26/01/2017

“FLORES PARA ALGERNÓN”, DE DANIEL KEYES

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flores-para-algernonEntre la Ciencia Ficción del medio siglo XX existen títulos que se han convertido en toda una institución del género, más por lo que tienen de verosimilitud que por lo que tengan de puramente ciencia ficcional. Sirva de ejemplo este Flores para Algernón (1966) de Daniel Keyes, que primeramente fue publicado como relato en 1959 en The Magazine of Fantasy & Science Fiction.

El libro relata la historia de un hombre de treintaidós años de edad (en el relato de 1959 se presenta con treintaisiete), Charlie Gordon, con un retraso mental importante, y de un coeficiente intelectual de 68. Separado de su familia, trabaja limpiando en la panadería de su tío, que lo aporija y cuida como promesa hecha al padre de que no le falte comida y techo. Mejor así que no recluido en un Centro especial. Acude a clases para adultos, donde aprender a leer y escribir, y donde, si bien no es el mejor, sino todo lo contrario, sí es el más ávido por progresar. Su profesora, la señorita Kinian lo propone como candidato para un experimento de cirugía cerebral que mejorará su CI y que realizarán el psicólogo doctor Nemur y el neurocirujano doctor Strauss junto con algunos colegas suyos. Charlie será el primer hombre que se someta a esta cirugía, cuyos resultados solamente han sido positivos en un único ratón de laboratorio, Algernón, con quien lo compararán los análisis de sucesivos test y pruebas, como la resolución de laberintos.

Su desarrollo intelectual lo lleva a las cotas más altas, triplica su CI y absorbe una cantidad ingente de conocimiento; pero pronto observan que el ratón Algernón, con que van contrastando los resultados de Charlie, comienza a tener un comportamiento errático y empieza a decaer. Todos, también Charlie Gordon, entienden entonces que él degenerará también y tristemente volverá a su estado inicial, o algo peor. Entonces Charlie aplica toda su mejorada inteligencia a estudiarse a sí mismo como caso clínico y a buscar los errores del experimento con él y Algernón, en una carrera contra el propio tiempo que jamás podrá ganar.

Flores para Algernón es una novela singular desde el punto de vista del género, la forma narrativa, los recursos, el contenido y el fondo.

En cuanto al género, se trata de una novela de ciencia ficción. En cambio, elude la habitual profusión de elementos tecnológicos que muestren, en un tiempo adelantado o fuera de cronología, a la vez un avance social tecnocientífico y la deshumanización preconizada de la sociedad. Aquí el avance es neurocientífico, pero el mundo sigue siendo la decada de los 50’s sin mayores mejoras tecnológicas. Lo inhumano, en todo caso, está depositado en las relaciones sociales de la panadería, familiares en un pasado recobrado, y en el trato de Charlie como mera cobaya por parte de los científicos y profesora. Es, como prefiero denominarlo, una ficción científica, novela en la que un avance científico o técnico verosímil es el catalizador para examinar al hombre y su sociedad.

La forma narrativa se presenta a la manera de un diario (Informe de progreso lo denominan), como estructura episódica y discontinua. Estos informes los redacta Charlie Gordon en primera persona, y a petición de los científicos como una de las pruebas de control del experimento. Él va escribiendo autobiográficamente cuanto sucede, por lo que es nuestro narrador. De hecho, la novela empieza con el primer informe, lo que supone que el Tratamiento, las pruebas y fases previas de la operación ya estén en marcha. Informe a informe, el protagonista-narrador nos ofrece su historia fragmentada y relatada en experiencia personal y directa.

enforme de pogresos 1 marso 3

 El doctor Strauss dise que debo escrebir lo que yo pienso y todas las cosas que a mi me pasan desde aora. No se porque pero el dise que es mui inportante para que ellos puedan ber si ellos pueden usarme a mi. Espero que ellos puedan usarme a mi pues miss Kinnian dise que ellos quisa pueden aserme listo. Yo qiero ser listo.

 Me yamo Charlie Gordon y tabajo en la panaderia Donner.

En esta forma narrativa surge el recurso que más llama la atención del lector. El retraso y CI de Charlie está representado por el analfabetismo y la pobre expresión escrita. Se nos presenta un narrador con faltas de ortografía, escasez de vocabulario abstracto, ruptura sintáctica, oraciones breves, fraseología… Se hace difícil comprender lo que expresa, aunque resulte que son experiencias sencillas y muy concretas. Charlie se revela con una edad mental tremendamente inferior al treintañero que es. El narrador está maniatado por su nivel. Le cuesta expresarse por escrito, no ya solo por la ortografía, sino por todo lo demás mencionado. Ante un vocabulario tan limitado y pobre, poco puede expresar que no pase de lo concreto y más inmediato. Apenas cuenta de sí mismo porque habla más del hecho o suceso que relate.

El doctor Strauss dise que escreba mucho todo lo que yo pienso y todo lo que me pasa pero yo no puedo pensar mas porque no tengo nada mas para escrebir y asi termino por oi… su afetisimo Charlie Gordon

Sin embargo, conforme incrementa su CI aprende, entiende, escribe y se expresa mejor, amplía su mundo y descubre, a través de una comprensión lingüística, un mundo mucho más allá de la experiencia inmediata. Los nuevos Informes muestran una mayor observancia de la ortografía, mayor complejidad, fluidez sintáctica, un vocabulario cada vez más rico y elevado, o un contenido  sobre su indagación más íntima y abstracta de sí y su entorno.

Es un hito en la literatura encontrarnos con un narrador que presente estos problemas, que evolucione y decaiga. A quien cuenta la historia se le presupone capacidad expresiva; incluso cuando de un niño se trata, se busca su expresividad. El narrador Charlie Gordon, en cambio es un narrador novedoso, con francos problemas de expresión. La empatía y ternura por Charlie que se provocan en el lector surgen ya de aquí. El lector se sobreesfuerza por entender al limitado y pobre narrador, lo compadece incluso. Si quiere conocer su historia, debe prestar más atención, debe ser paciente y concederle a Charlie mayor margen.

A partir de todo ello, los temas de la novela son variados y hondos, ligados a la filosofía, la psicología, la sociología y la literatura.

