«LOS ENANOS» DE CONCHA ALÓS

El editor Jose Manuel Lara (centro) y el escritor Sebastián Juan Arbó (derecha) con Concha Alós / Fuente: EFE, CARLOS PÉREZ DE ROZAS.

En la última caza en la Ábaco me cobré varias piezas; de una ya hablé con anterioridad, y hoy me ocuparé de otra de las presas que cayó en mis manos. Se trata de una novela perdida en los ecos del tiempo, titulada Los enanos y compuesta por una escritora que, en su día, estuvo en boca de todos, y cuyo nombre, en algún momento, dejó de pronunciarse: Concha Alós.

La autora valenciana nació en 1926, en una cuna obrera y republicana, y fue barcelonesa de adopción la mayor parte de su vida. Estamos hablando de la única autora en ganar dos veces el premio Planeta, cuando aún tenía más de premio que de espectáculo, pero que ya aquí empezó a ganarse la tradicional fama polémica que hoy lo envuelve. Sí, en aquella España de los sesentas se daban premios de enjundia, aunque también de buen pecunio, a mujeres novelistas y socialistas. Esto hará enarcar alguna ceja. Por ello lo cuento. No obstante, uno de los dos premios, precisamente el que recibió por Los enanos, fue retirado por una jugada muy pero que muy fea de Plaza & Janés y la maniobra siempre oportunista de Planeta. Vaya aquí una de esas historietas literarias que me gusta contar.

Resulta que Alós presentó la novela como Los enanos al premio de Plaza & Janés Selecciones de Lengua Española en 1962, y lo ganó. Pero al director de las Selecciones de esta editorial, por lo visto, no le gustaba el tufo socialista de la obra, o quizás lo que no le gustaba era meterse en problemas de censura con el régimen y prefería estar a buenas con los poderes fácticos del momento. Así que decidió que la obra no se publicaría. Alós, acto seguido, decidió presentar la novela al premio Planeta con el título El sol y las bestias —título que, la verdad, me gusta incluso más—… y lo ganó. Fue elegida entre 178 obras por un jurado compuesto por Ignacio Agustí, Joaquín de Entrambasaguas, Ricardo Fernández de la Reguera, José María Gironella, Sebastián Juan Arbó, Carmen Laforet, José Manuel Lara y Manuel Lombardero. Ahí es nada. Y Planeta no tenía ningún escrúpulo en publicar la novela, como si lo tuvo Plaza & Janés, que ahora, tras la validación de Planeta, miraba la novela de Alós de otra manera. Entonces llegó la ceremonia de entrega del Planeta que el director de Selecciones de Plaza & Janés vino a ensombrecer con gritos a pleno pulmón: «¡Llevaré al juzgado a Concha Alós! Su libro lo tengo yo contratado» —los gritos se justifican, cuentan, en que este hombre padecía un grave problema de audición—; lo que hacía valer Plaza & Janés era que esta casa tenía un contrato de opción con Alós por el que durante un año conservaban los derechos de publicación… derechos de publicación que ya le habían dicho a la propia autora que no iban a ejercer, al fin y al cabo. Si esto último no hubiese sucedido, si oralmente no le hubiesen dicho a Alós que no la publicarían, la falta sería de la escritora. Pero ampararse en un derecho al que de viva voz has renunciado por cobardía, es poner a Alós unos grilletes y secuestrar su novela que tú mismo has premiado, y pretender ser, encima, el ofendido de todo el asunto. El artífice del despropósito, al que de pronto se le pasaron los remilgos antisocialistas, o quizás es que vio una suculenta publicidad con el escándalo y el nombre de Planeta, se llamaba Tomás Salvador. Resultado: se le retiró el premio Planeta a Concha Alós y Plaza & Janés publicó la novela Los enanos.

No deja de ser curioso que las aprehensiones iniciales de Tomás Salvador fueran más allá incluso de la propia censura: la novela pasó el trámite sin tacha para el régimen —quizá el aval del Planeta fuera un sello de calidad—. Es la ironía llevada al máximo grado, pues el editor había censurado preventivamente como subversiva una obra que la censura misma del régimen autorizó tal y como fue escrita sin mayor problema. Divisionario azul que era, Tomás Salvador, y un buen ejemplo de lo que logra un régimen dictatorial: que los subalternos sean más férreos que el régimen mismo, ya sea por evitar problemas, congraciarse o para demostrar ciega fidelidad.

