque «Dios no aborrece jamás al hombre, no siente jamás repugnancia por él». Esta conclusión en boca del protagonista es sumamente importante, y quizás fuese esto lo más escandaloso del libro: afirmar sin margen de duda ni tapujos que Dios no siente repugnancia de los homosexuales como, sin embargo, si la sienten los hombres, algo que ha demostrado a lo largo del libro en su durísima flagelación. Emmanuel Ghelens (observemos que el nombre no es una casualidad) es una especie de Cristo por un viacrucis moderno debido a su condición homosexual. La novela realmente está clamando contra las hipocresías morales de la sociedad que cruelmente apartan y maltratan al diferente. Se convierte, en efecto, en parábola y no en sermón, además de que la parábola construida fuese contraria a la doctrina religiosa: un hombre sufre en sus carnes el pecado de los hombres y lo acepta a la vez que su confesión es una forma de purgarlos, señalar el mal que causan, desvelar la hipocresía y el cinismo social. La conclusión es, a fin de cuentas, la aceptación y normalización social de la homosexualidad. El medio: mostrar el sufrimiento causado, poner en primer plano a una víctima torturada y confundida, desnortada, precisamente por la falsa normalidad y el fariseísmo social.

La novela, decía al comienzo, no se publicó al momento de ser escrita, en 1943. Ni siquiera se publicó en vida del autor, sino en 1958, y eso que no era un cualquiera en los años de posguerra, sobre todo, tras recibir el Premio Goncourt en 1936. Fue el propio Meersch quien no se atrevió a publicarla, no ya cuando la terminó, sino que jamás vio la luz mientras él vivió. ¿Por qué? ¿Qué le echó para atrás? Según se cuenta, antes de publicarla, Meersch se la ofreció a un amigo y sacerdote, Pierre Tiberghien, para recabar su opinión (lo que hoy llamamos lector beta o lector cero). Tiberghien tampoco era un cualquiera, sino doctor en teología, profesor de ética en la facultades de Derecho, Medicina y Farmacia, en la Universidad Católica en Lille y pionero de la Acción Católica (esto último es algo que aparece habitualmente en las novelas de Meersch). Y a Tiberghien, tras leer la obra, no le pareció buena idea publicarla. Consideraron que supondría un escándalo dentro del catolicismo una novela de este calibre, con este antihéroe que llega a compararse a sí mismo con el desdoble de Jekyll y Hyde de Stevenson o con el Tartufo, a la vez que un Cristo redentor, y cuya desgracia está en la discriminación social y moral de la homosexualidad. Es decir, el temor de Meersch estaba en la censura del círculo católico, en primera instancia, y en el rechazo de la sociedad que estaba siendo reflejada de manera tan mezquina e hipócrita, tan brutal.

Esto hace que me resulte grotesco leer juicios y reseñas sobre esta novela que la llegan a calificar de cumbre de la narrativa homofóbica (así lo afirma Edward Prime-Stevenson en Imre: una memoria íntima, Dos Bigotes 2016) o que confunden al autor con el narrador en primera persona, y censuran las expresiones que hacia sí mismo se dirige el protagonista, durísimas sí, como si fuesen opiniones del autor, aunque en realidad son reflejo de lo que el personaje ha mamado de la sociedad que lo rechaza. ¿Tan mal se puede llegar a leer esta novela como para no verlo? Lo vuelvo a repetir: el escándalo que temía Meersch si la publicaba era de parte de la homófoba sociedad y del catolicismo, y resulta que la novela termina siendo leída en sentido contrario, calificada de homófoba, por autores defensores de los derechos y las libertades de los homosexuales.

Me da la sensación de que han leído la historia saltándose escenas y capítulos enteros. Por ejemplo, de ser lo anterior cierto, no cuadraría que haya un pasaje que constituye un soliloquio de Emmanuel, un desahogo contra su madre, ser viril y masculino, en el que, incluso, el protagonista compara su vicio e inmoralidad, absolutamente aberrantes para la sociedad, con los vicios e inmoralidades heterosexuales, los cuales no solo no son condenados, sino que incluso son aplaudidos por la misma sociedad y su propia familia:

Vuestra pena, la tuya y la de papá, no obedece al hecho de verme en el pecado, sino a que mi pecado sea precisamente el que es. Si yo no fuese un invertido, si no fuese más que un libertino, un mujeriego, uno de esos hombres que siembran la desesperación a su alrededor y de vez en cuando dejan un hijo natural como recuerdo a una muchacha, no digo que os alegrarais, pero no conoceríais ese dolor que os corroe. Porque yo sería feliz (…) He buscado a mi alrededor. No sé de ningún hogar, de ninguna familia en que el libertinaje de un hijo soltero, sus traiciones, sus abandonos, sus crueldades para con pobres muchachas indefensas, todas las villanías imaginables, en tanto que sean “normales”, que no tengan nada de ridículas ni de fisiológicamente depravadas, y que no alteren el equilibrio familiar, hayan provocado una desesperación y un trastorno comparable al que ha provocado en mi hogar mi perversión sexual.