Podemos pensar a Charlie Gordon como el esclavo de la ignorancia que logra escapar de la oscura caverna platónica a través de un ascenso intelectual hasta el máximo conocimiento, que a su vez le acarrea el mayor de los desprecios y la mayor de las tragedias al descender de nuevo transformado. No es una relación subjetiva, el mismo Daniel Keyes cita un fragmento de La República de Platón al respecto de la caverna, como motivo del texto, y su propio personaje, Charlie Gordon, lo cita al final de la novela, en uno de sus Informes. Así, al descender iluminado con el conocimiento, descubre que aquellos que creyó sus amigos, en verdad se aprovechaban y burlaban de su retraso y ahora le temen al sentirse ellos inferiores y verse reprendidos por la altura moral con que Charlie los censura. También al enfrentar a los científicos, Charlie descubre en aquellos unos ignorantes que creen saber, cuando en realidad nada saben, les rebate y ninguno es capaz de reconocer su ignorancia. Es decir, Charlie representaría la modestia socrática solo sé que no sé nada y toda su elevación está movida por el que fuera lema del oráculo délfico: conócete a ti mismo.

Yo no soy tu amigo. Soy tu enemigo. No abandonaré mi inteligencia sin luchar. No voy a volver a bajar a esa caverna. No hay ningún lugar donde yo pueda ir ahora, Charlie. Así que es preciso que tú no vuelvas. Quédate en mi inconsciente, ése es tu lugar, y deja de seguirme por todas partes. No voy a abandonar…

Siguiendo con el trasfondo filosófico, vemos que, al igual que en la antigua Grecia, existe en la novela una fuerte vinculación entre la ciencia, la facultad de la razón/pensamiento y la palabra. En la antigua filosofía griega esta vinculación se reconce a través de los múltiples sentidos del término λóγος (de igual manera es razón, pensamiento o palabra). El conocimiento, según sostenían, solamente se lograba al realizar la actividad racional como propia y más alta actividad/facultad del ser humano, y esta actividad solo se mostraba, frente a la voz animal, en el uso de la palabra humana (concepto); y esta palabra solo era posible en diálogo, y, por tanto, en sociedad. Así, el Charlie Gordon incial está más cerca de ser un animalillo con voz, que apenas habla de lo inmediato, mientras que con el desarrollo intelectual y, por ende, la ampliación de su conocimiento, su verbo empieza a adecuarse al nuevo uso y desenvolvimiento de sus facultades intelectuales.

Ahora bien, antes que servir de consolidación de relaciones sociales, se convierte el protagonista en alguien bastante asocial y esquivo. Se debe a que también se nos ofrece la lectura más psicológica y freudiana: el desequilibrado desarrollo de la personalidad de Charlie, con grandes y graves faltas de afecto materno por su condición, que arrastra por tanto serios complejos disociativos y problemas derivados en su sexualidad, relación sentimental y sus emociones ante figuras maternales, comportamientos maníacos y actitudes asociales. Según se incrementa su CI van aflorando traumas y perturbaciones latentes, nacidos en el seno familiar, pero que no afloraron antes por falta de desencadenantes. Sin embargo, con la mejora intelectual surgen cuestiones, preguntas, recuerdos, imágenes que, poco a poco, pasan de lo borroso a una clara nitidez. El subconsciente siempre estuvo ahí, y de su contenido empieza a ser consciente Charlie Gordon. Así la novela plantea, tiempo antes de la enunciación y asumpción de la Teoría de inteligencias múltiples, el hecho de que el incremento intelectual, la mejora cognoscitiva sola no sirve a un ser humano para resolverse en la vida. La llamada inteligencia emocional, la habilidad social etc., tienen su peso específico en la toma de decisiones y la capacidad resolutiva del individuo dentro de cada circunstancia. Ahora bien, de un modo más sencillo, ya Aristóteles indicaba que la εὐδαιμονία era una actividad que no solo tenía que ver con la realización intelectual como facultad máxima y propia del hombre; esto era algo imposible si no existían condiciones previas como lo eran tener satisfechas las necesidades fisiológicas y emocionales. Ser felices no solo depende del conocimiento.

El Charlie Gordon feliz, el buenazo contento con su vida, pensando que tenía amigos y que todo era genial, que simplemente hubiese pedido al genio de los deseos ser más inteligente se convierte en un hombre sombrío, asediado por fantasmas del pasado, solitario, abrumado por sus capacidades casi como un lastre o una condena, con un insaciable apetito y una insaciable sed de conocimientos, y atrapado por el cepo del subconsciente. Su única compañía soportable es al que reconoce como su igual: el ratón Algernón. Y cuando a través del empeoramiento de Algernón descubre su futuro destino, trata de poner sus facultades al servicio del experimento, esto es, de sí mismo y su actual estado, a pesar de saberlo inevitable —trágicamente inevitable, diríamos—.

Es la encrucijada de la felicidad del ignorante o la pesadumbre del sabio: el cerdo feliz en su porqueriza o el infeliz y condenado Sócrates en la caverna. Y veremos que Charlie Gordon no parará de pedir que lo consideren una persona y no un animal de laboratorio, que lo vean no solo como un objeto de experimento de usar y tirar. Curiosamente, veamos que al mismo tiempo nadie más que Algernón goza de igual condición a ojos de Charlie. Igual que él, el ratoncillo no es simplemente un animal para experimentar, mientras que para los demás, ambos son el objeto de estudio y los sujetos de prueba, animales ambos. Existe, pues, una continua despersonalización y animalización del personaje a lo largo de la novela, una especie de lucha por superar el «puente tendido entre la animalidad y el superhombre», que diría Nietzsche.

Literariamente, rápido vienen a nuestra mente personajes como el doctor Frankenstein y su monstruo, como efecto de la animalización y la despersonalización. A los doctores Nemur y Strauss solo les importa Charlie en la medida en que representa su éxito científico, por encima de que se trate de una vida humana. Ellos son los artífices del prodigio en la cobaya humana. No pocas veces habla Nemur de Charlie como su creación, su particular monstruo nacido directamente de sus investigaciones y sus manos.

¿Cómo puedo hacerle comprender que él no me ha creado? (…) No comprende que era ya un ser humano antes de venir aquí (…) todo el mundo continuaba hablando de mí como si fuera una especie de objeto creado recientemente y que era presentado al mundo científico. Nadie en aquella sala me consideraba como un ser humano. (…) Me había sentido insultado cuando Nemur pretendía que él me había creado. Pero he descubierto que Charlie no sólo existe en el pasado, sino que existe ahora.

