05/10/2016

NEBIROS, O EL DESCONOCIDO CIRLOT

Posted in Prosa tagged , , , , a 15:04 por retratoliterario

portadaConocía algo de Juan Eduardo Cirlot como poeta. De sus dedicatorias a dada, a Gaudí, a Magritte, a Dalí o de su amistad con Tapies era fácil deducir sus filiaciones dadístas y surrealistas, era fácil deducir su poco apego a la ortodoxia. Tampoco se acercaba al destilado social de otros. El Cirlot poeta era eso que llaman rara avis, y que hasta no hace poco, ha empezado a ser reivindicado. Como la inmensa mayoría, sobre todo conocía académicamente a J. E. Cirlot como autor del Diccionario de símbolos, junto al de Schneider, su mentor. Los utilicé ampliamente para varios estudios de crítica de arte, mundo que también Juan Eduardo Cirlot habitó. Pero desconocía absolutamente al Cirlot que firmaba la novela Nebiros y que llega a nuestras manos en este Centenario de su nacimiento de manos de Siruela.

No hace falta contar la historia del manuscrito censurado y prohibido, durmiendo en el Archivo General de Alcalá de Henares. Tampoco recalcar más de lo necesario las razones de la subrayada prohibición del censor: libro fatalista, saturado de contradicciones y pesimismo, libro además de pesado, peligroso, de una moralidad grosera y repugnante… Es la única novela, que se sepa, escrita de su mano y la única que intentó llevar a publicación con el resultado conocido. Quizás pesara este último punto en no insistir con más.

La novela es muy anterior al Diccionario, y se escribe en un verano de 1950, en mitad de un parón de publicaciones poéticas (desde 1946 y hasta 1961) y mientras saca a la luz una amplia labor ensayística sobre arte como El arte de Gaudí de 1950 o La pintura abstracta de 1951, a los que habrían de seguir sobre el s. XX y el surrealismo en los años posteriores. Ya en la novela en cuestión advertimos figuras, símbolos y lecturas mitológicas reconocibles en su obra posterior así como escenas y elementos oníricos.

El tiempo de la novela transcurre desde un anochecer al amanecer siguiente. Doce horas a lo sumo, continuas, deambulando el protagonista por calles, puerto, plazas, bares y prostíbulos, mientras se devana los sesos en elucubraciones sobre el yo, el ser, el individuo, la persona, la existencia… Es un monólogo interior, una dramática introspección que nos viene narrada desde un punto de vista omnisciente. Accedemos al ir y venir del recuerdo, el juicio de la propia conciencia, a la justificación de las reacciones subconscientes, de alguien que, simplemente, yerra nocturnamente; de quien, desde fuera, jamás lo sospecharíamos enfrascado en interrogantes vitales como los descubiertos. Vamos conociendo los trasiegos de su personalidad en este descenso a un infierno tan propio e intransferible, mientras transita un intencionadamente alargado paseo del trabajo insulso heredado del padre a la detestada morada familiar decorada por la madre.

Tal y como suele ocurrir, el periplo físico es paralelo al periplo espiritual y simbólico. Conforme avanza la noche, el largo rodeo hasta llegar a casa va cobrando una significación más lúgubre que halla referentes en cuanto se cruza: la miseria y podredumbre, la indignidad humana, el anhelado y siempre repudiado contacto con el otro, más con la mujer, el amor perdido y ya no buscado, la felicidad no encontrada, el trauma familiar y el sinsentido bajo cuyo prisma todo es contemplado. De parte a parte, el protagonista se ve cruzado por un descreimiento nihilista, se ve avasallado por pensamientos que lo azoran y ahogan.

