15/07/2018

LA RAE, LA CONSTITUCIÓN Y EL SEXO

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Primera vez que oigo que las mujeres no están presentes en la Constitución. Se lo he escuchado a Carmen Calvo, nada más y nada menos. Que hay que redactarla con un lenguaje inclusivo, dice. Y yo que pensaba que la lengua era de facto inclusiva.

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Resulta, según su señoría la vicepresidente Carmen Calvo, que «el género masculino traslada imágenes masculinas». Es toda una novedad lingüística, la verdad. Jamás se me ocurrió pensar en una piedra con atributos femeninos. O a un árbol con rasgos varoniles. De hecho, ignorante de mí, creía que la palabra piedra era femenina gramaticalmente, sin apelar a su sexo, si lo tuviese. Igual me sucedía con árbol, que era masculina al margen de representarme su sexualidad. Y así con búho, mosca, persona, bebé, personaje, vástago, hormiga… cuyos referentes sí tienen sexualidad, pero cuyo género gramatical no guarda relación con aquel. Por si acaso: no, no son excepciones a regla alguna. Son demasiados para ser excepciones. Propongo los epicenos como ejemplos bien claros de lo que quiero explicar. Lo que es de excepción es oír esto de una vicepresidente y a tenor de encargar a la RAE —hay que echarle un par— un informe no vinculante para una nueva redacción con lenguaje inclusivo de la Constitución —según se avanza es más grave—.

Este tipo de planteamientos se han refutado hasta la saciedad por aquellos profesionales de la lengua (lingüistas, académicos, hispanistas, escritores, correctores…). Pero como el que oye llover. ¿Para qué el ignorante va a prestar oído cuando habla el que sabe?
Ocurre, por enésima vez se explicará, que el género gramatical es inmotivado. Esto significa que el género gramatical en nuestro idioma no tiene que correlacionarse con el sexo de la realidad nombrada. Dicho para tontos: una cosa es el género gramatical y otra es el sexo del ser, y no guardan una relación normativa género-sexo. Que una palabra como personaje sea de género gramatical masculino no implica ipso facto que todos los personajes de mi novela sean varones y no haya una sola mujer.

Por otro lado, en nuestro idioma el género gramatical masculino —que no sexo varón— se considera género no marcado. ¿Qué quiere decir no marcado? Pues que es el género por defecto. También lo son el número singular, la tercera persona, o el tiempo verbal de presente, o la voz activa, sin que nadie haya puesto el grito en el cielo. Por defecto es lo predeterminado y omniabarcante, lo inclusivo.

Solo se motiva el género, o se marca, cuando en el contexto es relevante la distinción de seres por razón de su sexo para la compresión del mensaje. Por ello, en un estudio sobre los personajes de mi novela, hablaremos de personaje masculino y personaje femenino; o para distinguir diré Los niños y las niñas deben estar juntos, por ejemplo, con la intención de emitir un juicio contra la segregación escolar. Pero si hablo en general, sin motivar ni marcar, usaré los personajes y los niños, sin relacionar las palabras con el sexo.

Se debe a que existe el principio de economía lingüística. No es un principio que a alguien se le haya metido entre ceja y ceja, sino que es una observación de la funcionalidad comunicativa de la lengua. Cuando hablamos, de forma natural, para tener éxito comunicativo debemos transmitir nuestro mensaje al receptor de forma clara, sin artificiosidades ni excesos —lo que se conoce como redundancia— que compliquen la recepción y entendimiento del mensaje al ofrecer información innecesaria. Insisto, lo hacemos de suyo al comunicarnos, no porque la RAE lo diga, no porque sea norma, sino para hacernos entender mejor y más fácilmente por el receptor. Imagino que la Constitución y la legislación merecen cumplir este principio para no generar malentendidos, dificultades de comprensión que desvíen la atención sobre derechos y deberes fundamentales.

Seamos, incluso, algo más extensos aquí. No solo es cuestión de economía. Repasemos al Principio Cooperativo de Grice en la comunicación. Este principio postula un pacto natural en la comunicación que consta de cuatro máximas: cantidad (ser tan informativo como el intercambio requiera), cualidad (no aportar lo que se sepa falso o de lo que no se tenga suficiente certeza), relación (contribuir solo con lo relevante), modalidad (ser claro, breve y conciso evitando ambigüedad y oscuridad).

Ahora que ya sabemos que el género gramatical no es el sexo, que el género masculino no está marcado y que rige de forma natural la economía lingüística y la cooperación comunicativa, entenderemos que no hay ningún sexismo en que el masculino plural se emplee con valor universal, y que solo desdoblemos el género, ya flexivamente, con sufijación, ya con el determinante artículo o con heterónimos, cuando en el contexto sea relevante remarcar una diferencia también sexuada —motivaríamos el género en ese caso usando el género marcado, el femenino, por oposición al no marcado, el masculino—.

Quizás, dicho esto último, resulte evidente que se fabrica un problema de sexismo donde nunca lo hubo. ¿Para qué motivar lo que de hecho era inmotivado? ¿Por qué querer referir siempre al sexo desde el género cuando, de hecho, al ser inmotivado no se aludía al sexo? ¿Para qué marcar todo y eliminar lo precisamente no marcado? ¿Por qué inventar exclusiones inexistentes y exigir inclusión cuando ya era inclusivo? Cuando en la Constitución se dice los españoles, el referente son todos aquellos que poseen dicha nacionalidad, no solo los varones. Resultaría curioso que esa hubiese sido la pretensión de un texto que sostiene la no discriminación en su artículo 14 del Título I. Pero en un momento dado, por ignorancia o estupidez, o por oscuro interés, a alguien se le metió en la cabeza que, dado que se expresa en masculino plural, la palabra en cuestión refiere al varón e invisibiliza a la mujer —las «imágenes masculinas» de la señora vicepresidente—. Pero, realmente la mujer nunca estuvo invisibilizada en la lengua. De pronto se le adjudica a la lengua y a la redacción una intencionalidad que jamás tuvo y que esencialmente tampoco podía tener, una exclusión y una discriminación que jamás expresó.

Más absurdo es querer sustituirlo con la población española creyendo que el género gramatical femenino marcado visibiliza a las mujeres junto a los varones con un sustantivo colectivo. Es decir, que el género masculino invisibiliza a la mujer, pero el género femenino visibiliza al varón. Responderán que población actúa semánticamente de colectivo… tanto como el pueblo español o el censo, que son masculinos. No logro entrever siquiera cómo podría formularse la norma al respecto que mezclara —en realidad confundiera— el valor semántico, el género gramatical y el sexo del ser. Pero ya sabemos que eso es lo que menos les importa: quienes así hablan asientan ejemplos concretos ignorando que el sistema debe ser un todo coherente.