(…)

Cuántas veces se ha vanagloriado de que yo no era nada antes del experimento, y sé el porqué. Porque, si yo no era nada, usted me habría creado, y así se convertiría en mi dueño y señor. Se irrita porque no hago testimonio público de mi gratitud a todas las horas del día. Pues bien, créalo o no, le estoy reconocido. Pero lo que usted ha hecho por mí —por maravilloso que pueda ser— no le da derecho a tratarme como a un animal de experimentación. Soy un individuo ahora, y Charlie también lo era antes de que entrara por primera vez al laboratorio.

De hecho, la novela nos recuerda al pobre Pinoccio, o a los Freaks de La parada de los monstruos, a la Bestia de La Bella y la Bestia, al mencionado monstruo de Frankestein etc.:

¡Es normal! ¡Es normal! ¡Será un adulto como todos los demás, mejor que todos los demás! (…)

¿Por qué es tan importante para mí decirle: «Mamá, mírame. Ya no soy un retrasado. Soy normal. Más que normal. ¡Soy un genio!»?

(…)

¡Sucio bastardo! ¡No eres digno de permanecer con la gente normal!

Se presupone en él una deformidad, da igual si antes o después de la cirugía (en ambas es un monstruo del que reírse o al que temer), e incluso se le achacan perversidades morales (sobre todo su madre) e inferioridad humana (sobre todo en la panadería y por parte de los científicos) sirviendo el personaje como reflejo de perversidades morales de los demás. El monstruo despierta también en el lector ternura y compasión frente a la burla y el desprecio que sufre y ha sufrido, según lo vamos descubriendo con él. Pueden considerarse aquí temas sociales como la integración del diferente y de las personas con discapacidad en la sociedad, tema que ya venía introducido desde la aceptación del lector de un narrador como Charlie.

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Daniel Keyes (1927-2014)

De hecho, el propio Daniel Keyes afirmó que el origen del relato y la novela es el siguiente:

The idea for Flowers for Algernon came to me many years before I wrote the story or the novel. “What would happen if it were possible to increase human intelligence artificially?” The idea for the character came about four years later when I met and spoke to a retarded young man and thought how wonderful it would be if such a technique were available to help the mentally disadvantaged.

(*La idea de Flores para Algernón me vino de muchos años antes de escribirlo. ¿Qué sucedería de ser posible aumentar artificialmente la inteligencia humana? La idea sobre el personaje surgió cuatro años más tarde, cuando conocí y charlé con un hombre con retraso y pensé lo maravilloso que sería que tal técnica existiera para ayudar a quienes padecen retraso mental).

El chico con retraso era un alumno suyo, que, tal y como cuenta Keyes en Algernon, Charlie and I, un día le sorprendió con la pregunta:

Sé que esta es una clase para tontos, y quería preguntarle una cosa. Si me esfuerzo y me vuelto listo a fin de curso, ¿me pondrá en una clase normal? Quiero ser listo.

En un inicio, el relato que escribió llevaba por título The genius effect que posteriormente se convertiría en Flores para Algernón, añadiendo distintas experiencias autobiográficas, que trasladó a Charlie. El mismo Keyes escribiría después en el mismo libro sobre aquel muchacho que inspiró el personaje:

Donde quiera que esté, sea lo que sea lo que está haciendo, nunca olvidaré esas palabras que me dieron la llave para desbloquear la historia y la novela. Sus palabras han tocado decenas de millones de lectores y espectadores en todo el mundo. Y también han cambiado mi vida. Gracias a él, ahora soy mucho más listo que el día en el que nuestros caminos se cruzaron.

Le costó editar la novela final, sobre todo por el final. Pero Keyes jamás renunció a la obra tal y como la había concebido como relato y completado como novela. Y como lectores le agradecemos, allá donde se encuentre, que fuese fiel a su idea y leal a quienes le inspiraron una obra que lleva viva medio siglo, cincuenta años sin perder un ápice de su valor.

Héctor Martínez.

 

 

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28/12/2009

GIORGIO COLLI: FILOSOFÍA COMO LITERATURA (III/FIN PARTE)

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El filósofo está degradado frente a la Sabio, la filosofía frente a la Sabiduría. La posterior perversión de la dialéctica en literatura supone la separación total del filósofo de la experiencia viviente, la cual se ve magníficamente sustituida por la experiencia libresca. Ahí busca el filósofo reenganchar con una tradición sobre la que poder elevarse como punto culminante, máximo. Y si no la encuentra, se la inventa.

Tras los tapices raídos y los espejos vetustos de la sutileza, los males de la filosofía no tienen remedio. (…) se trata únicamente de llamar la atención sobre un lazareto contaminado de horribles morbos, donde ya es imposible practicar curas, sólo queda evacuarlo y quemarlo. (…) ¿Cuál es el destino de un filósofo hoy, como ayer, como hace muchos siglos? (…) tiene que renunciar a la experiencia viviente (…); acepta una “moral provisional”, vive de oídas, cree que la vida es lo que está escrito en los libros. (…) Pero el filósofo es arrogante, y si a través de los libros que lee no descubre una tradición (…), pues se inventa una.

El nacimiento de la filosofía

La originalidad, la polémica sofística son los tesoros del filósofo al construir su sistema. Ignora la historia aunque dice venerarla, porque no quiere ser visto como otra cosa que el único, buscando su propia diferencia y distinción respecto de todo lo demás.

Fuera de su círculo canónico, no se preocupa en absoluto de comprender a los demás, próximos o lejanos; por otra parte, no es agradecido hacia sus llamados predecesores, como tampoco se preocupará, una vez afirmado, de hallar discípulos que le comprendan. Se arroja con gran placer en las polémicas más mezquinas, combatiendo las palabras de los demás, que en cambio no las habían entendido como él. (…) Precisamente los que se esfuerzan por encima de todo en empezar desde el principio, y en no tener nada en común con los demás filósofos, o al menos en procurar que lo parezca, son los que proclaman la veneración de la historia. (…) El desorden racional es completo: los que construyen sistemas filosóficos no se preocupan en establecer los cimientos.

