10/05/2020

DE ACRÓNIMOS Y GÉNEROS: A PROPÓSITO DE LA/EL COVID

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GRAF3688. MADRID, 08/03/2020.- Manifestación por el Día de la Mujer, este domingo en Madrid. EFE/ Rodrigo Jiménez

Leo un libro de Carlos Rodríguez Braun, en cuyas páginas iniciales subrayaba uno de los problemas que habitualmente, como economista, debe enfrentar: «sucede que la economía es algo cotidiano e importante para nuestra vida más inmediata. Todos solemos hablar más de la cuenta sobre lo que ignoramos (…) La mayoría de las personas titubearíamos antes de exponer la teoría de la relatividad, pero muy pocas se contienen a la hora de opinar sobre los impuestos, las empresas o las finanzas», palabras que remataba del siguiente modo: «la cotidianeidad de los asuntos económicos no solo no garantiza su mejor comprensión sino que además sirve para explicar el que se carguen erróneamente las tintas sobre las divisiones entre economistas».

Lo cierto es que me siento identificado en materia lingüística. Y es probable que los médicos se sientan identificados en su ámbito. Sí, sucede que del hecho cotidiano derivamos una sabiduría que no es tal, y antes de aceptar la opinión informada que nos refuta, tendemos a reafirmarnos en el error, pues valoramos más el orgullo intelectual herido en la humillación pública que el conocimiento mismo. Lo llamativo del caso es comprobar cuántas veces esto mismo se hace declarando un sospechoso amor a la verdad. Ignoro las patochadas en economía o en medicina, más allá de mi experiencia directa, pero me conozco muy bien las que en torno a la lengua y a la RAE circulan.

Los hablantes del español creen que por el mero hecho de hablar la lengua ya la conocen de sobra y son plenamente conscientes de los fenómenos y procesos que operan cada vez que abren la boca. A partir de esta presunción, pontifican de las formas más descabelladas contra la lengua, los lingüistas y la RAE, acusando de tropelías y conspiraciones cuando no se les da la razón, que suele ser casi siempre, porque casi siempre caen en el error de creer que la lengua es algo que se legisla: como si el diccionario o la gramática fuesen una especie de código penal con el que debemos cumplir y la RAE los jueces. Ya es toda una declaración de intenciones reducir una lengua a su ortografía y gramática, y, en especial, reducirla exclusivamente al monotema archiexplicado del género gramatical. Sin duda, sí, si algún territorio está siendo fértil en este tipo de circos, es el demarcado bajo el feminismo y los usos y disfrutes del lenguaje inclusivo a cuenta del género gramatical.

Ya hablé del circo y la historia de la palabra monomarental, ya expliqué el tema del género gramatical y las distintas formas de marcarlo en nuestro idioma, no solo con la flexión –o/-a (que parece que es lo único que se les quedó de la escuela a algunos). Hace poco me sorprendía también en mitad de una discusión por la existencia de la voz modisto, como una barrabasada más de la RAE, y yo, ingenuo creyente en que el razonamiento puede hacer más bien que mal, me puse a aclarar que la palabra está reconocida, al menos, desde el siglo XIX, para nombrar, no a un sastre común y corriente, sino al sastre de señoras. Y que aunque se quitó después, se reintrodujo en los 80s, porque se seguía usando la palabrita de marras entre los hablantes.

Sucede que hay muchos hoy que creen que es una novedad actual que modisto esté incluida y se ponen a limpiar y dar esplendor a la lengua, porque creen que lo harán mejor que RAE, lingüistas y filólogos, sin antes informarse. Así sostienen que es una estupidez el término, que la palabra modista ya incluye ambos géneros. Vale, es cierto, y podemos discutir si es un uso habitual o no, pero no que no haya existido la voz para referir un determinado oficio, no que no haya existido en el uso de los hablantes y haya sido registrada con anterioridad en documentos escritos, incluidos los literarios. Tampoco podemos discutir que, siendo un masculino anómalo, sea correcto en su formación flexiva: quiero decir, para formarlo se recurre a las propias herramientas de la lengua. Es anómalo, sí, porque ya hay masculino en modista, pero no es incorrecto en su creación. Ahora viene la perla: los que se soliviantan con modisto y afirman que la –a final de modista no es género gramatical, no lo hacen con los ejemplos que hacen de contrapartida en femenino en otros casos, más numerosos, es decir, con voces de género común que, sin embargo, han formado un femenino anómalo aceptado también por la RAE: médica, presidenta, jueza, jefa, concejala… incluso peor, porque es un femenino anómalo para formar voces que marquen innecesariamente la flexión de un género gramatical derivado, a su vez, de un uso tan incorrecto como despectivo. El femenino de tales nombres solía referir a la cónyuge del varón que ejercía la profesión o el cargo reservado a su sexo.

