PRÓXIMA ESTACIÓN: ALMUDENA GRANDES

Que la Estación de Atocha se llamará Almudena Grandes, me dicen, y me preguntan ¿algún problema? Pues no. El mismo que si la nombran Martín Gaite o Francisco Umbral o Pérez Reverte. Ninguno. Ya ve usted. Es el nombre de los tales y, si se les homenajea, pues ese es el nombre que se pone, supongo. Lo diré de otro modo: el problema no es que se bautice con el nombre de Almudena Grandes a la estación, ni tampoco va a ningún lado dirimir si lo merece o si no, que habrá sesudas razones para cada cosa… no, no es eso, por mi parte Atocha puede llamarse Almudena Grandes. Son las bambalinas del bautizo.

Como ya ocurriera un par de años atrás con Gloria Fuertes, que parecía que debíamos nombrar toda calle y parque con su nombre, y había legiones de seguidores de su figura que la reivindicaban (de los que apenas un año después no quedaba ni uno), con Grandes está sucediendo algo similar. Tras su fallecimiento, ha surgido toda una idolatría en la izquierda (y por la termodinámica, una reacción contraria en la derecha) que se ha empeñado en manosearla para convertirla en símbolo, en referente, y en meterla hasta en la sopa, para darle al contrario en el bebe, mientras este se queja de que hay una mosca en la sopa.

Sucede que a esta idolatría se le ven las costuras ortodoxas, esa necesidad de crear beatos y santos a los que adorar por la doctrina que, desde atrás, los ensalza. Poco importa lo literario. Desde luego, menos que el envoltorio, porque, en realidad, les da igual Almudena Grandes como les daba igual Gloria Fuertes o Clara Campoamor (que ya nombra la estación de Chamartín). Son la excusa para la escenificación idolátrica que oculta muy otro interés, como en cualquier idolatría. Esta España nuestra persiste en las mismas dinámicas y solo les falta repartir estampitas con la efigie del susodicho (o susodicha en este caso) y una oración o cita célebre impresa del otro lado. Ahora que vamos de laicos, sin entender qué significa la palabra, —todo hay que decirlo— imitamos y nos servimos de, sin embargo, las maneras rituales, devocionarias, simbólicas, doctrinarias y ceremoniosas hasta comulgar con ruedas de molino, canonizar a la persona y convertirla en personaje de la fe viva, desvirtuando quien fuese. No sabemos hacer otra cosa, me parece. Un Cristo, vamos. Pero como en la religión: un Cristo del que sacar un rédito congregacional, un ídolo tras el que parapetar un interés más mundano llevando la parábola a la hipérbole.

Discutir que Almudena Grandes sea buena narradora es absurdo. Aun así, hay quien lo hace, y me parece bien y es sano que lo haya. No seré yo quien lo discuta, aunque no me guste todo lo que haya escrito. Pero encumbrarla como genio literario ya es otro cantar. Es bien distinto hacer excelentemente lo que otros también hacen y hacer la genialidad que nadie más ha hecho hasta el momento. No obstante, lo que aquí apunto es que no se debe a su grandeza como escritora que se la encumbre. Con Gloria Fuertes fue igual: gran poeta, aunque nada nuevo; pero, en realidad, les daba igual su importancia literaria, como les dio igual los años anteriores y como les ha dado igual en los siguientes; nada más que ídolos pasajeros y circunstanciales, que pillan a mano en un momento dado por su centenario (Gloria) o por haber fallecido (Almudena). Su arte literario no es, aunque pudiera y debiera, el criterio que se sigue. Nos lo ha dejado claro la ortodoxia de la nueva fe: es por ser mujer… además de ser de izquierdas. Si escribiese igual de bien, pero no fuese mujer, o se la identificase con las derechas, o fuese liberal, o simplemente no se significase, el gallo se habría quedado ronco. Pregunten por una tal Ana María Matute o por una tal Martín Gaite o por Josefina Aldecoa. Si así fuese con Almudena, pondrían a otra, no a Almudena, como, de hecho, ha ocurrido con aquellas.