El nacimiento de la filosofía

La principal aliada en formar la mediocridad del sistematismo filosófico es la razón. Con ella, y con la palabra escrita en los libros es posible obrar el milagro de congelar el ritmo de la realidad y reconstruirla de página en página aprovechando el recurso racional de la necesidad causal que establecemos entre los objetos de la realidad. Nada más paradójico entonces que estar ante una falsa creación que se toma por verdad, construida por aquellos que más desprecian la realidad al sentirse impotentes ante ella y su movimiento. Los filósofos sistemáticos y más amantes del concepto que de la sabiduría emplean la razón, no para comprender, sino para alzarse sobre su descripción sólida de la realidad.

La razón es una tendencia plástica que tiende a inmovilizar la realidad, a detenerla, a construir algo sólido e inmutable, a modelar y configurar lo magmático.

El nacimiento de la filosofía

Para Giorgio Colli es imprescindible la expulsión de la necesidad causal, a la que llega a calificar de espectro, buitre y sanguijuela, y en la que encuentra una fuerte oposición al hecho mismo de la vida. Es en la Necesidad donde los filósofos se han extraviado. Primero es la detención de la realidad, su inmovilización, por medio del Universal. Después, la detención del Universal por medio de la palabra. Por último, Universal y Palabra se convierten en los objetos propios de la Necesidad con la se constriñe absolutamente todo.

Es lo necesario lo que restringe a los universales, los traba entre sí, y las palabras se unen en el discurso bajo la disciplina de la necesidad: éste es el esclarecimiento abstracto y expresivo de la violencia que reside en lo inmediato. Lo necesario unido a sus objetos, los universales y las palabras, es el “logos”, el discurso y la razón, la constricción en carne y hueso.

Filosofía de la expresión

Lo que surge de la necesidad causal es el esfuerzo por unir la expresión lingüística de los Universales, las Palabras, y conformar discursos, construcciones, sistemas. No existe un verdadero intento de recuperar la inmediatez, lo oculto e inefable del contacto. El filósofo ha desembocado en la mediocridad sistemática, que sólo busca los vínculos y las leyes que le permitan ir enlazando las abstracciones creadas, las expresiones de otras expresiones, frente a un “sabio” –en el sentido platónico antes visto- como Heráclito:

Heráclito ha descarnado y afinado él solo sus universales: la ley de sus vínculos no le interesa, no forma parte de su “logos”. La demostración no forma parte de él, su “discurso” está hecho de relámpagos, que no precisan ser relacionados. Su intento es recuperar la inmediatez (…) Él se aleja tanto como puede de la inmediatez, volviéndose hacia el extremo opuesto, hacia las abstracciones más desnudas, y por medio de ellas, anudadas entre sí por un juego expresivo oracular, recupera de un salto la profundidad de la que había partido. Su “discurso” adopta por tanto la forma de los enigmas.

Filosofía de la expresión

Heráclito ignora la Necesidad. Y la filosofía debería expulsarla también. Tal expulsión es todavía una esperanza siempre y cuando se pueda terminar definitivamente con la pretensión ingenua e ilustrada de una razón todopoderosa, capaz de explicar cuanto acontece y sucede a través de la necesidad. Es el error del filósofo, es su miseria, persistir atado y encadenado a las sutilezas racionales de la causalidad, a su mágico y falso poder especulativo con el que interconecta la totalidad de la forma arbitraria que vimos antes, interrumpiendo el flujo mismo de la vida.

Expulsar de nuestro cielo las nubes de la necesidad: ésta es una esperanza que perdura. La fe en la realidad del tiempo, en la supremacía de la razón, ha devastado nuestra vida, pero tiempo y razón tienen una matriz común: la necesidad. (…) La necesidad no puede dominar impunemente; su triunfo, caso de ser posible, sofocaría la propia vida.

Después de Nietzsche

Cuando el encadenamiento causal provocado por la Necesidad llega a la escritura, a la arbitrariedad sistemática y escrita, la falsificación que supone, da el paso culminante hacia la falsificación literaria. Recogiendo el sentido platónico que vimos al comienzo:

La literatura, a través del instrumento de la palabra escrita, es la ficción de decir algo a alguien que no escucha, que no existe. Todo el mundo de los libros se resiente de esta mentira. El texto de un filósofo no puede contener la verdad: el filósofo finge únicamente decirla, pero ni una sola vez resuena, ni un solo oído oye, ni una sola mirada recibe la vida.

Después de Nietzsche

En el infructuoso intento por atrapar lo inmediato, esto es, lo efímero, por tratar de mantener un “contacto” con la realidad que “ama ocultarse” y, por ello mismo, que se vuelve sólo expresable por medio del enigma, la palabra se muestra como algo absolutamente impropio. Pero, aún más impropio resulta la palabra escrita como red de pescador que haga duradero lo efímero e inmediato del contacto inefable. La palabra escrita por medio de la cual surge la literatura filosófica no trae nuevas dimensiones al mero sonido de la palabra hablada del orador, o de la anterior disputa dialéctica. Pasa de mero recurso mnemotécnico de los retóricos a ser herramienta del logos, expresión lingüística gráfica del mismo, un sustituto, sucedáneo defectuoso de aquél. Paso del sonido a la escritura sin que surja una mejora, un salto cualitativo, sino una continuación de la degradación del logos. Un último paso en toda esta decadencia consistirá en ver como el propio logos es eliminado en la tradición literaria creada: la inmersión total en la ficción dramática. Dicho de otro modo, la filosofía como literatura no puede pretender la verdad si se fundamenta sobre la ficción. La miseria del filósofo metamorfosea en la miseria del homo scribens, declaración fatal para la filosofía, aunque puerta abierta para el retorno a la época de los “Sophos”.

Mientras para el arte, que es igualmente mentira, no comporta ningún perjuicio, para la filosofía en cambio este conocimiento es devastador. (…) lo que estaba en lugar de la filosofía, antes de que intervinieran la retórica y la literatura, no era mentirosa. Pero la filosofía es escritura, y toda escritura es falsificación. (…) La filosofía está desenmascarada para siempre, y el arma más terrible, la indiferencia, se alzará contra los falsarios que se aventuren a proseguirla. Pero la muerte de la filosofía, precisamente en cuanto se hace evidente su naturaleza mendaz y la causa de dicha naturaleza, deja el camino abierto a la sabiduría.

