«LA NARIZ DE UN NOTARIO», DE EDMOND ABOUT

Viene bien irse, de vez en cuando, al siglo XIX, a buscar aire fresco. Es una sana costumbre que tengo. A menudo encuentro en aquel tiempo lecturas que extraño en nuestros días, y es un gustazo. Así, al menos, sucede con la que ocupa esta entrada de bitácora —sé que suena muy trekkie, pero no puedo resistirme—. El título, es cierto, no es nada atractivo: La nariz de un notario. ¿Quién querría leer una novela que trata del apéndice nasal de un notario? Aunque también es verdad que siembra cierta curiosidad saber por qué existe una novela que trata de este asunto. El responsable de la obra: Edmond About, un clásico positivista anticlerical y republicano de la época, con un sentido del humor cáustico y muy vivo.

Se nos narra la hilarante historia de un notario, burgués, de buena posición en la sociedad parisina del Segundo Imperio. Alfred L’Ambert, que así se llama el protagonista, es un hombre miope de treinta y dos años que gusta de ir a fiestas, jactarse de su opulencia, flirtear con las bailarinas y despreciar las novedades que trajo la Revolución Francesa mientras despotrica de las capas sociales más bajas. Tengo que poner la descripción con la que lo dibuja Edmond About: «era de elevada estatura, poseía unos ojos grandes y rasgados, frente olímpica, y su barba y sus cabellos eran de un rubio admirable. Su nariz (antes que su nombre) se curvaba en forma de pico de águila. (…) había mamado, a la par que la leche, los buenos principios. Despreciaba, como es debido, todas las novedades políticas que se habían introducido en Francia después del desastre de 1789. A su juicio, la nación francesa se componía de tres clases: el clero, la nobleza y el estado llano. Opinión respetable y compartida todavía hoy por un reducido número de senadores. Se situaba modestamente entre los primeros del tercer estado, no sin ciertas pretensiones secretas de formar con la nobleza de toga. Sentía un profundo desprecio por el grueso de la nación francesa, esa caterva de campesinos y obreros que recibe el nombre de pueblo o vil muchedumbre. Se acercaba a esta lo menos posible, por consideración a su amable persona, que amaba y cuidaba apasionadamente. Sano, esbelto y vigoroso como un lucio de río, estaba convencido de que aquella gentuza era morralla creada expresamente por la Providencia para servir de alimentos a los señores lucios». Con estas pinceladas, muy irónicamente el autor nos ha plantado en la historia, en la lucha de clases, las ideologías imperantes… todo lo que hace de fondo para que la historia de la nariz de este tipejo caricaturesco pueda resultar relevante.

Todo se desencadena cuando Alfred L’Ambert trata de seducir a una jovencita bailarina, Victorina Tompain, «una linda trigueña de ojos azules (…) honesta, como se es generalmente en la Ópera, hasta que se deja de serlo». Pero la muchacha está comprometida ya con el secretario de la embajada de Turquía, Ayvaz-Bey, «corpulento turco de veinticinco años de edad (…) que designaban con el remoquete de Tranquilo (…) un buen muchacho, honrado, decente y tímido». Las tortas entre machos no tardan en aparecer y Alfred L’Ambert le parte la nariz de un golpe a Ayvaz-Bey. Esto es lo que acontece en el capítulo primero, oportunamente titulado “El oriente y el occidente se acometen: la sangre corre ya”.

En el inicio del capítulo segundo, como no puede ser de otro modo, el turco, que ha perdido su apodo de tranquilo en aquel puñetazo, pide ser resarcido en un duelo a espadas (a sables, más bien), y su intención no es otra que atacar la nariz del notario porque «La ley del Talión está escrita: Ojo por ojo, diente por diente, nariz por nariz», y la quiere aplicar a pesar de que le advierta su compañero Ahmed de que «el Korán era, sin duda alguna, un buen libro; pero que estaba ya un poco anticuado. Los principios del honor han cambiado desde los tiempos de Mahoma». Tras discutir con Ahmed, Ayvaz-Bey logra que acceda a concertar el duelo, y que este habrá de ser a sable, porque ni sabe manejar una espada ni tirar con pistola. Y Ahmed accede simplemente porque Ayvaz-Bey no atiende a razones pacifistas de ningún tipo: «¿A qué predicar a un sordo que se aferraba a su idea, como al poder temporal los pontífices romanos?». Esto lo hace About a lo largo de todo el relato: trazar comparaciones que se vuelven pullas de sarcasmo que tira contra estamentos de poder, como cuando en el primer capítulo compara la política con la danza y escribe: «la danza y la política son hermanas gemelas. El tratar de agradar constantemente, el cortejar al público, y tener siempre el ojo fijo sobre el director de orquesta, y refrenar su propio semblante, y cambiar a cada instante de traje y de color, y saltar de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, y volverse con rapidez, y caer nuevamente de pie, y sonreír, en fin, con los ojos llenos de lágrimas, ¿no es, acaso, dicho en pocas palabras, el programa del baile y la política?».