Lo inmotivado —que, recordemos, no hace diferencia sexual sino gramatical— de pronto lo han motivado para todo, creando un problema que no se daba. Casi habría que decir que ese supuesto sexismo lingüístico lo están cometiendo los mismos que lo denuncian y claman a diario contra la RAE. Quienes denuncian sexismo en la lengua son los que han puesto el sexismo. Matan sus propios demonios, pero nos lastran a los demás y perjudican un bien de todos: el idioma.

Las causas de todos estos disparates son las siguientes, según aprecio.

La más evidente, la influencia del inglés. En EE.UU y Reino Unido, la palabra gender es lo que nosotros entendemos por sexo, aunque su traducción literal es género. Es el eufemismo que en inglés se usa para no pronunciar sex, como acepción específica, mientras que de forma más amplia refiere el género gramatical, el género literario, el género humano… es decir, como conjunto, grupo, clase o tipo. En español, esto ha llevado a confundir el sentido de género gramatical, la clase de palabra según su flexión, con el sentido especial y biológico de la sexualidad. Y de aquí a identificarlos, creer que género gramatical y sexo son lo mismo, que uno representa al otro, y empezar a fabricar todo ese discurso del lenguaje inclusivo hay menos de medio paso.

La ignorancia de los rudimentos de la lengua es un factor importante. Muchos prejuzgan que por el hecho de hablar la lengua conocen la lengua, y que sus juicios al respecto del idioma son tan válidos como los juicios de los lingüistas y académicos, hasta el punto de enmendarle la plana a la RAE en público. Nadie, sin embargo, diría que sabe tanto o más de física de partículas que un físico, por mucho que la materia y esa persona estén formadas por partículas subatómicas.

Errores habituales derivados del desconocimiento, además de lo ya dicho, son la simplificación de la flexión en -o para el masculino y en -a para el femenino en todo caso. De ahí los gloriosos miembra y portavoza. Ambas son palabras de género común, y su género se expresa mediante el determinante artículo. La -o en miembro no es siquiera flexión de género gramatical. Peor aun es que en el compuesto portavoz tan siquiera exista ese espejismo de flexión. ¿Y las palabras que acaban en -e o en consonante? ¿Y los femeninos formados con -iz, -esa, -ina? ¿Qué hacemos con palabras como día que acaban en -a y son de género masculino? Poema, sistema, enigma, planeta, mapa… ¿Cómo justificamos desdoblar lo que no puede desdoblarse? ¿Qué hacemos con las palabras que al cambiarles el género cambia el significado: cólera, cometa, editorial…? Mucho me temo que la -o y la -a finales no indican siempre género o al menos, el género que creemos. Y esto es solo la punta del iceberg.

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Es interesante comprobar que, precisamente, allí donde cabría interpretarse mayor igualdad, esto es, en palabras de género común, que no son más masculinas que femeninas, sin embargo, estas se sobrecorrijan con simplificaciones que marcan y subrayan la diferencia sexual. Portavoz y miembro son tan masculinas como femeninas —el/la miembro y el/la portavoz—. Sexismo debiera ser la actitud que ignora esto último y acentúa el sexo. Pero, sorprendentemente, no es así.

También sería recomendable pararse un momento a pensar si es correcto acusar de sexismo a toda la lengua por el género gramatical. Hagámoslo. Pensemos, ¿cuánto supone la cuestión del género gramatical en el sistema de reglas y signos que usamos para comunicarnos? Afecta al sustantivo, y desde este, por ley de concordancia, al determinante, al adjetivo, al participo verbal y al pronombre. ¿Y el verbo —salvo el participio—, adverbio, preposición, conjunción e interjección, que no lo tienen? ¿Qué pasa con la fonología y la fonética, la sintagmática y la sintaxis? ¿Y con la caligrafía, ortografía, ortología y la grafemática? ¿La morfología flexiva y léxica? ¿Y la fraseología o la pareomología? ¿La lexicología y lexicografía —un apunte haremos después— la semántica, la etimología? Objetivamente, tampoco por aquí se puede acusar de sexismo y extenderlo a toda la lengua y sus disciplinas, incluso aceptando —y no lo acepto— que hubiese sexismo en el género nominal —mínima parte y, además, solo referida a la pragmática—.

Otra causa, que ya he anunciado, es confundir los usos de la lengua —entramos en la pragmática—. Hay un ámbito público y otro más familiar, privado e íntimo. Hay un uso culto, formal y académico, sujeto a la norma; pero también puedo saltarme la norma, tomarme licencias con fines literarios y artísticos, publicitarios, reivindicativos… Decir portavoza públicamente con un fin y contexto reivindicativo, es perfectamente admisible. Discutirle en público a la RAE cuando la Academia recuerda la norma culta, no es prudente ni admisible. Pero ambas cosas ocurrieron a la vez, primero el uso retórico reivindicativo ante la prensa y poco después la discusión de la norma por parte de la portavoz o vocera Irene Montero, de forma pública. Y muchos salieron a aplaudir tan legítimamente lo primero como erróneamente lo segundo.

Tenemos derecho a usar la lengua como nos venga en gana; y por eso mismo nadie puede imponerme un uso de la lengua, más allá de la norma que establece el modelo. El uso de la lengua española es uno de los derechos constitucionales. Eso sí, es un deber aprender esta lengua —claro que la Constitución no obliga a que todos seamos filólogos—. Sin embargo, estamos asistiendo a que cargos en el poder, medios de comunicación y asociaciones subvencionadas estén subvirtiendo el derecho de usar por el deber de aprender un uso distinto del normativo, y quieren redactar la Constitución con lenguaje inclusivo. Por eso se recuerda a Orwell y la neolengua en estos casos, aquellas simplificaciones ignorantes de la lengua. Defenderé el uso en privado y en público de lo informal, retórico, reivindicativo, publicitario… cada cual puede tomarse la licencia que quiera para expresarse mejor. Pero no puedo defender que un cargo político o un gobierno imponga por encima de la norma lingüística y por ley los usos que en su ignorancia del idioma estime caprichosamente oportunos y preceptivos (por ideología, dogma, populismo, electoralismo…). Y menos que esa ignorancia sea la justificación para recomponer la Carta Magna que tiene también sus efectos jurídicos… —por ahí tampoco conviene jugar con fuego—.