Después de Nietzsche

Héctor Martínez

21/12/2009

GIORGIO COLLI: FILOSOFÍA COMO LITERATURA (II PARTE)

Posted in Ensayo tagged , , , , , a 20:03 por retratoliterario

G. Colli

Al comienzo, Giorgio Colli se preguntaba cómo era posible que hubiera sucedido tal degradación de la dialéctica. Ahora ya sabemos a qué se refería: al fracaso del logos, de la razón, convertida en el sistematismo falto de seriedad, en escritura y literatura, que supone arbitrariedad y tiranía. Sin embargo, Giorgio Colli no sanciona en general el logos. Entiende que se trata de una desviación teorética, de una mala elección del camino del conocimiento. ¿Cómo sucede esta desviación?

Giorgio Colli nos habla de la Grecia arcaica, la de los sabios, como aquélla en la que el conocimiento era cuestión de vida o muerte. Delfos y el Oráculo, la Esfinge de Tebas, son ejemplos de cómo la expresión exacta de un obstáculo era el “enigma” y cómo su enfrentamiento puede llegar a ser tema mortal. Colli encuentra en ello la carga de crueldad y hostilidad propia de los dioses griegos, y en especial de Apolo. El conocimiento, en cierta manera, a través del enigma se ve impulsado por el reto divino a resolverlo. Igualmente, el conocimiento al acudir a consultar al Oráculo nunca es claro, sino expresado en mensajes herméticos y oscuros que exigen de una interpretación y un esfuerzo nada comunes.

La dialéctica nace en el terreno del agonismo. Cuando el fondo religioso se ha alejado y el impulso cognoscitivo ya no necesita el estímulo de un desafío del dios, cuando una porfía entre hombres ya no requiere que estos sean adivinos, entonces hace su aparición un agonismo exclusivamente humano. Un hombre desafía a otro hombre a que le responda con relación a un contenido cognoscitivo cualquiera: discutiendo sobre esa respuesta se verá cuál de los dos hombres posee un conocimiento más fuerte.

El nacimiento de la filosofía

Eliminada la interferencia de los dioses, de los que Platón aseguraba que no filosofan porque son sabios, el único ante el que un hombre puede medir sus fuerzas cognoscitivas es otro hombre. Aquí la dialéctica, el diálogo oral o arte de discutir, instaura el ejercicio del logos como razón general que sigue los principios de la lógica deductiva. Ahora bien, aunque en un combate dialéctico, el interrogado no se juega la vida como lo haría ante el enigma del dios, enigma y dialéctica guardan una estrecha relación de forma y contenido. Por un lado, Colli muestra que el mismo término “problema” sirvió para designar el enigma y, posteriormente, la formulación de una investigación en la dialéctica, es decir, la proposición de una interrogación. Por otro, la enunciación del antiguo enigma portaba en su seno la contradicción, tal y como la pregunta dialéctica inicial ofrece los dos extremos de una contradicción. En un tercer aspecto, aunque en la lucha dialéctica el interrogado tiene la opción de elegir su tesis e incluso defenderla respondiendo al interrogador, frente al enigma que era cuestión de resolverlo o callar –vida- y fallar –muerte-, en ambos casos el interrogado tiene pocas posibilidades de éxito.

El interrogante, que representa la parte del dios, de Apolo burlón y maligno, dirigiendo la discusión, no hace más que retrasar y posponer la victoria (…) La dialéctica es un rito: al final quien responde sucumbe, está destinado a sucumbir, como una víctima.

Después de Nietzsche

El objetivo del interrogador no es sino refutar la tesis que elija el interrogado en la pregunta inicial, sea cual sea de las dos opciones contradictorias. Sólo podrá resultar vencedor el interrogado por defecto mismo del interrogador, por error y falta de pericia dialéctica. En otras palabras, esta dialéctica griega no se usaba para construir un conocimiento, sino para destruir cualquier tesis. Por último, si bien es cierto que enfrentando el enigma se ponía la vida en juego y que la batalla dialéctica no es tan trágicamente decisiva, sí es de señalar que la derrota dentro de una discusión, por lo general con un público escogido, humillaba al vencido de forma insufrible.

Con esta descripción, Giorgio Colli logra dos objetivos: interconectar la era de los sabios, mística y religiosa, caracterizada por el enigma, con la dialéctica, desmontando el tópico filosófico que las opone y sucede una a otra bruscamente; y el segundo objetivo, resaltar el carácter destructivo de una razón configurada por la dialéctica. Ni es cierto que la era del logos dialéctico se contrapone a la época arcaica del mythos y la tragedia, sino, en todo caso, descendiente del antiguo enigma, ni puede mirarse a la dialéctica griega como un sistema de universales que configuran y construyen el conocimiento. En cuanto a ese “paso del mythos al logos” Aristóteles mismo nos retrotrae hasta Zenón de Elea como inventor del método dialéctico, de donde Colli desprende la posibilidad de aceptar a Parménides como primer dialéctico en tanto que maestro de aquél, o incluso trasladar el origen más atrás en el tiempo. De este modo, mythos y logos, enigma y dialéctica, abismo e investigación habrían convivido entre los sabios. Y, bien mirado, aunque la lucha dialéctica animara la elevación abstracta de los universales y se rigiera por la lógica deductiva, no es posible asimilarla al ejercicio dialéctico moderno de los grandes sistemas filosóficos. La dialéctica griega no creaba un conocimiento y un cuerpo doctrinal, sino que era la simple lid de la razón humana en movimiento, viva en la discusión.

Las consecuencias de este mecanismo son devastadoras. Cualquier juicio, en cuya verdad crea el hombre, puede refutarse. (…) toda la dialéctica considera indiscutible el principio de tercero excluso (…) Tal imposibilidad significa que ni una ni otra proposición indican algo real, ni siquiera un objeto pensable. Y, dado que ningún juicio y ningún objeto escapan a la esfera dialéctica, de ello se sigue que cualquier doctrina, cualquier proposición científica, perteneciente a una ciencia pura o una ciencia experimental, estará igualmente expuesta a la destrucción.

El nacimiento de la filosofía

También leemos en Filosofía de la expresión:

Un fenómeno este multiforme y prolongado de ejercitación con los universales, las palabras, los discursos, las objeciones, las argumentaciones, hasta la nivelación de posiciones –mediante el enfrentamiento vio de hombres que discuten-, la sublimación de las categorías, el aniquilamiento, en la disputa, de todo tipo de tesis y pruebas, mediante un paso de la constricción a al dominación –todo esto ha sido hecho en Grecia y ha recibido el nombre de dialéctica.