Otro más se quejaba de que la RAE la estaba liando parda al aceptar cosas como cederrón para el acrónimo de compact disc Read-Only Memory (CD-ROM). Le parecía algo vergonzoso. Sin embargo, le hice notar que es moneda de cambio en la lengua adaptar el préstamo lingüístico tanto fonética como ortográficamente y le puse ejemplos que, de seguro, esta persona no rechazaba porque ya formaban parte de su uso habitual de la lengua. Puede que ni siquiera hubiese reparado en ello. Acudí al fútbol, láser (que es sigla en inglés), escáner, estándar, cruasán, baipás, espónsor, parquin, suvenir, gánster, bulevar, penalti, táper… incluso existen oenegé y deuvedé. Achacar equivocaciones sin conocer los mecanismos de la propia lengua que uno mismo habla y aplica es un ejemplo de inmadurez intelectual. ¡Qué menos que informarse antes de meter la pata, precisamente para no meterla!

Pues a lo que voy: la nueva que al respecto del género gramatical me he encontrado, es que, según parece, la RAE es mala, mala, mala, porque le ha cambiado el género al acrónimo CoVID-19, y allí donde todos decían el CoVID, ha llegado la RAE para decir que es la CoVID. Para empezar, la RAE no cambió ningún género: dio su parecer cuando se le preguntó, y la explicación del uso femenino no gustó a algunos (ignoro por qué) aunque reconoció la metonimia que permite el masculino. Encontré artículos en que, sin pararse a pensar, se dice que es un ejemplo más del machismo de la RAE adjudicar arbitrariamente el género femenino a algo malo, una enfermedad, o peor, una pandemia. Así lo hizo Carmen Serna en El Español, cuyo titular ya marcaba la senda «¿por qué todo lo malo es femenino?».

Inocentemente se le escapa el siguiente argumento traído desde su visión pueril e irreflexiva de la lengua: «al tratarse de una enfermedad tendría que referirse en femenino al Covid-19, aunque no se diga ni la sarampión ni la ébola». El caso es, Carmen, que no se trata de que sarampión o ébola sean enfermedades como la COVID, sino de que el acrónimo COVID-19, contiene la palabra enfermedaddisease— como núcleo nominal en su formación, como vamos a ver. Cosa distinta es que se traduzca por enfermedad o se quiera hacer por padecimiento, mal…, que serían masculinas. Si se escoge la palabra enfermedad como traducción para disease se debe a su frecuencia y extensión a la hora de traducir la voz inglesa. Nada más. Pero es lo que tiene haber decidido la conclusión del argumento antes que las premisas: la ceguera ideológica. La verdad o falsedad de la conclusión se infiere de la verdad o falsedad de las premisas, inevitablemente; hacerlo al revés, crear dependencia en la verdad de las premisas de la que dogmáticamente se asume como conclusión verdadera, es ideología: puedes buscar tranquilamente las premisas que mejor se ajusten y presentar el razonamiento como válido, aunque es falaz. Enseguida es posible encontrar ejemplos que lo refutan.

Como digo, la palabra no deja de ser un acrónimo del inglés (COronaVIrus Disease), cuya adaptación al español atiende al género de las palabras que en nuestro idioma emplearíamos. Así, dado que la palabra central del acrónimo, disease, significa en español de forma más común y extendida enfermedad, es esta palabra, y no coronavirus, la que ejerce como criterio para el género gramatical: COVID es la enfermedad del coronavirus. Sin embargo, es verdad, ocurre que los hablantes hemos reducido toda la expresión a coronavirus o incluso la generalizamos a virus, que son palabras masculinas. Por ello la RAE admite también, por la extensión en el uso de los hablantes, que se trate el acrónimo con género masculino. Ya ven: también redujimos la expresión griega πανδημίά νόσημα a solo la primera palabra, pandemia, en la que incluimos la segunda, enfermedad, sin que en realidad esté presente este étimo. Solemos hacer estas cosas, y la RAE lo sabe y lo tiene en cuenta.