La escritora Almudena Grandes

He aquí el problema. Todo lo polarizamos. Insisto, yo encantado de que se nombre la estación como Almudena Grandes. El porqué de la elección y no el quién es lo preocupante. Para los políticos, para esta cochambre de políticos, nombrar cosas con las que identificar sus siglas es conquistar territorios. Así lo entienden. Ganan calles, plazas, parques y barrios (o estaciones) con poner este o aquel nombre, o, incluso, quitar aquel y poner uno más afín. Y no lo hacen por el homenajeado, ni por representar un arte o ciencia de forma ejemplar, o por ser un valor nacional y de todos; no, no es por eso y lo sabemos: lo hacen para ponerse a sí mismos. Quitar nombres, cuando el nominado es un criminal de guerra es algo que aceptarán los hombres de bien. Pero ya hemos visto que las ansias por significarse ideológicamente quitando nombres de criminales y retirando monumentos sumados a la supina ignorancia han llevado a la eliminación apresurada, con tal de buscar protagonismo, de nombres por causas totalmente equivocadas (lo habitual: ver un general antepuesto al nombre de pila, suponerlo franquista, y acabar retirándole el nombre a algún héroe decimonónico del 98 o anterior; la coincidencia de un apellido que no guardaba relación; confundir carrera militar y hazañas de la vida personal…). Lo que brilla en la foto, porque cuando esto se hace ha de haber cámaras, no es la memoria del homenajeado o la justicia de la eliminación, sino el rostro y las siglas de quienes anuncian el homenaje o la retirada a bombo y platillo. El nombre es la excusa, un medio que les viene bien, muy a mano, en un momento dado. Que Almudena Grandes sea mujer y significada de izquierdas, en este caso, gana hoy por goleada como icono en ese lado de la baraja donde los naipes que cuentan son el feminismo y la progresía. Así nos lo han dicho desde Moncloa: poner nombre de mujer a las estaciones, eso es lo que toca. Y no cualquier nombre de mujer, no el de otras muchas que llevan muertas algo más que Almudena, sino una a cuya sombra podamos poner las siglas del partido, ahora que el cuerpo está todavía caliente. Que como los del otro bando la han ninguneado, pues así reparamos y mantenemos la llama viva, la polémica y tal y tal. Todo sirve a la causa. Así va la cosa. Ahora le ha tocado a Almudena Grandes.

Pero quiero también que el lector vea que esto no es exclusivo de unos más que de otros. Hace bien poco, el alcalde Almeida anunciaba que iba a nombrar la rotonda frente a la embajada de Ucrania en Madrid con el nombre del actual presidente de allá, por aquello de la invasión y guerra en el país, en un intento de quedar bien. El anuncio no fue muy afortunado, la verdad, en vísperas de 8 de marzo, cuando la rotonda estaba nombrada con una poeta ucraniana, Lesya Ukrainka. Dio marcha atrás, también por su propio bien político. En Murcia, es el PP el que tira del comodín mujer para nombrar calles con murcianas ilustres y anotarse un tanto. De nuevo, está muy bien compensar una carencia y dar un reconocimiento a mujeres, pero las bambalinas de cómo y quién lo hace y, sobre todo, por qué, con la primera plana fotográfica de la prensa local, son las que son. La foto no es para esas mujeres, es para los políticos que lo proponen y su partido. Por la derecha también se retiraba el nombre del escritor y filólogo Enric Valor a una avenida en Mutxamel (Comunidad valenciana) para llamarla Avenida España. Si buscan quién era Enric Valor, entenderán aún más la mala baba. Por añadir más, no pocos líos están provocando las disensiones entre unos y otros con el nomenclátor callejero en Cádiz, donde cada uno quiere su pedazo de tarta. O esa otra de poner en cada lugar que gobierna el PP una calle dedicada a Miguel Ángel Blanco, quitándosela como se la quitaron, a Gloria Fuertes en Oviedo.

Hay una batalla muy sucia por nombrar a gusto de la ideología, y es un signo más de la vergüenza de los tiempos. Nombren la estación como Almudena Grandes, sí, chapó, pero no lo hagan por su propio interés. Ni Almudena ni los demás que mencioné merecen ver su memoria arrastrada por el fango interesado de sus miserias. Bauticen a la estación con Almudena Grandes, es un magnífico nombre y un hermoso homenaje, pero no se hagan la foto. La trascendencia del nombre no pasa del gesto, pues tampoco será mucho el cambio en el día a día: al fin y al cabo, es muy seguro que en Madrid sigamos diciendo Atocha, sin más, como decimos Barajas y no Adolfo Suárez, o Chamartín y no Clara Campoamor. No debemos confundir los nombres y las personas, y menos aún las personas y las siglas. Almudena Grandes o Clara Campoamor están ya más allá de estas mundanidades políticas.

Héctor Martínez

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s