Según Giorgio Colli, Parménides y Zenón de Elea son los últimos dialécticos sabios ante la aparición del último sabio, ya no dialéctico, sino retórico: Gorgias. Parménides obligaba a seguir la senda del ser y prohibía la entrada al reino del no-ser; Zenón de Elea, discípulo desobediente, transitó ese otro reino mostrando la ilusión y apariencia del mundo que ven los hombres, su mero reflejo del mundo de los dioses. Todavía la dialéctica era trasunto de elegidos, de grupos reducidos, y del discurrir dialógico y conversacional. Abandonado el logos que expresaba el impulso religioso, pasó a entenderse el logos como el discurso autónomo e independiente, destructivo, que nada real señalaba. Con Gorgias, el salto a la plaza pública, la supresión del diálogo por el par orador-público y la introducción del factor de la persuasión, que hace indispensable el voto y la aclamación de la concurrencia que escucha, terminan por darle la vuelta al logos. Compradas, dialéctica y retórica:

La retórica es también un fenómeno esencialmente oral, si bien en ella ya no hay una colectividad que discute, sino uno solo que se adelanta a hablar, mientras que los otros escuchan. La retórica es igualmente agonística, pero de forma más indirecta (…) en el discurso retórico el orador lucha para subyugar a la masa de sus oyentes. (…) En la dialéctica se luchaba por la sabiduría; en la retórica se lucha por una sabiduría dirigida al poder. (…) el contenido de la dialéctica, que en su período más refinado se había volatilizado gradualmente hasta las categorías más abstractas (…) ahora con la retórica regresa a la esfera individual, corpórea, de las pasiones humanas, de los intereses políticos.

El nacimiento de la filosofía

La retórica desvirtúa lo esencial de la dialéctica: nos devuelve a lo particular e individual, al cuerpo y la materia sensible, invirtiendo las elevaciones de universales anteriores a descensos aproximativos que ejerzan el poder persuasivo sobre el público. Aquí ya no hay verdad y se radicaliza la inefabilidad, incognoscibilidad y la inexistencia de todo lo real y de todo lo divino. Si en la dialéctica se podía destruir la tesis elegida de dos contrapuestas, en la retórica, aunque se pueda, ni siquiera es necesario: no hace falta vencer al adversario en combate directo, sino convencer al público que media en la lucha con la lógica deductiva, aunque las más de las veces sea por la persuasión. Como sostiene Giorgio Colli, el nacimiento de la retórica no acontece sino con la vulgarización del lenguaje dialéctico.

Ahora bien, hay un hecho sobre el que especialmente quiere Colli que nos fijemos: la escritura, precisamente, asociada al fenómeno retórico. Sobre todo en la retórica, la escritura se convierte en una gran aliada, aunque mantiene su rango de herramienta, de útil, pues el discurso sigue siendo oral. Aún no tiene el sentido literario que le atribuirá Platón. La escritura sirve como medio mnemotécnico para el retórico, de entrenamiento: se escribe el discurso y se aprende de memoria evitando cualquier lugar a la improvisación.

Por regla general es un simple medio mnemotécnico, sin que le afecte una consideración intrínseca. Eso es aplicable también a la retórica, que hasta podría parecer ligada a la escritura desde el principio. (…) Los oradores escribían sus discursos y después los aprendían de memoria, una vez que los habían transformado en expresión plástica. (…) no podía confiarse en la improvisación, si se quería alcanzar la excelencia del arte y se deseaba predisponer del modo más eficaz a la excitación de la emoción del público.

El nacimiento de la filosofía

¿Qué impide que esta herramienta mnemotécnica cobre más valor y autonomía y termine por sustituir a la oralidad? Nada en absoluto. Es más, la unión de escritura y retórica, a pesar de ser una unión incidental, resulta crucial para el nacimiento del género literario de la filosofía. Con ello, hemos trazado el camino desde el viejo enigma cruel y mortal de la Esfinge, pasando por la dialéctica y la retórica, hasta la literatura filosófica.

La “filosofía” surge de una disposición retórica acompañada de un adiestramiento dialéctico, de un estímulo agonístico incierto sobre la dirección que tomar, de la primera aparición de una fractura interior en el hombre de pensamiento, en que se insinúa la ambición veleidosa al poder mundano, y, por último, de un talento artístico de alto nivel, que se descarga desviándose, tumultuoso y arrogante, hacia la invención de un nuevo género literario.

El nacimiento de la filosofía

¿Cuál es el talento artístico del pensador moderno, del filósofo que escribe? La dramaturgia: debe ser capaz de recrear sobre el papel el escenario y acciones propias de la dialéctica sacándolo todo de la imaginación. Es comprensible que Colli piense más en el teatro al estar éste constituido, como la dialéctica-retórica, por gesto y diálogo casi en exclusividad. De este modo:

Dado que carece de interlocutores, deberá construírselos. Le es indispensable, pues, poseer también cierto talento artístico, ser un creador dramático, capaz de inventarse los personajes que le puedan rebatir, y un autor auténtico, capaz de ensimismarse en las voces que le contradigan.

Después de Nietzsche

Héctor Martínez

16/12/2009

GIORGIO COLLI: FILOSOFÍA COMO LITERATURA (I PARTE)

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G. Colli

Hay autores y pensadores que pasan totalmente desapercibidos a su época, o tan sólo se considera su labor más académica. Estos nombres tienen suerte si, en tiempos posteriores, se les recupera en las facetas que, anteriormente, se juzgaron anecdóticas. Es el caso de Giorgio Colli. Además de la heterodoxia que reflejan sus trabajos más académicos (traducciones, ediciones, cursos…), por los que se reconoce el nombre de Giorgio Colli, existen tres obras más que últimamente están siendo recuperadas y son centro de atención para la filosofía contemporánea: Filosofía de la expresión (Milán, Adelphi 1969), Después de Nietzsche (Milán, Adelphi 1974) y El nacimiento de la filosofía (Milán, Adelphi 1975). Las tres obras mencionadas son escritos en los que Colli usa la interpretación heterodoxa como telón de fondo para una exposición de su pensamiento: partir de Nietzsche y su evaluación del moderno Occidente y la Grecia antigua, aproximarse a las fuentes griegas y trazar la línea divisoria que establece Platón entre la “Sophia” y el “Philo-Sophos” a través de la discusión del logos transformado en lenguaje y literatura. Podrá resultar curioso y paradójico que Después de Nietzsche nos retrotraiga hacia el “antes”, pero es perfectamente comprensible cuando observamos que la decadencia descrita por Nietzsche y asumida en gran parte por la filosofía del s. XX, es clave para la renuncia de la modernidad, sus valores y concepciones, y para establecer la posibilidad de reactualizar el punto de origen desde el cual se inició la degradación racional de Occidente.