Por cierto, que con esto no se hace sino dar la razón a la aceitera cordobesa que entendió en su convenio por los trabajadores solo los de sexo masculino a la hora de aplicar las subidas salariales. Los sindicatos saltaron, las feministas, y lo políticos y las redes sociales —que es como decir casi todo el mundo—. ¿En qué quedamos? ¿Aceptamos ya que la lengua es inclusiva per se o seguimos con que el género masculino representa solo a los varones? Unas veces esto, otras veces lo otro… ¿Está diciendo la vicepresidente Calvo, como apunté al comienzo, que en la redacción de la Constitución no están incluidas las mujeres? ¿Cuál es la norma? Sigo sin poder descifrar cómo se formularía la nueva norma sobre el género-sexo y sus diferentes concordancias. Lo siento, pero así no funciona la lengua.

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Otra causa es el virus ideológico, es decir, la pretensión de amoldar la conciencia del respetable al sistema de creencias manipulando las palabras antes que adecuarse a la realidad y transformarla, la cual queda velada. En otros términos, creer que cambiando la lengua se cambia la realidad, cuando solo se interfiere en el modo de representación lingüística de los individuos. El referente del signo lingüístico no cambia por alterar los planos del significante o del significado. Volvemos a Orwell o a aquello de que «no se parte de lo que los hombres dicen, se representan o se imaginan, ni tampoco del hombre predicado, pensado, representado o imaginado, para llegar, arrancando de aquí, al hombre de carne y hueso; se parte del hombre que realmente actúa», escribía, oh, sí, Marx en La ideología alemana contra las ingenuidades del idealismo —ya saben, no es la conciencia la que determina la materialidad, sino las condiciones materiales las que determinan la forma de conciencia—. Dicho de otra forma, cambiar las palabras en la conciencia del personal no cambia la realidad social, solo la encubre y distorsiona, solo aliena la conciencia para subordinarla al interés de la clase o grupo que pretende dominar o beneficiarse de la falsa conciencia inoculada.

Se achaca —es otra causa— una intencionalidad sexista a la lengua misma, que es casi tanto como achacarle a los cuchillos la intención de matar. Aquí se confunden lengua y hablante, herramienta y asesino. La lengua no es sexista, ni racista ni ejerce discriminaciones de ningún tipo. Son los hablantes los sexistas, los racistas etc. La palabra negro referido a una persona negra no implica racismo. Pero usar esa palabra con intención ofensiva y discriminatoria, sí. El racista en tal caso es el hablante, no la lengua ni la palabra negro. Por tanto, volviendo a algo anterior, eliminar la palabra, estigmatizarla socialmente, crear eufemismos… no erradica el racismo en la realidad, porque el racismo es la acción y conducta que luego refleja el decir. Nuestro racista podría usar otras palabras, figurar o metaforizar, para seguir expresando su racismo sin cortapisas.

El significado de las palabras viene determinado, con mayor o menor precisión en el diccionario, atendiendo a ese mismo uso de los hablantes, tanto en lo denotado —significado objetivo— como en lo connotado —significado contextualizado y subjetivo—. No es el diccionario el que adjudica significados, sino que recoge los significados empleados por la mayoría de hablantes. Quejarse de que figure, en la quinta acepción de la entrada del adjetivo fácil, «dicho especialmente de una mujer» para la expresión mujer fácil es absurdo. La expresión, usada por los hablantes y por los literatos, nunca se ha referido a todas las mujeres, pero sí es verdad que especialmente es expresión referida a la mujer, como también lo es mujer fatal, o lo son mujer de la calle, mujer del partido, mujer pública o mujer mundana ,—distintas expresiones para prostituta, por cierto—. Quejense a la comunidad de hablantes, no al mero registro. Pero, nada. Para muchos que ignoran la función de un diccionario que no es prescribir sino reflejar el habla actual la RAE es misógina, machista y muchas otras cosas nada bonitas, porque la RAE dice que... o según la RAE… o La RAE llama a las mujeres… o Para la RAE… —que son los rótulos que me encuentro—. Ahora bien, lo diremos una vez más, el diccionario no se redacta según debiera usarse una palabra, ni según lo que a la RAE le parezca, sino según se usa por la comunidad de hablantes. No es la RAE la que afirma la definición, la que crea la expresión y su contexto, y luego la imitamos los hablantes. El diccionario de RAE no es una norma sino un registro. No se adelanta al uso, sino que es posterior, sigue el uso de los hablantes.

El diccionario no establece lo correcto o incorrecto. No establece lo despectivo, peyorativo u ofensivo como correcto por reflejarlo, sino simplemente muestra su uso rutinario con determinado sentido por todos los hablantes. Cuando un alemán me llama Hurensohn, por fea que sea la palabra, agradezco que en el diccionario se recoja el sentido, para saber que me insulta y qué dice para insultarme. En un diccionario políticamente correcto, prescriptivo para un buen uso de la lengua, no aparecería el término, lo que no significaría que el alemán no pudiera llamármelo. Eso es lo que hace el diccionario, recopilar ese uso colectivo. Y no se trata de que un individuo particularmente no lo use. Bastaría que ese uno sepa su significado para demostrar con ello que está en uso y que, como hablante, no le es ajena la expresión.

Fueron alumnos de bachillerato en Tenerife quienes apuntaron a la RAE esto de la mujer fácil, animados por sus profes y jaleados por las redes sociales, políticos incluidos —quién no se va a subir a la ola mediática y surfearla cómodamente por un like, un retweet y una pose electoral—. ¡Alumnos! ¡Los primeros a los que se les debe enseñar y los primeros que deben conocer el uso del diccionario! Y al final la RAE tragó y lo cambió, eliminando «dicho especialmente de una mujer» y resumido a «dicho de una persona», aunque no haya uso habitual de la expresión hombre fácil. Vio más sencillo apagar ese fuego, y en lugar de referirlo especialmente a la mujer, referirlo a la persona. Ahora avivaré yo el fuego para la RAE… me pregunto yo, ¿por qué mantenemos que cornudo (-a ,-s) esté registrado como «dicho de una persona, especialmente de un marido»? Sobre todo a sabiendas de que se debe a un tratamiento socialmente despectivo y humillante de la sociedad machista. Parece ser que aquí hay dragones y se prefiere no explorar estos otros usos que radican, sin embargo, en lo mismo. Algo tenebroso podrían descubrir. Quizá que se están equivocando.

Pero no lo van a percibir. Se empeñan y persisten. Y para ello, para persistir, usan un falso fundamento en el que se amparan y que lleva aparejado un ridículo equívoco semántico: la evolución de la lengua. Afirman que esto es evolucionar la lengua, que todo lo demás es, por tanto, retrógrado. Con ello se pone en marcha otra dimensión, la demagogia.