No obstante, quien haya seguido la estela de la familia Lara y del premio Planeta, sabrá que ahí no iba a quedar la cosa. Encantados con el escándalo, se entregó el premio sin mayor problema al finalista Ángel Vázquez Molina, y dejó que la venganza se sirviera en plato frío: por ello que en 1964 se le otorgó, nuevamente, el premio Planeta a Alós, ahora por la novela Las hogueras. Se comentó que Alós también envió esta otra novela a varios premios, bien como costumbre de cualquier concursante, como reconoció ella misma, bien porque ya estaba de vuelta de todo, y la cosa no era como para fiarse. Al final, con el escándalo de 1962, realmente todos ganaron.

Edición Selecciones Lengua Española de Plaza & Janés, 1962

La novela en sí misma es un modelo de aquel realismo testimonial que se esfuerza en reflejar una realidad sórdida, tremendista se puede adjetivar, en tanto que cumple con todos los rasgos para ello: trama cruda, personajes marginados y con defectos sociales para el tiempo de todo tipo, y un lenguaje duro. Claro que se trataría de un tremendismo tardío, heredero de la novela existencial que en los cuarenta había surgido y que en los cincuenta sumó la vertiente social, comprometida, que ofrecía en su escaparate un elenco social auténtico con todas sus vergüenzas y sufrimientos. No es, desde luego, una novela original respecto de lo que ya había en las estanterías de librerías y en los registros de las editoriales algo más de década antes. De hecho, iba con el pie cambiado respecto de lo novedoso: cuando ya en 1962 se publicaba Tiempo de silencio, quedaban cuatro años para Cinco horas con Mario, y el impacto de la novela hispanoamericana de los García Márquez, Vargas Llosa, Fuentes, Cortázar o Cabrera Infante y la recuperación aquí de Lezama lima, Rulfo, Borges o Ernesto Sábato, estaba cosechando sus frutos en tierra española.

Pero la falta de originalidad no quita un ápice de virtud a la novela, ya que tiene algunos aspectos diferenciadores, detalles que llaman la atención, ya sea el acento que sobre la inmigración o las diferencias raciales pone Alós con el sefardí Alfredo, excusa perfecta para introducir de fondo el juicio a Eichmann y el holocausto judío; el marroquí Mohatá, muerto de hambre al que se trajo a España y lo hicieron boxeador solo para recibir golpes y perder todos los combates, el cual se llevará de fábula con un cuarteto de estudiantes negros musulmanes que aparecen hacia el final; o la mujer de origen chino que se suma al conglomerado de huéspedes de la pensión al mismo tiempo que los musulmanes. También hay amores y relaciones muy poco convencionales, desde incestos y relaciones homosexuales, pasando por adulterios y embarazos que acaban en abortos, o en la miserable vida de prostituta contada desde el punto de vista de la puta misma, logrando que empatices con ella más de lo que en aquellos años se estaba dispuesto a aceptar. No obstante, explica la Academia de la Historia al respecto que «coincidió con la llegada de Fraga Iribarne al Ministerio de Información y Turismo en 1962 y la promulgación de la nueva Ley de Prensa, que propició un cierto grado de tolerancia en materia de censura. Por este motivo pudo tratar, sin las severas restricciones que padecieron sus compañeros de generación, temas hasta entonces tabú, como la Guerra Civil desde la perspectiva de los vencidos, desde la propia experiencia, la prostitución, el hambre, el sexo, la homosexualidad, el aborto, la injusticia». Esto explicaría las reticencias de Tomás Salvador, la confianza de José Manuel Lara, y que el atrevimiento que hoy se juzga sobredimensionando a Alós, en realidad no era una osadía diferente de la de anteriores escritores, salvo que ella contó, afortunadamente, con una relajación de la censura.

