«ULISES» DE FONDANE: ENTRE ÍTACAS Y SIRENAS

En Ulises (1933) Fondane reinterpreta, como hicieran otros grandes de la literatura, la figura de la obra homérica. Ahora bien, el Ulises (Odiseo) de Homero se enfrentaba a un viaje circular: partida y vuelta a Ítaca, con la Guerra de Troya entremedias. Ítaca es el destino ideal y deseado, la meta de la épica homérica. La Odisea tiene sentido, porque el mítico viaje tiene una dirección. Sin embargo, en Fondane nos encontramos ante el viaje emigrante sin destino, y por tanto, sin sentido.

¡Qué importa si la vida tenía o no un sentido!

… Emigrante, emigrante ¿adónde vas?

Espera, pero espérame que voy,

treinta años, qué son después de todo treinta años de retraso

(…)

Emigrantes, diamantes de la tierra, sal salvaje,

yo soy de vuestra raza,

llevo como vosotros mi vida en mi maleta,

como igual que vosotros el pan de mi angustia,

ya no pregunto cuál es el sentido del mundo,

pongo mi puño duro sobre la mesa del mundo,

soy de los que no tienen nada y que lo quieren todo

nunca podré resignarme.

La vida entendida como viaje, como diáspora, como éxodo —no olvidemos que Fondane era judío— se convierte en este Ulises en un drama existencial ante la falta de la metáfora de Ítaca. En primer lugar, ante la falta de destino ideal en el que atracar, la primera pregunta cuestiona la naturaleza misma del viaje, ya al comienzo:

Dejé las aceras de la ciudad por otras aceras de ciudades,

millones de hombres por otros millones de hombres,

los mismos interminablemente,

¡nunca tenía bastante!

¿Por qué me desplacé?

Ya más adelante:

¿Para qué sirve viajar?

(…)

¿Para qué sirve irse

ya vencido, antes de haber abierto la boca,

a países de los que uno sólo regresa viejo

saciado de sirenas que no ha escuchado

de victorias frustradas

y el corazón pesado por haber resistido a su sed?

En estos versos cabe recordar el episodio de Ulises atado al palo mayor, para poder escuchar el canto de las sirenas sin perder el juicio y sin arrojarse a las aguas donde perecer ahogado. ¿Viajar y no escuchar a las sirenas? Entonces, ¿para qué viajar? Siempre se dice que el fruto del viaje no está en la llegada sino en su transcurso, en las sirenas que uno encontrará. Aquí recuerdo yo a Unamuno, para quien la clave de todo viajar es, precisamente, la necesidad de volver, como Ulises, a Ítaca, y no tanto el canto de sirena a medio camino. Sin embargo, en Fondane, sin destino, en un viaje que huye y no vuelve la vista atrás, la irracionalidad de las sirenas se vuelve fundamental.

Portada original, Les cahiers du journal des poètes, Paris 1933, 14×19,5cm, broché.
Cubierta original, Les cahiers du journal des poètes, Paris 1933, 14×19,5cm, broché.

A partir de este momento, el Ulises de Fondane se desarrolla en tres planos comunicados: la soledad del yo, el yo en el mundo y la relación del yo con el otro.

La soledad del yo se extiende por los versos sobre los que se vierte el alma de Fondane. No son pocos los versos que subrayan la soledad en medio del mundo declarado ya sin sentido:

¡Solo! estaba solo en el mundo conmigo mismo,

hoja muerta semejante a una hoja muerta.

En otro lado nos dice:

He aquí la verdad, estoy solo,

solo en mi propia noche donde mi sombra se acuesta

O, por ejemplo, entroncando con el mundo:

El mundo está ahí, me agarro a él,

me aferro con las dos manos,

no abandono esta presa,

sobre ella dejo la impronta de mi fuerza,

¡la cubro con mis huellas!

Lo modificaba: ¡soy!

no había perdido confianza,

la soledad aún no había llegado,

ni el asco ni la náusea estaban ahí…

Sin embargo, cuando ya no hay mundo al que aferrarse, Fondane inicia su viaje interior:

El mundo ha acabado, el viaje

comienza.

¿Hay un sol

en alguna parte?

Tenemos miedo de la vida,

tenemos miedo de la muerte,

de todas esas viejas canciones

de nodriza.

Y, levado el ancla, velas desplegadas, comenzada la travesía oceánica, llega la soledad, junto al asco y la náusea, pues, al zarpar:

Largo las amarras que me atan a la tierra,

el arco iris que me une a los demás hombres.

Dicho de otro modo, cuando comienza el viaje, el poeta se desliga del mundo y de los hombres: queda solo. Junto a la diáspora, el viaje es símbolo de trascendencia inmanente, de íntima soledad. El poeta se sumergirá dentro de sí para elevarse.

Cuando hablamos de mundo, ha de saberse que “Mundo” está tomado en sentido metafísico, y, como tal, es criticado. Lo sabemos por unos tímidos versos, dedicados a Lev Shestov:

El mundo está ahí quizá, ¿pero estoy yo en él?

Los versos de Fondane van impregnándose de un profundo existencialismo que ya no solo cuestiona el sentido del mundo, sino la existencia del Mundo, como categoría, y el estar en el mundo del poeta mismo. El shakesperiano ser o no ser aplicado a la filosofía ser o no ser en el mundo —con el permiso de Heidegger—. La negación de la historia, en fin, pues el poeta se ve como:

un roto lamento que atravesaba la historia,

que caía, caía, caía fuera de la historia

… Fuera de la historia… ¡sí…!