Primero, porque mezclan dos rasgos distintos de los signos lingüísticos y que a muchos resultan paradójicos: su a la vez inmutabilidad y mutabilidad. En tanto que inmutable se entiende que las palabras no cambian en su significante o significado porque un individuo, un grupo, o un gobierno quiera, de la noche a la mañana; no es así, sino que los signos lingüísticos son mutables con el paso del tiempo y debido a cambios no forzados que se extienden en toda la comunidad de hablantes. Es muy arrogante autoafirmarse como el evolucionador de la lengua.

Segundo, es demagógico y perverso usar la palabra evolución con el sentido subrepticio de mejora bajo la capa de su sentido cambio, y con ello acusar a quien se oponga de retrógrado o primitivo. Es más arrogante todavía autoafirmarse como quien mejora la lengua.

Sabido es que los cambios en la lengua necesitan mucho tiempo, tanto para producirse como para poder valorar su aporte. Pese a ello, compruebo que hay personas que quieren cambiar a corto plazo y a golpe de ley el uso de la lengua y su norma, obligar a los hablantes a ello, y valorarlo desde el inicio como una auténtica mejora y un indudable progreso. Todo así, en uno y sin respiro.

Se olvida en estos casos, además, que los hablantes de español no son solo las gentes de España. Pedirle el gobierno de España a la RAE que asuma innecesariamente un lenguaje inclusivo —como si la lengua no lo fuese— para la Constitución española y no tener en cuenta que dichas decisiones afectan no solo a los españoles sino a los hispanohablantes de otros muchos países con el español como lengua nativa, quienes tienen también sus usos, y todos aquellos que lo tengan como segunda lengua, o que lo aprenden como tal… dicho de otro modo, a las otras veintidós Reales Academias de la Lengua Española —sí, hay en total veintitrés Academias reunidas en la ASALE, donde ponen en común criterios para la redación de, por ejemplo, el diccionario, la gramática y demás—. Esto esconde un inconsciente sentido nacionalista, un halo de apropiación del idioma español que no puedo suscribir.

Pero la causa mayor es, ni más ni menos, la histeria causada interesadamente a partir de hechos sociales despreciables, cuando no delictivos. La agitación de la calle, encubierta de feminismo y buenas intenciones, sin embargo, porta en su seno una pura y nuda misandria ideológica por la que se hace ver sexismo unidireccional por todos lados y en todo ámbito, incluido en la lengua, en el género gramatical y el diccionario. Si bien comparto frente contra el maltrato, la humillación, la discriminación, la agresión sexual o, directamente, el asesinato de mujeres —y de varones, niños, ancianos, extranjeros, homosexuales…— por parte de varones —y mujeres y niños y ancianos y extranjeros y homosexuales…—, y si bien me parece importante el factor socialmente reivindicativo, la movilización y la concienciación de los problemas de la sociedad, el estudio y la necesaria y pronta acción de la justicia sujeta a derecho, no voy a colaborar en proyectar la paranoia misándrica por la que el machismo está por todas partes y en todo ámbito. Sobre todo cuando tengo el conocimiento suficiente que me permite reconocer que no lo haya, como ocurre con la lengua. En la lengua, en todo aquello que he mencionado y analizado, no lo hay, cosa que espero haber demostrado no por ser varón, tampoco por autoridad como profesor, sino por haber explicado los errores de base, incluso la ignorancia plena, que detecto en tales opiniones respecto de nuestro idioma… No creo que haga ningún bien ni contribuya al feminismo ensalzar la ignorancia y a los ignorantes. Insisto, como otras tantas veces he hecho, en que el feminismo posee más que sobradas, auténticas y fundamentadas razones, como para dejarse arrastrar por iluminados tuercebotas que buscan su minuto de gloria exhibiendo sin pudor y sin enmienda su analfabetismo. El feminismo tendría, de hecho, que ser el primero en encararlo, si no quiere verse identificado y rebajado con la incultura —aunque naciera de la cultura, del conocimiento, de la razón y del derecho— y la mera turba callejera.

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Más aún, no colaboraré cuando son la política, la lucha de poderes, la ideología o la subvención económica cada vez mayor, las que dirigen este concierto tan desafinado en cuanto a la lengua y se imponen e intimidan a instituciones, académicos, filólogos, escritores, hispanistas, correctores y cualquier autoridad… que saben mejor que cualquier otro de lo que hablan cuando de la lengua hablan. Temo, como Tagore en sus Recuerdos, «más que al mal, los intentos tiránicos de crear el bien. Por la policía punitiva, política o moral, siento un saludable horror».

Antes que destrozar el español, con sobrecorrecciones concretas que ignoran el resto del sistema, correcciones que se aplican a unas y no a otras palabras que, sin embargo, se construyen o han seguido procesos iguales… propongo algo de conservación, abandonar el español y asumir el Pipil o Nahuat de San Salvador, lengua pronta a extinguirse y sin marcas de género gramatical que la ignorancia pueda confundir con el sexo. Pero, mucho me temo que sería infructuoso, que encontrarían otras razones o justificaciones para seguir tachando la lengua de machista. Y yo seguiría enseñando que la lengua nos permite hablar y expresarnos, y que el machismo está en el uso del hablante, como el asesino en el uso del cuchillo, y no en la lengua o el cuchillo.

Héctor Martínez

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30/06/2018

“LA MUJER QUE SIEMPRE ESTUVO ALLÍ”, DEL CINE AL TEATRO

Posted in Teatro tagged , , , , , , , , , , , , , , , a 17:36 por retratoliterario