Prácticamente al comienzo de Después de Nietzsche, Colli lanza la sugerencia principal que guía el libro y su propio pensamiento:

Echar abajo las pretensiones sistemáticas y optimistas de la razón, acabar con la soberbia de la ciencia: de acuerdo –y por este camino podríamos dejar pequeño a Nietzsche- pero no es más que una premisa negativa. Siguen en pie las preguntas más importantes: ¿cómo ha podido suceder todo esto?, ¿en qué consistiría, en cambio, un uso sano de la razón? Y, ¿qué relieve adquiere una razón auténtica? La respuesta histórica no hay que buscarla en la dirección de Nietzsche, siguiendo las huellas de un origen moral. Es preciso indagar la génesis teorética: todo esto ha sido posible por una desviación de impulso cognoscitivo, acaecida en Grecia .

El sistematismo racional, principal enfermedad filosófica de Occidente, tiene su origen para Giorgio Colli en una desviación teorética, y no en una desviación moral. Dicha desviación se produce en la interpretación del logos y su transferencia al lenguaje discursivo de la escritura. El logos como razón comienza como un intento por traducir con la palabra una experiencia oculta, interior, inmediata, un “contacto”, cargado de potencia emocional. Surge en la conversación, y el logos es común a la colectividad. La inserción de la retórica del orador, de un único individuo que se dirige a la colectividad o público, envilece la traducción empapándola de persuasión. Un siguiente paso es la escritura del discurso retórico, donde:

El público ya no escucha las palabras, sino que las lee, ya no está implicado en el “pathos” personal y la magia del retórico. Esta escritura es conocida bajo el nombre de “filosofía”, y en un principio conservaba, aunque languidecente, el elemento emocional .

Después de Nietzsche

Se observa ya en estas pocas líneas que Giorgio Colli entiende la filosofía como un paso más del alejamiento definitivo del “contacto” y la inmediatez. El logos transformado en discurso escrito va perdiendo el elemento emocional que significaba una cierta relación con el detonante: la experiencia oculta, interior e incomunicable. El movimiento fatal acontece desde el momento en que la escritura se convierte en ley de la realidad, y el escritor en un legislador arbitrario que falsifica la inmediatez en la construcción lingüística que configura un “sistema”, confundiendo lo inmediato con la representación:

Perdido el contacto con la experiencia oculta, el discurso escrito debe hallar un puntal en sí mismo (…) Hay que reducir a uno los muchos significados de una palabra, se debe imponer tiránicamente el vínculo de una razón que pertenece únicamente, sin comprobaciones, a quien escribe. El único simulacro, falaz por añadidura, de aquella obra común de la que salió la razón es ahora, cuando toda emoción se ha apagado, el espíritu sistemático. He ahí el edificio alzado por un arquitecto arbitrario, con palabras que han recibido un único significado, vinculadas entre sí por un orden, por una necesidad que sólo un arrogante legislador ha sancionado. El “sistema” permanece como sucedáneo de todo lo que se ha ido perdiendo en las transformaciones precedentes, es el residuo de una cierta retórica exenta de emocionalidad, reseca, convertida en pedante por el puntillo de hacer sobrevivir una razón perdida .

Después de Nietzsche

La creación de “sistemas” persigue indefectiblemente la totalidad. Es el objeto filosófico por excelencia, último y radical. Sin embargo:

Cada expresión es búsqueda de totalidad. Pero aún prescindiendo de la esencial atenuación, falsificación, de la vida originaria en cada expresión, ¿cómo un producto humano puede tener la pretensión de manifestar la vida en su totalidad? Todo lo que el hombre dice, hace, escribe, es siempre una cuestión de gusto, es decir, una reacción de quien está individuado frente a lo que sobrepasa y precede a la individuación, es una cuestión de azar, de contingencia, el reflejo de una fragmentación .

Después de Nietzsche

Preguntado de otro modo, ¿cómo es posible la existencia de un legislador tiránico, de un escritor, de un filósofo, si lo que persigue es una totalidad que le precede? Ya no es sólo la cuestión de la falsificación, sino de la palpable imposibilidad de éxito de la empresa filosófica y su red de la escritura. El filósofo ha de ser incapaz, por naturaleza, de abarcar lo que, de hecho, le abarca a él, aquello de lo que él forma parte, pues la totalidad es anterior al individuo. Y menos aún cuando la herramienta con la que quiere abarcar esa totalidad que le precede es, a su vez, producto del filósofo, algo totalmente posterior, creación suya: el lenguaje, la literatura.

Colli está siguiendo la distinción establecida por el propio Platón.

Platón llama “filosofía”, amor a la sabiduría, a su investigación, a su actividad educativa, ligada a una expresión escrita, a la forma literaria del diálogo. Y Platón contemplaba con veneración el pasado, un mundo en que habían existido de verdad los “sabios”. Por otra parte, la filosofía posterior, nuestra filosofía, no es otra cosa que una continuación, un desarrollo de la forma literaria introducida por Platón; y, sin embargo, esta última surge como fenómeno de decadencia, ya que “el amor a la sabiduría” es inferior a la “sabiduría”. Efectivamente, amor a la sabiduría no significaba, para Platón, aspiración a algo nunca alcanzado, sino tendencia a recuperar lo que ya se había realizado y vivido .