Por otro lado, hemos dicho, nos desligamos de los hombres. Así leemos una condena del antropomorfismo racional que corona al hombre como rey del mundo:

El Hombre es tal vez rey de este mundo, pero yo

pero tú, todas estas sombras gastadas por la cólera,

la piedad y el deseo de no estar en ninguna parte,

¿qué buscamos? ¿Os he inventado yo? Mi mirada

está cansada. ¿Qué hacen los hombres? ¿Están ausentes

de sí mismos?

Para, más adelante, decirnos:

¿qué tenía aún que decirle a los hombres,

o qué podía esperar de ellos?

¿Acaso hablamos la misma lengua,

ardemos con la misma sed?

Y esto es solo el comienzo de una eterna peregrinación por el vacío y la nada, por el océano desértico, si se me permite la expresión, pues es el océano aquí símbolo del peregrinar por el desierto del pueblo judío. Fondane lo deja todo y queda con nada, acrecentado la soledad:

No poder tener nada en las manos es el fin…

… ¿Bajo los párpados cerrados había ojos?

Mis manos se habían cerrado sobre su propia palma.

Mis manos estaban vacías por supuesto,

había amado, había odiado el vacío

inútil sollozar,

al final de mí mismo YO MISMO,

siempre yo mismo, saciado de baba, harto de lava

yo mismo en el Tiempo

lleno de necesidades lleno de apetitos

más grande mi sed que el mundo

más grande mi hambre que el mundo,

no hay canción ni escanciador,

nadie de quien esperar una ayuda,

ningún Dios sollozante o feroz,

a quien orar, a quien golpear en el rostro,

ninguna voz consoladora, refrescante,

ningún rostro…

Nadie y nada, vacío. Ni voces, ni rostros, ni dioses:

Los dioses, ¡ah!, están muertos.

Buscamos

a los hombres. A los hombres

que no tengan miedo de acabar

con lo que queda de los dioses.

Acabar con todo y quedar solo ese yo mismo conmigo mismo. En la soledad, el poeta que ha iniciado el camino, se vuelve camino:

Odio el vacío y helo ahí sonando en mi poema

(…) completamente solo yo soy el camino humano

Y es aquí donde comienza ese grito de Fondane, el «grito de la carne, alma, viejo instrumento del sueño», el grito que se debate entre la aspiración al todo y la desembocadura en la nada, el grito basta, por un lado, al comienzo:

Basta, basta os digo,

la masa de mi cuerpo me pesa más que Dios,

ya no puedo luchar contra vientos y mareas,

ya no puedo caminar; los caminos están cortados.

¡basta!

Y por otro, repetido el mismo grito en una desesperación, por cierto, muy unamuniana:

una canción en mí, un sollozo,

un sollozo más en el mundo,

un sollozo que ahoga el mundo,

que asciende, que asciende y grita:

¡BASTA – BASTA y no BASTA!

No basta de todo esto,

¡y sin embargo basta, basta, basta!

No basta de la muerte,

¡y sin embargo basta de la vida!

Basta de todo, y no basta de nada…

– Yo os ofrezco mi muerte, ¿qué os parece?

de mi vida ¿qué haréis?

¿qué es mi vida?

una canción un sollozo,

un mínimo sollozo en los oídos del mundo,

un sollozo en un bosque de sollozos…

Un sollozo – ¡NO BASTA!

Y digo desesperación, angustia, porque nos encontramos ante el hastío y tedio de ser quien se es, de haberse visto y descubierto frente a un espejo: haberse visto solo en el vacío. De pronto, la desesperación lleva al poeta a querer retornar con los hombres. Un primer paso es descubrir que:

¿Para qué sirven sollozos y lamentos?

El camino sigue y no acaba nunca.

El poeta ahora sí tiene algo que decir a los hombres para realizar el autosacrificio:

Me resulta grato ligar mi corazón al vuestro, estoy solo,

¿tenía algo que deciros?

Tengo una gran necesidad de reír, de llorar,

quién ofrendará placer a un vendedor de desechos,

(…)

¡Ayudadme a olvidarme!

Más tarde os pagaré con encantos, con sollozos,

he venido hacia vosotros, la corteza tierna

¡ayudadme a endurecerla!

ayudadme, ayudadme a ser otro.

En un segundo paso, hay un dolorido arrepentimiento por haber iniciado este viaje, por haberse sumergido en la soledad, por haber confiado en el mar: el poeta descubre, no que el camino sea eterno, sino que no hay camino:

Te odio, te acaricio y te vomito angustia,

la tierra permanece pero el agua pasa, baila cual vals,

empujado a la cresta del oleaje

grito: ¿qué ola me lleva?

No conozco el camino, no hay camino

¿por qué confié en el mar?

Ha descubierto el secreto, el mismo que descubriera Machado: «caminante no hay camino/ sino estelas en la mar». Con ello retornamos al comienzo: no hay sentido, no hay mundo, no hay camino… ¿para qué viajar? ¿por qué desplazarse?

Así, finaliza Fondane su Ulises de una manera poco alentadora:

Nunca pensé, camaradas,

que un día relataríamos este viaje de Ulises

con las alforjas vacías. Hubo un tiempo

donde no pensábamos que nuestra sed de hombres

y nuestra sed de eternidad

fueran solo un puñado

de excremento, apenas tibio

de pájaros.

Quedará, sin embargo, en el aire, alguna pregunta, como por ejemplo: el Ulises de Fondane, ¿volvió a Ítaca con los hombres, aunque Ítaca ya no sea la metáfora del sentido del viaje y aunque el viaje no tenga sentido? ¿Qué melodías trajo consigo de las sirenas?

Héctor Martínez

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