Lo único realmente espantoso era la nada, ser una sombra, transitar en silencio sin ser visto por la gente, sin ser querido ni aborrecido, sin sentir el beso ni el golpe de los demás, de aquella masa incierta que le atraía y rechazaba como una marea continuamente presente en su pensamiento. Su vida había sido una desesperada prueba de construir una persona, tanto en el sentido económico, en el que se había procurado un equilibrio entre el interés y la posibilidad de dirigir un pequeño mundo, sin servir a nadie, como en el familiar, en el que, negativamente, se había obstinado en prohibírselo todo para no ser poseído, como si tuviera miedo de deshacerse en el círculo de la afectividad que, sin embargo, necesitaba imperiosamente. ¡Cuánto había sacrificado a ese dios sombrío de su orgullo personal!

Poco a poco se nos descubren las contradicciones y paradojas humanas, y no sólo del protagonista, el aborrecer lo que se desea porque no se consigue o porque nos lo negamos. Quizás sea esta la razón de que el protagonista y todo personaje carezca de nombre como tal, generalizar la elucubración y el desasosiego, y llevarlos hasta el lector. Quizá porque de noche todos los gatos son pardos.

El protagonista se verá a sí mismo como una falsificación. Incapaz del trato social que al mismo tiempo ansia, del contacto sentimental que desea a la vez que lo rehúye, o del contacto sexual que, reprimido, le impide incluso tomar a las prostitutas más atractivas por infravalorarse a sí mismo, y ni siquiera consumar con las que considera más feas (que se le representan como la archifamosa y diabólica Lilith), llegando incluso a afirmaciones tan duras como:

Las mujeres no eran personas, eran cosas.

Para entender este juicio, debemos recordar la época en que es escrito el relato, 1950. La prostitución de la mujer como alivio económico del hogar, era algo más que aceptado en silencio en esa España mojigata. La prostitución existía por doquier y no era algo ajeno a las obras literarias de la época, sino incluso fuente de argumento (véanse La Noria de Luis Romero, Juan Goytisolo y sus Juegos de manos, La Colmena o Izás, rabizas y colipoterras de Camilo José Cela, Tiempo de Silencio de Martín Santos…).

Y la falsificación que de sí mismo juzga el protagonista, se extiende a toda la imagen que de sí tiene la sociedad:

El mundo entero, en sus parciales teorías y realizaciones, religiosas, sociales, políticas y económicas, era el productor combinado de la falsificación colectiva. Incluso los sistemas metafísicos eran falsos. Esto antes que ninguna otra cosa.

Esto es a lo que se enfrenta el protagonista: a la falsificación de la vida y, por tanto, al descubrimiento abismático de la nada detrás de todo aquel telón de miseria y trauma. La falta de sentido y valor en todo, el sufrimiento como condición natural y entendido de forma shcopenhaueriana, la voluntad anonadada.

Sintió un nudo en la garganta y deseos de gritar desesperadamente, pero se dio perfecta cuenta de que tales gritos serían una solemne hipocresía y una simulación inútil. No podía ponerse en manos de nadie, dejándole la dirección de su vida. Se sentía con fuerzas capaces para llevar la interpretación de su sino hasta las últimas consecuencias, resistiendo el sufrimiento continuo a que se veía sometido, hasta la muerte.

E incluso toma una actitud próxima a la ataraxia estoica como modo de conducta viable para refrenar el dolor innegable:

Pero él estaba libre, libre de todo ello. Nunca se mezclaría en política, ni diría una palabra que pudiera comprometerle, ni opinaría ante la gente sobre moral, religión, filosofía y otra cosa alguna. Procuraría no pelearse con nadie, no ser odiado ni querido. Sobre todo, pondría su mayor empeño en no querer; jamás se casaría, ni tendría hijos, ni visitaría a sus parientes, ni se interesaría por nada ni nadie. Podría ser víctima de sus propios pensamientos, porque eso no le posible evitarlo, pero en ese círculo insalvable estarían los límites de su dolor.

Sin embargo, vive también desengañado de los sistemas y pretensiones filosóficas:

Si se atrevía a abandonar la loca fe en el valor absoluto de la cultura y de la filosofía, y tomaba estas lecturas por lo que realmente eran, un consuelo para el pensamiento y una ocupación para disolver el exceso de tiempo que siempre amenaza al hombre, aún encontraría libros que leer con sosiego (…) ¿Por qué los filósofos no probaban la autenticidad absoluta de sus doctrinas?