TEATRO-la_mujer_que_siempre_estuvo-alli-TEATRO-OFF-DE-LA-LATINA-Dolores Garayalde es la autora, adaptadora y directora de La mujer que siempre estuvo allí estrenada en Off de Latina en el final de la primavera de 2018. Garayalde es conocida también por el trabajo conjunto con Ignacio García May y Pilar Almansa Banqueros vs. zombies, obra en la que la interacción digital con el espectador representa buena parte del interés de la obra; y también por otras apuestas junto a Pilar Almansa como SEXtereotypes (one woman show), la dirección del texto de Alfonso Sastre Los últimos días de Enmanuel Kant, u obras dirigidas a los más pequeños como Jazz baby y la dirección de la adaptación del clásico de Calderón en Segismundo, el príncipe prisionero, con La Pitbull teatro.
El fragmento que sirve de presentación de la obra nos pone sobre la pista: «¿Os habéis despertado alguna vez atados a una silla en un sótano oscuro? Yo sí. No podía dejar de pensar en las pelis de Brian de Palma o de Tarantino. En ese sótano oscuro lo aprendí casi todo sobre la violencia y el miedo». Son líneas que nos anuncian estar en un territorio fronterizo en el que teatro y cine se estrechan la mano para un objetivo común. Esta comunión cine-teatro salta a la vista, por ejemplo, en la voz en off tan característica del cine negro, a modo de introspección reflexiva y retrospección confesa ante el público espectador, la cual se transforma en La mujer que siempre estuvo allí sin alteración funcional, en apartes de la protagonista que potencian el subjetivismo de la obra. Cobra sentido a continuación que, en esa conexión con el cine negro y con De Palma, uno de los personajes asuma el nombre de Phillip Marlowe (en origen personaje novelesco de Raymond Chandler), emblemático icono del género.
Las referencias al cine crean la atmósfera propicia: desde Blade Runner o Terminator, pasando por Brian de Palma, Tarantino, los Coen, y por el cine de zombies. Referencias que llenan el espacio escénico en lo visual —pienso en el atrezzo de la escenografía con pósteres y deuvedés por doquier o en el vestuario— y en lo auditivo —como al sonar al inicio un popurrí de música metal y diálogos de las películas mencionadas—. Incluso se acude a lo táctil, si entendemos el efecto que produce en el público observar que un personaje arroje un cubo de agua que se supone fría a otro con intención de despertarlo. Solo faltarían el gusto y el olfato para cerrar los cinco sentidos.
Esto ya sirve para empezar a construir a la protagonista, mujer educada en el eje sociocultural de la Generación X, marcada por el consumismo, el pop y el pop-rock, grunge, hard-rock y el metal, el videomusical, las pantallas, la imagen, la violencia del cine y los videojuegos… Y despierta, en efecto, ya maniatada en una silla en un sótano, con vestimenta a lo Kill Bill y camiseta con evocación tarantinesca, acompañada de otra mujer armada, apodada Marlowe, que parece la responsable de ese secuestro/tortura.
Teatralmente estamos ante un inicio in media res —recurso de origen griego— que plantea al público la pregunta «¿cómo hemos llegado hasta aquí?», precisamente lo que va a resolverse en la acción dramática. Un inicio abrupto que, de hecho, aprovecha también la violencia de la escena como primer impacto en la atención e inquietud desde la butaca. Todo en el comienzo opera la función de generar un máximo de tensión en el espectador y un conflicto cognitivo que le haga arquear una ceja, al menos.

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Primeramente entendemos la escena como la prototípica relación protagonista-antagonista, un secuestro violento en toda regla, aunque sospechamos algo extraño en la relación de ambos personajes. Esa relación es uno de los puntos de atención: desde el principio queremos saber quién es quién y la razón que opone ambos personajes femeninos. El texto vuelve a echar mano de un recurso griego, la anagnórisis, para el giro argumental: no existen dos personajes, sino que estamos ante la disociación de uno solo. De inmediato cobran sentido las menciones metaliterarias que oímos, a Dostoievski, cuyo señor Goliadkin parece ser cimiento de esta obra. Y quien dice Dostoievski y su Goliadkin, dice también Palaniuk —o David Fincher, si vamos al cine— y su Tyler Durden, que no falta en el texto. De hecho, esta obra comparte con la última citada el anonimato del protagonista, un recurso con dos fines: uno, la posibilidad de ser cualquiera y, por tanto, abrirse a una identificación con el espectador; dos, refuerza la falta de individualidad del personaje. A la parte disociada, en cambio, se le otorga un nombre: será la que conozcamos, tal como dijimos, con el nombre de Marlowe.
La disociación de identidad es el tópico literario del Doble. Y nos referimos a Dostoievski o a Palaniuk para reflejarlo más que a otros tratamientos como el de Wilde y su Dorian Grey o el de Louis Stevenson y su Jekyll & Hyde, porque, en efecto, aquí el doble no actúa realmente como un gemelo malvado, sino como un reflejo psicológico, una idealización del sí mismo, especie de superyo corporeizado —«versión 2.0» se autodenomina Marlowe— enfrentado al yo alienado, el yo cuyos miedos le impiden reaccionar, protegerse y decidir, el yo secuestrado psicológicamente, atado con cintas de papel que, sin embargo, no rompe, el yo manipulado emocionalmente para ser incapaz de librarse, para aceptar como bueno un estado de servidumbre o esclavitud. Por si lo están pensando, sí, las referencias a Blade Runner incluyen en este punto justamente las palabras del replicante Roy Batty como leit motif de nuestra obra: «Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser un esclavo».