El protagonista colectivo típico es en Los enanos un coro de muchas voces que confluyen en un mismo espacio-tiempo: la pensión barcelonesa en un quinto piso de la avarienta doña Eloísa en los inicios de los sesenta. Allí se cruzan los emigrados del campo a la ciudad, las prostitutas, los inmigrantes, judíos dedicados a venta ambulante, exbailarinas de Tánger, burgueses venidos a menos, el matrimonio dueño de la pensión que exprimen cuanto pueden a sus huéspedes y vecinos de otros inmuebles… tratando cada uno de solventar su día a día lo mejor posible, y escapar de esa misma pensión que, a modo de prisión —y no me extrañaría que la paronimia pensión-prisión fuese a propósito—, les devuelve un reflejo de sí mismos deplorable. Es notable el esfuerzo puesto por la autora en la descripción del ambiente de la pensión como un lugar sucio e infecto, poblando por ratas que campan a sus anchas, de platos sucios, muebles viejos, olor a orín, de neveras estropeadas que encharcan el suelo en verano, donde uno puede encontrar fácilmente la muerte en un mal paso, como el señor Peña, que se precipita escaleras abajo y al que «se le abrió la cabeza y de ella salió  una pasta blanca, lo mismo que cuando se chafa una cucaracha con el pie»… si es que no han ido allí todos a morir, y es un sitio del que todos quieren escapar. Así desde le principio hasta el final de la novela.

Logra con esto crear una atmósfera desagradable y asfixiante pues la misma pensión de la que todos quieren salir, síntoma que sería de su mejora social, es en ese mismo momento su mejor y único refugio de podredumbre. Y no parece que vayan a escapar de la pensión si no es muertos o renunciando a toda dignidad. Los que de allí salen, salen muertos o, como Sabina, prostituta, que busca como sea un matrimonio entre sus clientes, y acaba con un anciano viudo que le repugna pues «había algo en él que la incitaba a vengarse no sabía de qué. Un oscuro deseo de venganza la dominaba. Tenía ganas de pegarle, de escupirle. Era rabia, odio. Lo sintió el mismo día de conocerlo». Ahora bien, es símbolo de su consciencia en que prostitución tiene un límite de edad, y por ello que su máximo deseo es «que cuando acabara su juventud todos tuvieran que humillar la cabeza delante de ella para llamarla doña Sabina». Su salida acaba siendo este don Benito, que tanto la espanta.

Concha Alós con sus gatos.

Y por debajo de ese coro de personajes degradados, cuyas vicisitudes nos llegan a través de una narración objetiva en tercera persona, se escucha una voz solista, en primera persona cuya historia Alós ha decidido separar del resto y darle su propio espacio. La historia de amor imposible y tragedia de la inquilina María Robles Martorell, joven mallorquina que tuvo que marcharse de la isla para acabar en la pensión de la ciudad condal, narrada a modo de diario en un cuaderno que compra a tal efecto, y donde también va escribiendo sus impresiones sobre la vida en la pensión y sobre cada uno del resto de inquilinos. Es un contrapunto excelente desde el que lo episódico y fragmentario, el batiburrillo cotidiano de las escenas dentro de la pensión obtiene la argamasa que le la unidad, y cuyo fin da también la medida exacta de lo que es la novela: su vida queda valorada exactamente en 1703,3 ptas. cifra que debe a la pensión y que se le reclama en misiva a la última dirección conocida que figura entre sus pertenencias, a la vez que es diversión de toda la comunidad de la pensión cómo matar a una de las ratas destripándola y ahogándola al sumergir la jaula en que la encierran en un cubo de agua mediado. Acaso ese final conecte con aquellas líneas que María había escrito en su diario: «Es lo que me une con estas gentes que viven en la pensión: ninguno vivimos el presente. Todos vivimos un pasado. Somos ratas que no pueden escapar de la negra cloaca para mirar la luz».