El entrecomillado de la cita es original de la novela, y el contraste que presenta entre esa normalidad tan aberrante como aceptada y la anormalidad reprobada del protagonista, es constante en la novela. Un lector inteligente entiende la maniobra irónica que pone el acento en las conductas aprobadas hacia las que traslada el cuestionamiento que se hace recaer sobre las conductas reprobadas.

Tampoco veo lo que Angel Sahuquillo afirmaba en 1991: «El procedimiento empleado en La máscara de carne es hacer como si se les diera la palabra a algunos homosexuales, que serían representativos de la mayoría, o de todos. Los personajes piensan yhablan continuamente en primera persona, presentando su homosexualidad como un mal objetivo» [Federico García Lorca y la cultura de la homosexualidad masculina: Lorca, Dalí, Cernuda, Gil-Albert, Prados y la voz silenciada del amor homosexual. Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, Diputación de Alicante, 1991]. Y no lo veo por la sencilla razón de que el protagonista no habla en ningún momento como voz de toda la homosexualidad. Más bien contrasta varias veces su mortificación continua con el modo de vivirlo de otros, de modo que uno no saca la conclusión de que todos los hombres homosexuales sean como Emmanuel Ghelens, ni que sea un estereotipo. Tenemos pasajes en la novela en la que se le interpela por parte de amigos suyos, homosexuales también, que le hablan desde el polo opuesto, desde la liberación, y le conminan a que se deje de tonterías y disfrute, y tenga esperanza en que se abran paso las primeras iniciativas de reconocimiento legal de su condición y del matrimonio homosexual:

¡Imbécil! —me dicen mis amigos— ¡Imbécil! ¡Goza del placer y revienta de una vez!

¡Haz como los demás, como todos!

¡Eres lo que eres! ¡No hay nada que hacer ya! ¡Estas marcado hasta el fin! ¡Es demasiado tarde! ¡No hay quien la arranque, amigo!

¡Haz como todos los demás! Estás vencido.

Además, ¿qué mal haces? Ninguno, los tipos como nosotros, al fin y al cabo, no hemos cometido otro crimen que el de proporcionar a los hombres una nueva voluptuosidad. ¡Agregar una nota al teclado del placer! ¡Bienhechores! ¡Eso es lo que somos en el fondo! ¡Deberían darnos las gracias!

¿No sabes que alguien ha propuesto legalizar lo que los idiotas llaman “nuestro vicio”? ¿Por qué no? (…) Uno de los nuestros… Solicita el reconocimiento legal del saturnismo  —así lo llama él— y la autorización para la celebración de matrimonios entre contaminados. ¿Por qué no? Es lógico.

Por cierto, ese uno de los nuestros es nombrado como un tal Ulrich, lo que me dejó con la intriga de si es una referencia al teórico y activista decimonónico Karl Heinrich Ulrichs, quien utilizó el término urninge que se usaba para la homosexualidad a mediados del XIX, y que el grupo de uranistas anglosajones transformaron en uranian. Algo de esto puede que haya, pues varias veces el protagonista narra episodios próximos a una actitud uranista de atracción, encuentro y seducción con jóvenes, episodios que lo afligen aún más, los que verdaderamente le hacen sentirse un monstruo, y para los que no existe en ningún momento de la novela defensa ni purga.

Al margen de la posible presencia del uranismo, y retornando a la condición homosexual, una vez más habrá que decirlo: si Emmanuel Ghelens se machaca a sí mismo sin contemplaciones tachando su caída en el vicio, pecado, enfermedad, desviación… sucede porque es el reflejo del entorno social en el que vive, es lo que le han hecho creer toda su vida. Es decir, no lo presenta como un mal objetivo, sino como un prejuicio social por el que él sufre, como una violencia social que él ha padecido en su propia carne a partir de policías, chivatos, estafadores, agresores, incluso desde su propia familia, desde pequeño. Porque, esta es otra, en la novela queda claro que el homosexual no se hace, nace. La infancia de Emmanuel ya presagiaba la inclinación. Acaso sea en estas páginas donde Meersch tire más de estereotipo, al describir la infancia del protagonista como la de un niño con un «horror enfermizo por los golpes y la sangre», al que «las clases de gimnasia, en el colegio, los juegos violentos, el fútbol, [le] repugnaban extrañamente» o que  fuese «un pequeño ser frágil, femenino, más bien tímido y retraído»; e incluso son estereotipo las páginas en que la homosexualidad del protagonista resbala, como decía antes, hacia el uranismo, quizás por contagio de la no tan vieja por entonces literatura victoriana; aunque nada estereotípico haya en que denuncie, por ejemplo, contra todo pronóstico, que en la escuela el desarrollo sexual fuese un tabú y no tuviera cabida una educación sexual de los chicos: «un capellán inteligente a veces aborda el problema y puede hacer mucho bien. Pero la mayoría carecen de audacia y de franqueza (…) Son reticentes. Emplean alusiones veladas, que solo al cabo de mucho tiempo el adolescente las comprende bruscamente, demasiado tarde».