El nacimiento de la filosofía

Es decir, la filosofía nuestra, la que contemplamos bajo el rótulo de Historia de la Filosofía, no es más que la continuación de una forma literaria cuyo origen ha sido malinterpretado. Se tiende a pensar que la filosofía es la pretensión por atrapar un conocimiento, por construir la realidad a través de cada descubrimiento, camino de la sabiduría. Jamás se ha entendido que la filosofía, en tanto que “amor a la sabiduría” y, por ello, inferior ante aquello que ama, mira hacia el pasado, hacia el tiempo de los que no amaban, sino que eran “sabios”. Y lo eran porque no se alejaron de la inmediatez y el contacto de la experiencia incomunicable, oculta, misteriosa y enigmática. La escritura, como expresión literaria del logos, sitúa con Platón una frontera entre el tiempo de los sabios y el tiempo de los amantes de la sabiduría, de los escritores. Lo cual quiere decir que los sabios no escribían en el sentido en que entendemos este verbo actualmente. Ellos mantenían el “contacto” con la inmediatez y lo expresaban enigmáticamente. Frente a esta “Sophia” anterior, la filosofía como arte literario, que en Platón tenía mayor relación con la “paideia” y con la anamnesis, pretende y aspira a la absurda comunicación y explicación de lo indecible, de aquello de lo que precisamente se aleja al sustituir la discusión oral con la simulación de la palabra escrita. El logos se va transformando en una herramienta de distorsión.

Sobre todo, a través de la generalización gradual de la escritura en sentido literario, fue modificándose paralelamente la estructura de la razón, del “logos”. Con aquellos discursos públicos, de que la escritura es un aspecto, se puso en marcha una falsificación radical, ya que se transformó en espectáculo para una colectividad lo que no puede separarse de los sujetos que lo han constituido. En la discusión dialéctica no sólo las abstracciones, sino también las propias palabras del “logos” auténtico, aluden a vicisitudes del espíritu, que se captan sólo con la participación en ellas, en una mezcolanza que no se puede dividir. En cambio, en el escrito, la interioridad se pierde .

El nacimiento de la filosofía

Giorgio Colli está haciendo hincapié en un hecho que la Historia de la Filosofía comúnmente ha pasado por alto al considerarse discípula de Platón. El mismo Platón censuraba y criticaba la escritura, la cual, no era otra cosa para él que, justamente, la “filosofía”. Para Platón resultaba incomprensible que alguien pretendiera transmitir un saber o un pensamiento de máxima importancia por medio de un escrito. Al caso, Colli señala dos pasajes fundamentales: el mito de Theuth en el Fedro y un pasaje de la Séptima carta.

En el mito de Theuth Platón narra como el faraón Thamus desprecia la invención de la escritura por parte del dios Theuth. Para el faraón, la escritura es un “instrumento de rememoración extrínseco dañino para la memoria”, y también “proporciona un saber aparente, no verdadero”:

Al comentar este mito, Platón acusa de ingenuidad a quien piense transmitir por escrito un conocimiento y un arte, como si los caracteres de la escritura tuvieran la capacidad de producir algo sólido. Se puede creer que los escritos estén animados por el pensamiento, pero, si alguien les dirige la palabra para aclarar su significado, seguirán expresando una sola cosa, siempre la misma .

El nacimiento de la filosofía

Platón estaría apuntando a la unidireccionalidad del texto, o lo que es lo mismo, a la imposibilidad de establecer un diálogo con lo escrito, pues nunca dirá ni más ni menos que lo que se escribió. En cambio, el diálogo como forma oral, no como forma literaria escrita, permite la bidireccionalidad, esto es, la interpelación y la réplica, la posibilidad de aclarar dentro del acto comunicativo el significado de lo que pretende ser transmitido. Dicho de otro modo, la escritura no puede tratar de expresar mejor la experiencia inmediata de la que se aleja y disminuye, a la que sustituye intemporalmente y reduce a significados unívocos pasando por alto su carácter inefable.

En la Séptima carta, Colli se fija en las sentencias platónicas contra la escritura cuando Dionisio II quiso divulgar la doctrina secreta del filósofo en escritos por Siracusa.

A partir de este episodio, Platón niega en líneas generales a la escritura la posibilidad de expresar un pensamiento serio, y dice literalmente: “Ningún hombre sensato osará confiar sus pensamientos filosóficos a los discursos y, menos aún, a discursos inmóviles, como es el caso de los escritos con letras”. Pero después repite con mayor solemnidad todavía, recurriendo a una cita de Homero: “Por eso precisamente, cualquier persona seria se guarda de escribir sobre cosas serias para exponerlas a la malevolencia y a la incomprensión de los hombres. (…) cuando veamos obras escritas de alguien (…) debemos sacar la conclusión de que estas cosas escritas no eran para el autor la cosa más seria, si éste es verdaderamente serio, y que esas cosas más serias reposan en su parte más bella pero, si verdaderamente éste pone por escrito lo que es fruto de sus reflexiones, en ese caso “es cierto que” no los dioses, sino los mortales “le han quitado el juicio” .

El nacimiento de la filosofía

El olvido de este Platón por parte de los historiadores resulta incomprensible para Giorgio Colli. Sobre todo, porque de aceptarlo se perdería de inmediato toda la seriedad atribuida a la filosofía, a los tratados y a los sistemas construidos por medio de la escritura. No es el modo adecuado de transmitir el saber y mucho menos para alcanzarlo, cuando es con ello con lo que se funda un tiempo distinto al de los sabios. Y, sin embargo, Platón es expuesto y explicado, es empleado para la construcción de muy diversos sistemas de pensamiento, dentro de un rigor y una seriedad que él mismo ya ha refutado, a pesar de haber sido el verdadero iniciador de la filosofía entendida como escritura literaria.

Platón era suficientemente aristocrático como para saber reírse de su “filosofía, y en cualquier caso hay mucho de juego en sus disfraces. (…) Pero la posteridad tomó muy en serio, al pie de la letra, todas las palabras escritas por él .

Filosofía de la expresión

La seriedad con que se toma el juego de Platón, su “filosofía” como “literatura”, provoca un nuevo error: pensar que la filosofía actual es el desarrollo consecuente, perfeccionado, de la expresión titubeante griega. Creemos, muy usualmente, con cierta enfermedad historicista, que los tiempos actuales son la desembocadura de los inicios antiguos. Para Colli, el movimiento es justo al contrario: al perdernos teoréticamente, al producirse este fatal desvío, es la filosofía moderna la que debe retornar a los orígenes:

Es tiempo de ajustar el tiro: no es la antigua filosofía griega un balbuceo de la moderna, casi una anticipación informe, el deletreo confuso de un niño que está aprendiendo los primeros rudimentos del lenguaje –es más bien la filosofía moderna la que rumia cansadamente estos antiguos pensamientos, como aquel que tras un trauma ha perdido el uso de la palabra y fatigosamente empieza a recuperarla por fragmentos, tartamudeando .

Filosofía de la expresión

Héctor Martínez