Quizás por ser mujer, y por la situación de la mujer antes pero más durante el franquismo, la autora tiene tendencia a dar mayor profundidad y espacio a los personajes femeninos: los diálogos del personaje colectivo están protagonizados sobre todo por las mujeres (Cleo, Eloísa, Sabina) a la que se suma la voz homodiegética de María, por lo que su situación también cobra relieve. Así, entre otros temas, nos encontramos con la maternidad con Cleo y su pasado como bailarina en Tánger, la prostitución y el matrimonio de Sabina, el adulterio y el aborto con María, doña Eloísa como propietaria y mano de hierro de la pensión.

Sin olvidar que se ambienta en la misma Barcelona, tiene pasajes sobre María que recuerdan a aquel personaje de Andrea que modeló Carmen Laforet para su Nada, y si no, compárese. Dice la María de Alós para aducir su falta de voluntad:

 Y quisiera gritaros a todos que yo no soy culpable de nada, que estoy aquí no sé por qué, que he venido como un papel quemado al que el viento más flojo puede arrastrar y llevarse.

Y decía la Andrea de Laforet:

Pensé que obraba como una necia aquella noche actuando sin voluntad, como una hoja de papel en el viento.

El tono es lírico en buena parte de la novela, los diálogos y las escenas son de agran agilidad, y el léxico es crudo, crudísimo, —por entonces se criticaba que una mujer usase esas expresiones, sin percibir que daba igual de qué sexo saliesen, impactaban por igual en el lector— y no da tregua. Ya hemos visto la descripción de la muerte del señor Peña, y junto a ella está siempre en la mente de los lectores la perturbadora metáfora del aborto «sigo sin encontrar gracia a los niños. Todos son iguales para mí. El mío, que se convirtió en un río de sangre, hubiera sido el único capaz de despertarme». Pero hay otros pasajes:

Y de pronto las personas se quedan quietas, inmóviles para siempre, lívidas. Se han muerto.

Y aquello que no tiene vida, no es como una piedra o un mineral, que también está quiero, pero limpio y sin órganos. No es como algo que permanece y no está, dejándose llevar solo por las leyes universales, misteriosas y maravillosas. No, aquello es una vasija llena por dentro de cosas que se descomponen. Es algo que hay que llevarse para que no hieda.

La muerte. ¿Te das cuenta? En eso acaba este avanzar lento, con un cilicio caliente en la cintura.

*

A veces, cuando vuelvo de noche a esta ratonera donde vivo; cuando vuelvo cansada del trabajo, con la ropa arrugada y un sudor pegajoso bajo las axilas, me miro en el espejo. Y me veo fea. Entonces me arrancaría la cara a puñados. Con las uñas me la arrancaría. Iría por ahí con la calavera, con el hueso y los jirones  de carne colgando. Que el horror los ganara a todos. Que me cogieran a la fuerza y me enterraran. Para siempre.

*

En el mundo, tambaleante y rudo, de mi adolescencia (con guerra y bombas y venganzas y fuego) había algo más tremendo para mí que los pies ensangrentados de los soldados que huían, que la bomba  que había caído sobre una escuela, que los escombros con ayes dentro y un brazo amoratado asomando por las piedras y el polvo. Era algo inexplicable y profundo que nacía dentro de mí. Era la belleza. Las mañanas de sol, la carrera del agua, la gallardía de un árbol. Todo era hermoso: la vida, la gente, el olor de las cosas.

La novela es excelente, desde luego. Te revuelve el cerebro tanto como la moral, que es lo que pretende con el cuadro que dibuja, te apena tanto como te inunda de rabia, y sabe sacar también alguna sonrisa en un relato tan sombrío para quitártela de raíz a la página siguiente. Sigue la estela de la novela testimonial, y el panorama realista que pinta de aquel rincón de la sociedad, su atmósfera y lobreguez, no dista del que otros habían delineado. No obstante, y como suele ocurrir en los tiempos que corren con la arqueología emprendida en busca de la feminidad perdida en las letras, se gesticula verbalmente más de la cuenta y se acaba por sobrevalorar aspectos y ningunear otros, enmarcando a novela y autora en un contexto más inventado que real, lo que políticamente puede servir a la causa, pero literariamente desvirtúa el auténtico valor de la obra.

Héctor Martínez

CONTENIDO EXTRA

SERIE La caída, adaptación de Concha Alós de la novela Los enanos en RTVE

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