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Marlowe, la autoimagen idealizada, quiere que la protagonista abra los ojos a su realidad, que deje de vivir con miedo, y se aproxime a su forma de ser. Marlowe trata de convencerla de la situación, rastrea su conciencia donde han de estar registrados los hechos, y recurre al plano simbólico que representan varios objetos para desbloquear su capacidad de juicio: las llaves, la taza, el salero, el jersey o la carta. Cada uno es metáfora de un desprecio o de una humillación que la protagonista ha tragado cargando sobre sus hombros la culpa, o de un hecho decisivo. El jersey que se dejó olvidado y a Juan le molestó; la taza de su madre, rota, porque nunca estaba en su lugar, según Juan; el salero que Juan casi le tira a la cabeza porque ella se equivocó y compró sal gruesa en lugar de fina; la carta que Juan le escribe y que lejos de ser una declaración de amor es un continuo chantaje emocional; y las llaves, las que él, Juan, le ha entregado a ella para que vivan juntos, llaves que pueden ser las que cierren su propia prisión. Las llaves que son el catalizador de toda la situación que contemplamos.
Cabe señalar que en esta escena hay un guiño a la literatura y el cine detectivesco, neuronal que diría Poirot, al hablarse de Sherlock Holmes y su famosa estrategia de inducción, la alusión a varias de las novelas que dio a luz Conan Doyle —además del ya subrayado nombre de Marlowe—. Marlowe propondrá a la protagonista enigmas a resolver de forma lógica para acceder a cada uno de los objetos-símbolo conectados con hechos y emociones de su pasado con Juan.
Lo psicológico a partir de la anagnórisis se desata como puntal en la obra. Asistimos, incluso, como siguiente intento para acceder a la protagonista, a una regresión psicoanalítica a su adolescencia rebelde y emocionada con el sonido del Master of puppets. El análisis semiótico de la letra —por ejemplo, el equívoco del término master en ese contexto— y el sonido metal proporcionan la canalización emocional, una catarsis, una liberación.
No dejemos pasar el hecho metateatral que introduce esta canción al hablar del titiritero y las marionetas controladas por hilos. Quizás la introducción de un cierto Theatrum mundi al usar la metáfora de la marioneta para describir la vida de la protagonista encerrada —no en una torre sino en un sótano— a su vez dentro del marco de una obra de teatro. Algo, de hecho, muy calderoniano.
Acto seguido Marlowe pronuncia una frase que pasa, en principio, desapercibida y que, no obstante, es la clave de bóveda: «sin amor propio no es posible ningún otro amor». Podríamos considerar este el tema central, la tesis que se avala con la puesta en escena: el personaje enfrentado a sus miedos, con los que transige y a los que justifica por dependencia y por falta de autoestima, alienado, los monstruos que se mencionan una y otra vez, por los que se llora por las noches pero que se toleran por el día. La protagonista está ante una decisión vital: ir a vivir con su pareja, Juan, quien ya le ha dado las llaves —ya vimos su valor simbólico— de su casa, mientras permanece ciega a la toxicidad de la relación. Esto es lo que su fuero interno, Marlowe, trata de hacerle ver, todas las señales que indican que no es una relación que tenga rumbo a buen puerto. Algo que sabe, por supuesto, pero que se obceca en negar.
Decíamos que el forjado de la obra era psicológico, que el espacio escénico no representa un espacio físico sino un espacio mental. Se debe a que La mujer que siempre estuvo allí se sostiene, de hecho, sobre un síndrome muy conocido y muy vinculado a las relaciones abusivas de pareja: el síndrome de Estocolmo (en su variante doméstica o SIES-d). Nuestra protagonista padece el síndrome con aquel al que toma por su pareja y es, más bien, un secuestrador emocional. Ella genera un vínculo afectivo a causa de la impotencia que siente y por el que se ha adaptado al maltrato desarrollando una mayor resistencia a la adversidad, a la vejación, al dolor junto a conductas dóciles, sumisas y negadoras de la realidad. Se trata de un mecanismo de supervivencia. Por ello surge la perturbación cognitiva y la disociación que vemos en la escena, consecuencia directa del SIES-d. Precisamente, bajo la perspectiva del Síndrome de Estocolmo concurren las cuatro fases del SIES-d, según estudios específicos: desencadenante (se pierde la confianza en la pareja y aumenta la desorientación), reorientación (ante el aislamiento, la víctima no encuentra nuevos referentes de apoyo), afrontamiento (autoinculpación, resistencia pasiva y aceptación del modelo mental de la pareja) y adaptación (la culpabilidad se proyecta a otros mientras la víctima se identifica con el abusador).
El secuestro que observamos por parte de Marlowe es más bien la inversión del síndrome, una desprogramación del sujeto mediante una terapia cognitiva conductual. Tratamiento en el que se establece un diálogo socrático con la víctima, a la que no se guía, sino que se le invita a profundizar en sus esquemas cognitivos remarcando sus afirmaciones para que encuentre la disfunción y las contradicciones por sí misma. Esto queda reflejado mediante la imagen detectivesca que señalamos al hablar de Sherlock Holmes, proponiendo preguntas y enigmas para que la protagonista profundice y autodescubra la realidad. Son cinco las etapas clásicas de un conflicto psicológico para la aceptación de la realidad: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Y, en efecto, veremos a la protagonista negar y cargar con la culpa, la veremos en arrebatos furiosos contra Marlowe, negociará con ella, se hundirá ante nuestros ojos y, finalmente, suponemos que acepta la realidad y hará lo que más le conviene por decisión propia. Y digo suponemos porque se nos dice que no ha sido la primera vez que Marlowe y ella se encuentran y parece decírsenos que probablemente tampoco sea la última vez, pues Marlowe «siempre estará allí» para evitar que se repita, dicho en tono protector y amenazante. Es decir, se nos sugiere un final menos redondo y cerrado, más abierto del que parece en primera instancia.
El texto no pierde la ocasión de introducir la perspectiva filosófica, por ejemplo, el archisabido mito de la caverna platónico —relacionado con la búsqueda de la verdad y el encierro en la oscuridad bajo el engaño— o la enunciación formal del imperativo categórico de la razón práctica de Kant —que exige tratar la humanidad como fin y nunca como medio—, entre otros.
Volviendo a la literatura, La mujer que siempre estuvo allí tiene concomitancias, además de calderonianas, también con el teatro lorquiano: mujeres prisioneras en un único espacio y un personaje masculino omnipresente, sin líneas ni aparición en escena, pero que desencadena el conflicto. Recuerda, desde luego, La casa de Bernarda Alba —salvo en su final y porque Marlowe no es Bernarda— con las hermanas Angustias, Adela y Martirio viendo en el adinerado conquistador y truhan Pepe el Romano su futuro y la escapatoria de su vida condenada, lo cual es paralelo al deseo de entregarse al maltratador Juan como salida de su anodina vida y del sótano donde es retenida por Marlowe.
¿Feminismo? En lo concreto sí, en lo general no solamente.
Si lo pensamos desde cerca, desde lo concreto, es una obra escrita y dirigida por una mujer, actuada por mujeres representando a una mujer en el umbral de condenarse de por vida por su ceguera y falta de autoestima debido a un síndrome provocado por el maltrato de un tipejo como Juan. Entonces sí, es una obra social y feminista de nuestra realidad inmediata. Necesaria, incluso, al hacer patente la situación psicológica, mental, de la mujer maltratada (además del daño físico), la huella invisible pero indeleble en lo más íntimo, que la despoja de sí misma, de su confianza, seguridad, autoestima y criterios, que la deja a completa merced de su verdugo.
Siendo esto cierto, conviene no olvidar que es un tema el tratado que no solo incumbe a las mujeres —en la ola actual parece que el feminismo sea cosa solo de mujeres, craso error—, sino a toda la sociedad. Sin embargo, lamentablemente no son pocas las obras de gran valía que, por acotarse bajo la etiqueta feminista, solo se les otorga un valor puntual reivindicativo, que acaba por perderse en el tiempo. Obras que, por el cliché, tan solo interesan a los estudios culturales del feminismo. Obras que solo se leen ya con el marchamo impuesto.
Precisamente por esta razón, es mejor no reducir el territorio de la obra, sino ampliarlo, universalizarlo. Para empezar, porque pareciera que, en la opinión del respetable, un personaje femenino solo representa a la mujer y no pudiese, en tanto que personaje y al igual que sus homólogos masculinos, representar a la especie. Resulta sesgado, obviamente. De hecho, en la cuestión concreta del amor propio y las decisiones vitales, las relaciones tóxicas y el maltrato, tanto da un personaje femenino o masculino. Tengamos en cuenta que no solo las mujeres son esos ojos que se enamoran de legañas. Los varones también beben muchas veces los vientos por personas tóxicas y caen en procesos de anonadamiento autodestructivo y maltrato. No podemos obviar que sin importar la condición sexual, al ser humano sin distinción le sucede, hay maltrato de unos a otros y todas las personas pueden verse sometidas a las mismas situaciones y sufrimientos en relaciones perniciosas, como agresor o como agredido… lo que abre aún más el abanico de interpretación de la obra. Por ello es posible que en La mujer que siempre estuvo allí un varón pueda sentirse identificado con la protagonista, y habrá quien vea en Juan a una mujer. Habrá quien vea dos hombres, y quien vea dos mujeres. Es bueno que así ocurra.