Todo surge ante él en un completo desorden, el mundo se presenta de caótica forma y el ser humano completamente cosificado entregado a la muerte en vida. Ya en el comedor social que visita, en los dos prostíbulos, en la taberna… predomina la misma atmósfera demoledora y desesperanzada, asfixiante, entregada a la decadencia más absoluta. Su vocación misántropa, su existencia condenada a la soledad, le lleva hacia la autodestrucción, a distanciarse del ser humano, rechazar colaborar en la incesante cadena de producción de nuevos hombres lanzados a ese mundo mísero:

mucho menos, tener hijos. ¿Él hubiera colaborado en aquella obra gigantesca de aniquilación? Nunca

En cambio, tiene momentos eufóricos en los que considera que la actitud debe ser más positiva, encaminada a la alegría, a la compasión y a la fraternidad, momentos que parecen querer abandonar el derrotismo interior haciendo algo por alguien en el exterior (por ejemplo, ocuparse de una pequeña desaliñada y abandonada con la que se cruza). Pero al final no puede elevarse sobre el sentimiento trascendente ante una materialidad tan miserable, y se convierten en meras formas de autoengaño, de hipocresía consigo mismo.

Al respecto, una imagen simbólica recorre la novela. En uno de los pisos vecinos a su casa, una mujer se encuentra dando a luz durante sus acuciantes cavilaciones acerca de la vida. En todo momento es percibida desde un punto de vista patético: lamentos, gritos, dolores…

La vecina del piso de abajo estaría dando a luz. No comprendía cómo las mujeres podían tener el valor de entrar en un proceso cuya salida era semejante martirio.

El patetismo asume su forma total cuando las divagaciones del protagonista se unen al final del parto de su vecina, como si un ciclo de tragedia vital se hubiese completado:

De pronto, a los lamentos de la parturienta se sumaron los llantos incoherentes de un recién nacido. Una impresión extraña le acometió al oír aquella voz, la cual aparecía en el mundo con un quejido inicial, como si tuviera la misma opinión que él solía mantener sobre todas las cosas. ¿Qué sería de aquel ser que estaba entrando en el universo? ¿Era una sombra más? ¿Cómo sería acogido? ¿Qué felicidad o desdicha le estaba esperando? Acaso tuviera un sino semejante al de los niños pobres, que, aun viviendo con sus padres, arrastran una existencia de miseria y abandono.

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Juan Eduardo Cirlot (1916-1973) en la Rambla de Barcelona, 1945. ARCHIVO DE LA FUNDACIÓN CARLOS EDMUNDO DE ORY

La forma narrativa contribuye a construir esa opresiva sensación de agobio y angustia que envuelven al protagonista, y la trasladan al lector. La continuidad lineal de los pensamientos sin pausas de capítulos ni interludios de ningún tipo, comunicando en todo momento el nihilismo interior y el declive exterior, generan la total desesperanza que el lector no ya sólo percibe, sino que también siente a lo largo de las páginas. La novela, de esta forma, adquiere la dimensión psicológica e intelectual que domina la trama.

Probablemente por no haberla conocido antes de este 2016, Nebiros se ha convertido en una novela fuera de su tiempo, pues nadie de entonces pudo juzgarla más allá del censor, ni discutirla, aplaudirla o denostarla. Tratamos hoy de ponerla en su lugar temporal, comparada con las obras de medio siglo, con las que comparte el dibujo del realismo social; sin embargo, se aleja en cuanto alegoría espiritual, el simbolismo, la profundidad y la perspectiva kafkiana que exhibe también en sus páginas. Al fin y al cabo, le ocurre igual que al propio Juan Eduardo Cirlot, un eterno desconocido, un nombre y una obra siempre por descubrir, en el panorama literario del siglo que ya dejamos atrás, sombra que al desvelarse a un lector, lo hará siempre como fenómeno absolutamente novedoso.

Héctor Martínez