Nada tiene que ver el machismo en que el género que le corresponda a disease al traducirse por enfermedad sea el femenino, pero ya es tópico ir con esta bandera al frente de batalla contra los enemigos declarados.

La RAE ha explicado muy bien lo que habría de ser, y además, lo que es y lo que se admite —por si a mí no se me ha entendido—: «El acrónimo COVID-19 que nombra la enfermedad causada por el SARS-CoV-2 se usa normalmente en masculino (el COVID-19) por influjo del género de coronavirus y de otras enfermedades víricas (el zika, el ébola), que toman por metonimia el nombre del virus que las causa. Aunque el uso en femenino (la COVID-19) está justificado por ser enfermedad (disease en inglés) el núcleo del acrónimo (COronaVIrus Disease), el uso mayoritario en masculino, por las razones expuestas, se considera plenamente válido». La RAE cita incluso el ejemplo del ébola que la señora Carmen Serna, sin pudor, pretende tirarle a la cara a la RAE. No se puede hacer más el ridículo.

Decía antes, que podría haberse traducido disease por mal, como cuando hablamos del mal de altura, mal de ojo, mal de orina, o cuando a la sífilis también se la llama mal francés —sí, yo también me quedé boquiabierto al descubrir que existe la expresión— porque mal es sinónimo de enfermedad, al menos en su quinta acepción. Sí que decimos andar mal de salud o encontrarnos mal o estar malos, cuando estamos enfermos. Pues ya está, si quieren el acrónimo en masculino, ya lo tienen: el mal del coronavirus. Pero no resulta tan natural al oído como enfermedad. Es cuestión de gusto, no de género. ¿Hemos resuelto con ello el dramón, Carmen?

Lo que queda claro es que no, Carmen Serna, la RAE no lo ha hecho porque todo lo malo tenga que ser femenino. De hecho, esa afirmación tuya es falsa y está provocada por el sesgo de confirmación: aparte de que los valores de bueno y malo sean algo convencional que otorgamos a las realidades, multitud de cosas que juzgamos hermosas o de gusto se nombran en género femenino: a mí me gustan la paella, la cerveza, la luna, la montaña, la playa, las vacaciones, la fiesta, la literatura, la poesía, descanso en una cama, me cuidan enfermeras y me protegen las vacunas. Seguro, Carmen, que si te esfuerzas, encuentras más ejemplos de cosas que te molen y que sean femeninas; además, como tú misma indicas, muchas enfermedades se nombran, en cambio, en masculino, como es el caso de la metonimia de virus. Si a tu teoría le podemos encontrar sin esfuerzo mil ejemplos que la refuten, yo creo que es hora de ir tirándola a la basura.

Y una vez más habrá que repetirlo: en todo esto, de lo que se habla ¡es del femenino gramatical! Las realidades nombradas no sexuadas no marcan el género. Las ventanas no son mujeres como los cordones no son varones. No se habla de sexo. Es pura flexión gramatical. La lengua o el idioma, permite hablar de la polla y del coño tanto como del pene y de la vagina, y no cambian los referentes ni mi percepción porque use sus variaciones sinonímicas con distinto género. Pongámonos zafios: es cierto, algo puede ser un coñazo o ser cojonudo, pero no olvidemos que también hay cosas que son polladas —tonterías, estupideces— y cosas que nos causan alegría como en ¡Coño!¿Cómo tú por aquí? O incluso expresiones sinónimas entre sí como entre ¡qué cojones tienes! para el varón y ¡olé tu coño moreno! para la mujer. Si nos agarramos al ejemplo que válida el argumento velaremos los que lo contradicen. Primero estudien, dense cuenta de que hay muchas más realidades no sexuadas con género gramatical que sexuadas —¡qué cosas pasan!—, de que hay muchos giros y usos, y muchas personas usando una misma lengua y cambiándola constantemente, y luego vengan a endiñarle a la RAE si encuentran con qué. No hagan este proceso al revés si no quieren salir trasquilados.