Dolores_Garayalde_fotogramaCorto promocional del libro 'Méli-mélo' de Alberto Carreño Carrascosa

Dolores Garayalde, autora y directora

De acuerdo con la opinión de David Mamet —en quien se entremezclan el dramaturgo y el director de cine—: «La finalidad del teatro no es, pues, afianzar la estructura social, ni incitar a los menos perspicaces a que se despabilen, ni predicar a los convencidos acerca de la delicias (o las cargas) de la vida de la clase media. La finalidad del teatro, como de la magia, como la de la religión —los tres compañeros inseparables— es infundir un temor purificador» (Mamet, David. Los tres usos del cuchillo. Sobre la naturaleza y la función del drama. (2015) Barcelona, España: Alba Editorial). Un «temor purificador» que es universal y que ya se nos revelaba al inicio con aquel fragmento que presentaba el texto: «En ese sótano oscuro lo aprendí casi todo sobre la violencia y el miedo».
En cuanto a la representación misma, de la que ya hemos resaltado algún elemento escenográfico, cabe destacar, desde luego, la solidez y complicidad sobre las tablas de ambas actrices, Victoria Peinado en el papel de la protagonista anónima, y Patricia Domínguez en el papel de Marlowe como autoimagen idealizada de la protagonista. Sobre todo, la dureza expresiva de los apartes de Victoria, la crudeza con que Patricia reproduce al invisible Juan, o los momentos cómicos en que es indispensable esa vinculación natural entre ambas y que logran poner de manifiesto la agilidad del texto de Garayalde, construido, al margen de los apartes, en un continuo réplica y contraréplica vertiginoso que ofrece tanto los momentos más dramáticos, donde se pausa, más cómicos, donde se consigue el tono vodevilesco, y más crudo y violento, donde se acelera, se sube el tono y se tensiona.
Se echó en falta un mejor juego de iluminación, no achacable a la obra en sí misma sino al equipamiento de sala y los impenitentes problemas técnicos, toda vez que en La mujer que siempre estuvo allí es evidente que se ha pensado en la luz con un fundamental papel en la escenificación. El destello estroboscópico o el foco de recorte hubiesen potenciado más aún la puesta en escena, que en el aspecto de luces se vio un tanto mermada —a pesar de las soluciones originales que salvaron la situación—.
¡Ay! Y el título… nos queda el interrogante de si ese título, La mujer que siempre estuvo allí, guarda alguna inspiración en el famoso dinosaurio de Monterroso que «todavía estaba allí» o, más bien, parafrasea el guion de los Coen El hombre que nunca estuvo allí, tributo al cine negro de los hermanos de Minnesota. Que cada cual escoja su opción.
En suma, estamos ante un trabajo dramático de fondo, contundente, psicológico, actual, bien encauzado para impactar y calar sin sermonear, con plena consciencia del suelo que pisa y la realidad que sube a las tablas, de los antecedentes teatrales, narrativos y cinematográficos de los que bebe, a los que homenajea y que utiliza con pericia en el acto de prestidigitación dramática.

 

Sheila Del Hoyo y Héctor Martínez

26/06/2017

GLORIA FUERTES, VÍCTIMA COLATERAL DE JAVIER MARÍAS

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Javier Marías mete la pata hasta el corvejón en su último texto de La zona fantasma. Y eso que tiene razón en la mayor parte del texto, pero al final, equivoca el objetivo. Muy probablemente le arreen por homófobo, o machista o por ambas o cualquier otra. Así está la cosa. Este es el nivel. Pero es probable que nadie alcance a vislumbrar el verdadero problema del último artículo de Marías.

Su artículo se titula Más daño que beneficio y refiere de forma concreta, y sin dar el salto al plano conceptual, a este criterio de selección moderno, patrón feminazista (que no feminista, me niego a llamarlo feminismo por respeto al feminismo), de exaltar lo que toda mujer haga, no por el valor de lo hecho, sino por ser mujer y punto final:

En la actualidad hay una corriente feminista que ha optado por decir que cuanto las mujeres hacen o hicieron es extraordinario, por decreto. Y claro, no siempre es así, porque no lo puede ser.

Y si bien en ello tiene razón, se le queda corto el tiro. Podría haber seguido ampliando el fenómeno a cada uno de los lobbys interesados, enjambres de asociaciones activistas y culturales, que se alimentan a golpe de subvención de la propia postergación de la injusticia o la invención de nuevas. Existe el mismo patrón en la homosexualidad y la transexualidad, vuelta la condición sexual criterio artístico, más allá de la obra creada. Podemos jugar la carta del inmigrado, del refugiado, y así sucesivamente, hasta darnos cuenta de que hemos retrocedido más que avanzado, porque hemos vuelto a la exaltación del yo, como genio incomprendido y oprimido por la sociedad habida, sea cual esta sea. De nuevo somos idealistas, románticos y decadentistas. Hemos sacado de nuevo la piel decimonónica. En nuestros tiempos desnortados solo queda eso: mirar al pasado y creyendo estar enmendándolo (algo verdaderamente imposible), en realidad solo estar repitiéndolo.

Acto seguido, en su artículo, Javier Marías dirige el dardo hacia la exaltación de Gloria Fuertes. Y nuevamente estoy de acuerdo en parte, pero sigue errando el tiro. Pues nos dice no poder suscribir la tesis por la que, de pronto, hemos redescubierto en esta España nuestra a Gloria como una grandísima poeta (y tiene la delicadeza de decir poeta, como Gloria Fuertes exigía, y a pesar de que lo correcto, incluso etimológicamente y con más razón, es poetisa). Hasta ahí, lo comparto. Yo tampoco puedo, por mandato feminazi, asumir como doctrina que Gloria es la gran tapada por el que llaman, con todo el boato posible, heteropatriarcado (otra cosa no, pero talento tienen para inventar palabros y definiciones teóricas para polémicas inútiles, en un diccionario de la neolengua orwelliana).

sostiene esa corriente que todas esas artistas geniales fueron deliberadamente silenciadas por la “conspiración patriarcal”. No se les reconoció el talento por pura misoginia. (…) Hoy, con ocasión de su centenario, sufrimos una campaña orquestada según la cual Gloria Fuertes era una grandísima poeta a la que debemos tomar muy en serio. Quizá yo sea el equivocado (a lo largo de mi ya larga vida), pero francamente, me resulta imposible suscribir tal mandato.