Si algo puede percibirse es un interés documentado por parte de Meersch sobre los movimientos más recientes a favor y en contra de la homosexualidad, el activismo, las terapias, así como un conocimiento bastante realista del entorno y contexto en que los homosexuales malvivían su condición encerrados por los prejuicios de los tiempos. Volcar todo ese trabajo en escribir una novela homófoba desde parámetros católicos no parece algo verosímil, máxime si reparamos en pasajes como los citados.

Me resultó más acertada la apreciación (en general, toda la reseña) de Augusto F. Prieto en El correo, cuando subrayaba que La máscara de carne era: «Un testimonio desgarrador, en lo que podría ser perfectamente un Caballo de Troya literario, una novela engañosa, por tanto, que bajo la defensa aparente de unos valores y conductas, quizás no hace más que reflexionar sobre la legitimidad moral de sus contrarios» (“Alta literatura para pinkwashers”. El Correo de Andalucía, 25/10/2018). Por ahí van los tiros, sí señor. Y es ese factor de novela engañosa el que probablemente haya desencadenado los juicios contrarios que antes indiqué: leyeron la novela en su literalidad, la tradujeron por su envoltorio católico; el mismo hecho de que pasara los filtros del franquismo en España les resulta una prueba de su lectura. Alberto Mira Nouselles, por ejemplo, al estudiar la homosexualidad en el franquismo en De Sodoma a Chueca (Egales, 2004), dedica una sección a la publicación de La máscara de carne y le parece «una novela que se dirige a un lector heterosexual con el que establece fuertes complicidades», pues «durante este periodo, era prácticamente imposible interpelar al homosexual, que siempre tenía que leer entre líneas o aguantar la batería de injurias, quizá llegando a interiorizarla». Estoy de acuerdo en que es un libro dirigido a un público heterosexual, pues antes que la vivencia homosexual, el libro refleja las actitudes fóbicas de los heterosexuales contra Emmanuel Ghelens y el despeñadero por el que lo arrojan. Las complicidades de que habla Alberto Mira no son refuerzos positivos de los prejuicios homófobos, sino que, en mi modesta opinión, buscan agitar el árbol de los prejuicios heterosexuales en una época, los años 30 del pasado siglo, en que hubiese sido un escándalo hacerlo más abiertamente. En cambio, es cierto que el franquismo contribuyó a la lectura literal de la obra. Podemos ver cómo desde la primera edición del libro en castellano estaba escrito en la portada «autor de Cuerpos y almas, fustiga en esta obra un vicio inconfesable», condicionando completamente la lectura y la interpretación.

No es una novela de liberación homosexual, de rebeldía, desde luego, ni una caricatura o censura de la homosexualidad, sino que «retrata, como se ha hecho pocas veces en la literatura, una alma que se siente pecadora y nefasta, el Anima Dannata llena de temores, de frustraciones, de angustia y culpabilidad de un hombre que ha conocido las relaciones homosexuales y sabe que su destino está dibujado en esa práctica proscrita. En ese sentido es una novela aterradora, asfixiante», concluye Augusto F. Prieto. Ocurre que este aspecto aterrador, asfixiante, esa angustia y sentimiento de culpabilidad emerge del hecho de que se trate de una práctica proscrita. Puedo equivocarme, pero si algo se juzga en esta novela es esto último, la persecución de la homosexualidad, su marginación y reprobación social, la aceptada crueldad con la que se trata, como desencadenante de toda la culpabilidad que siente esa alma condenada al no tener espacio de libertad y normalización, al verse recluida en la clandestinidad, sin derechos ni garantías, completamente vendida a la catadura de la jauría humana. Trata Meersch de llevarnos de los efectos a las causas: de la víctima al victimario, de modo que cuanto más empaticemos con el dolor de la víctima, más culpable encontraremos al victimario. A lo mejor es esto lo que confunde: el protagonista se ceba tanto contra su condición, que puede haber lectores que ignoren el nexo causal con el victimario que provoca su angustia, una zozobra que, admito, se hace demasiado desgarrada y puede llegar a cansar al lector, pero que es necesaria en su hiperbólica insistencia para, a su vez, dirigirnos hacia lo que la causa.

Invito a que se lea la novela desde estas coordenadas, que casan mejor con el autor, su actitud vital, el conjunto de la narración y el estilo naturalista que impregna la obra. El Zola católico llamaron a Maxence van der Meersch, y libros como este La máscara de carne justifican el apodo.

Héctor Martínez

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