Héctor Martínez

20/08/2015

¡Quiero este libro! “El Clan de la Hormiga” de Héctor Martínez

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¡Quiero este libro! El Clan de la Hormiga

Portada

Portada “El Clan de la Hormiga” (2015)

El Clan de la Hormiga es una novela corta de estilo muy cuidado y de gran contenido instructivo. Su autor, Héctor Martínez Sanz, licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid y diplomado en Literatura por la Sociedad Cervantina de Madrid, ha escrito numerosos ensayos tales como Comentarios a Unamuno y a aquéllos que quisieron ser como dioses (2006), Pentágono (2010), La ciencia como modelo de saber (2012) o Lectura de Tagore (2015).

Además, dentro del género novelesco ha publicado Harass: The God´s Job en Maranatha (2011) y Misión 109 (2013), amén de una serie de narraciones breves recopiladas en Humanografía. Relatos desde el lienzo (2014).

En género poético destaca por su Antología Poética, publicada en 2014 con un interesante relato a modo de secuela sobre Don Quijote de la Mancha, titulado Capítulo LXXV: Que trata de cómo Don Quijote venció a la Muerte, y vivió en Rumanía y de las extrañas aventuras que allí le acontecieron.

Sí, quiero este libro

Y les voy a contar el porqué; en primer lugar se trata de una novela liviana, un tanto mística, original y muy fácil de leer, no por ello dejando de ser técnica, de gran riqueza léxica y con múltiples alegorías a la vida.

De ella pueden ser extraídos e interpretados temas relacionados con la política, con la naturaleza antropocentrista del ser humano, con los problemas familiares y de socialización del individuo y otras tantas interpretaciones que seguro escapen a mi mente.

En un principio, una falsa impresión que va a tener el lector entre sus manos es que el autor nos ha querido escribir un cuento para niños, pues tanto el propio título como el tema de superficie que sirve de apoyo para desarrollar el resto de ramas, podrían resultar un tanto infantiles, pero ¡cuidado! No nos engañemos y nos dejemos llevar por las apariencias, que ya sabemos qué es lo que se dice de ellas.

Héctor Martínez Sanz

Héctor Martínez Sanz, autor

Siguiendo el desarrollo de la novela, nos vamos a ir dando cuenta de que este libro es más profundo de lo que pudiera parecer, creando paralelismos bien visibles entre las tiranías en auge del siglo XX, tanto en relación al nacionalsocialismo como al estalinismo, presentes cada vez más claramente dentro de la lectura a medida que se avanza por sus páginas, y describiendo puntos clave de estrategia interna circunstantes tanto en el partido único de la Unión Soviética como en la Alemania nacionalsocialista, haciéndose eco del sustentáculo de ambos regímenes en el darwinismo, que fue adaptado a la sociedad, la idealización del ser humano como un animal que habría de ser perfecto en cuerpo y mente y la creación de un enemigo externo necesario para garantizar la paz interna del país.

También podríamos sacar a relucir un tema desafortunadamente no tan lejano, relacionado con las dificultades para con la sociedad del individuo más evolucionado, que es rechazado por sus pares por no ser precisamente igual a ellos y destacar sobre los mismos en algo que éstos nunca podrán hacer mejor, sufriendo continuas burlas, duras críticas y agresiones y una constante presión social intimidatoria cuyo fin último no es más que la neutralización del propio sujeto o el vano intento de conversión del ser diferente en otro individuo igual, socialmente hablando (hecho quizás también aplicable desde el punto de vista político).

Todo esto esto va a ser narrado en primera persona por el protagonista, describiendo una línea progresiva a lo largo del libro, cuyo comienzo no abarca mucho más allá del plano familiar, pero que según se avance en la lectura, va a converger en una sorprendente transformación que recomiendo que por nada del mundo se pierdan.

Estoy segura de que esta breve y rica novela corta no les va a dejar indiferentes porque de sus enseñanzas, todos podemos sacar partido.

Por Victoria Alto

Fuente: Artigoo

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