Tampoco yo puedo, y esto es lo que se le olvida a Javier Marías, suscribirlo por criterios literarios. Quiero decir, Gloria Fuertes está en la media de sus contemporáneos: creó composiciones de corte social y rural notabilísimas, o se echó en brazos del versolibrismo con talento, pero, a efectos técnicos y estilísticos, lo hizo sin aportar novedad para su tiempo. No inauguró una línea, no abrió nuevas fronteras, no descubrió formas expresivas, lo cual en modo alguno dice que fuese mala poeta (poetisa), sino, y simplemente, que no podemos elevarla en el pedestal cervantino, o en el de Lope, o en el valleinclanesco, por citar ejemplos que se entiendan bien. Y si se trata de centenarios, hablaría del silenciado Juan Rulfo. Javier Marías elude esto, y casi parece acabar diciendo que no puede suscribir la grandeza de Gloria Fuertes por mandato ideológico… y así deja la pregunta en el aire de si lo suscribiría por otras razones y en caso afirmativo, por cuáles. Lo siento, pero si se abre el melón, se debe abrir entero. ¿Quiere decir Javier Marías que con toda esta exaltación hiperbólica se daña la verdadera dimensión y perspectiva de la obra de Gloria Fuertes? Estoy de acuerdo: se provoca una expectativa mayor que la obra misma, cuyo resultado solo puede ser decepcionante después. O, ¿no estará queriendo decir Javier Marías que exaltando hiperbólicamente la obra de Gloria Fuertes se daña el arte hecho por mujeres? Aquí no puedo estar de acuerdo, básicamente porque no quiero caer en la trampa segregacionista por la que hay arte de varones y lo habrá de mujeres, y de gays, y de lesbianas… y así sucesivamente, otra vez. Se puede exaltar la obra de Gloria Fuertes, pero por su obra, y se puede discutir acerca de ello, a favor o en contra. Esto no dañara al arte, hecho por quién sea, porque esto ha ocurrido siempre (ya saben, sobre gustos, lo colores). No hay problema en este sentido exaltar a Gloria Fuertes como hay quien exalta a Panero. Es la subjetividad del gusto. Pero Javier Marías se detiene, tras haber subrayado el nombre de Gloria Fuertes y haberle arrebatado la razón sexual para exaltarla, y en mi opinión, debería rematar el argumento y asentar si la exaltaría o no con sus debidos porqués. Hecho como lo ha hecho, convierte a Gloria en daño colateral de su andanada contra el feminazismo contemporáneo.

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Gloria Fuertes, por Julio Santiago

Personalmente, me gustan varios poemas de nuestra centenaria autora. Igual que me gustan poemas de otros, a los que del mismo modo niego el pedestal literario, por criterios específicamente literarios (como debe ser en todo caso). Diré cuáles poemas para que no me acusen de decirlo por decir: Isla ignorada, Nací para poeta o para muerto…, el soneto A veces quiero preguntarte cosas… (sí, señoras y señores, Gloria escribió sonetos), Aunque nos muriéramos al morirnos, El corazón de la Tierra, Reo a muerte, Labrador… ¿Suficiente? Busquen estos, al menos, y léanlos: no podrán decir luego que Gloria Fuertes sea mala, todo lo contrario, es inmensamente buena; pero tampoco podrán decir que destaque por encima de sus coetáneos, si los leen.

Lo único que tiene Gloria Fuertes distinto a los demás es la especificidad de ser Gloria Fuertes, rasgo por el que solo podía escribir como Gloria Fuertes y como nadie más. Pero esa especificidad la tiene cada poeta consigo mismo, es lo que los hace únicos, aunque no especiales.

 

Nada de esto dice Javier Marías. Y sigo creyendo que en su artículo Gloria queda como víctima de un fuego cruzado absurdo y simplón.

Tampoco dice Javier Marías, a tenor de centenarios, que no es mérito el paso del tiempo y que otra cosa es lo que mediáticamente nos han metido por los ojos a partir de la corrección política e ideológica. Centenario fue el de los premio Nobel Echegaray (de muerte) y Cela (el de nacimiento) el año pasado y no hubo ninguna reivindicación, más bien pasaron completamente desapercibidos, más aún Echegaray; fue el de Rubén Darío (de muerte) y Buero Vallejo (de nacimiento); fue el de Roal Dahl (de nacimiento); y de los académicos Zamora Vicente (de nacimiento) y  Francisco Fernández de Béthencourt (de muerte); y este año, además de Gloria y Juan Rulfo, esta el nacimiento de José Luis Sampedro o Roa Bastos o de Gironella, García Yebra, Laiglesia… (hay más, aquí un listado)… silencio absoluto, y no porque tengan una obra literaria o intelectual inferior a Gloria Fuertes. Tan solo es que no son ni mujeres ni lesbianas, y por eso a nuestra sociedad, a nuestros medios, a la foto de nuestros políticos, a las asociaciones activistas y culturales, ni les va ni les viene. Es vergonzoso que el redescubrimiento de Gloria Fuertes (bienvenida sea la arqueología literaria para encontrar joyas por pequeñas que sean) no tenga que ver con su obra sino con su condición sexual por partida doble. Y España entera participa por ignorancia, por incultura y, sobre todo, por un sentimiento de culpabilidad artificialmente generado por una narrativa ideológica vacía.

Lo que vengo a decir, que Gloria Fuertes es usada encima de mascarada cultural para beneficio de un discurso construido a base de distorsión. Javier Marías tampoco menciona esto: que el daño ni lo advierten porque el beneficio ideológico les ciega. Para estos movimientos el beneficio es máximo y el daño inexistente. Pedirles verlo alrevés es pedirles poner en cuestión algo de lo que han hecho ya una forma de vida.

Por todo ello Javier Marías mete la pata. Hubiese sido deseable, ya que eliminas el criterio sexual, defender los verdaderos criterios para decidir la valía literaria objetiva de cualquiera de nuestros autores.

Al final, Gloria Fuertes sigue siendo vapuleada en medio de la inveterada estupidez humana. Y su obra sigue ignorada, por unos y por otros, y por las más variopintas exageraciones, como la propia autora en su isla.

Soy como esa isla que ignorada,

late acunada por árboles jugosos,

en el centro de un mar

que no me entiende,

rodeada de nada,

-sola sólo-.

Héctor Martínez