Ninguno de los padrinos quiere que sus representados se batan en un duelo por una cosa tan estúpida. El marqués de Villemaurin, «uno de esos caballerosos sujetos que parecen haber sido respetados por la muerte para recordarnos los usos de las edades históricas en estos tiempos de degeneración que atravesamos», disculpa al notario por su miopía y la semioscuridad en que se hallaban, razones por las que propinó sin querer un golpe al turco al pretender saludar a unas damas. Ofrece una disculpa pública del notario ante Ayvaz-Bey en la que tanto los emisarios turcos como los franceses están de acuerdo. Pero no así Ayvaz-Bey. Y se pasan la noche los turcos yendo y viniendo de una residencia a otra hasta las siete de la mañana. Hasta que el notario pierde la paciencia porque le han mantenido despierto toda la noche y acepta.

En una nueva digresión pullesca, el narrador describe el lugar elegido para el duelo, la aldea de Parthenay, «cuyos habitantes son más ricos, más limpios y más instruidos que la generalidad de los aldeanos. Cultivan la tierra como jardineros, y no como campesinos, y los campos de su término parecen en primavera un pequeño paraíso terrenal. Un prado de fresas floridas se extiende, cual manto argentado, entre un prado de frambuesas y otro de grosellas. (…) París adquiere a peso de oro la cosecha de Parthenay, y los bravos campesinos, a quienes veis caminar a paso lento, con una regadera en cada mano, son casi todos pequeños capitalistas. Comen carne dos veces al día, desprecian la gallina del puchero, y prefieren el pollo asado». Allí mismo, en un claro cercano a los prados de fresas, frambuesas y grosellas se van a partir la madre oriente y occidente.

La escena del duelo es una de las mejores de la novela, de principio a fin. Está pensada al milímetro. Alfred L’Ambert, nervioso como va, se demora en observar cuanto hay alrededor y se entretiene en contemplar un gato hambriento que pasa por la campiña y que va en busca de algo que cazar. Este gato va a ser más importante de lo que el lector puede imaginarse en este instante. El notario, de gustos cinegéticos, odia a los gatos que, como ese, les roban las presas, y hace el gesto con la mano de dispararle e incluso le tira una piedra cuando ve que el gato los sigue. El animal, en su huida, trepa a un árbol próximo al lugar del duelo y se aposta como espectador de primera fila de aquel espectáculo. Cuando Ayvaz-Bey acomete al notario «una oleada de sangre brotó de la punta del sable, unas gafas rodaron por el suelo, y el notario sintió aligerada su cabeza del peso de su nariz. Quedábale aún de ella una parte para muestra, mas, tan insignificante, que no merece la pena de que la mencionemos siquiera». Y justo en ese instante «un cuerpo opaco cayó desde lo alto de una encina», mientras el médico de Parthenay atiende al notario entre filosofías variopintas y pide que busquen el trozo de nariz arrancado: «recuperáronse las gafas de oro, pero las narices del notario no hubo forma de encontrarlas. En cambio, vieron un gato, el horrible gato blanco con manchas rojizas, que se relamía con placer los labios ensangrentados». Uno se siente hasta orgulloso de la venganza del gato, contra el que se lanzan en persecución todos los presentes a la vez que se inicia un terrible aguacero: «Jamás había visto el pequeño bosque de Parthenay, ni volverá a ver tampoco, una caza semejante. Un marqués, un agente de cambio, tres diplomáticos, un médico de aldea, un lacayo con gran librea y un notario sangrando en su pañuelo, lanzáronse a carrera abierta tras un miserable gato. (…) Los que nunca han visto a un notario corriendo tras sus narices no podrán hacerse cargo de su ardor. ¡Adiós frambuesas y fresas! Por dondequiera que pasaba el alud, quedaba la cosecha apabullada, destruida, aniquilada; todo eran flores mustias, brotes rotos, ramas tronchadas, tallos pisoteados». Los aldeanos, cabreados, se lanzan a su vez a la caza de los que han pisoteado sus cosechas. Al final, el gato acaba escapando, todos están empapados como chufas, los aldeanos son indemnizados, Ayvaz-Bey se disculpa  y el notario se queda sin su nariz. ¿El título del capítulo? “La caza del gato”.

Edmond About [Recueil. Portraits d’Edmond About (XIXe s.)] – National Library of France, France – No Copyright – Other Known Legal Restrictions.

En los capítulos tercero a sexto empieza la segunda parte de la novela. Desarrollan un delirio de cirugía que nada tiene que envidiar al realismo mágico del siglo XX y que es buen ejemplo de la literatura del absurdo decimonónica —para la que hemos abierto boca con la escenita del duelo y de la caza del gato—. Todo comienza con el (h)ojeo de un manual de cirugía de la época para que el notario se haga una idea de lo que ha avanzado la ciencia médica. La descripción es cómicamente dantesca: «Cuando hubo hojeado el notario las primeras doscientas páginas, y visto desfilar ante sus ojos la serie lamentable de ligaduras, amputaciones, resecciones y cauterizaciones, dejó caer el libro y se echó en una butaca, apretando los ojos con horror. Mas esta precaución no evitole seguir viendo pieles seccionadas, músculos separados por pinzas, miembros seccionados a grandes tajos, huesos aserrados por manos de operadores invisibles. Los rostros de los operados que se ven en los dibujos anatómicos, parecíanle tranquilos, resignados, insensibles al dolor, y preguntábase si tal dosis de valor podía ser compatible con la naturaleza de las almas humanas. Seguía viendo, sobre todo, al cirujano de la página 89, todo vestido de negro, con un cuello de terciopelo en su levita. Este fantástico ser tiene la cabeza redonda y algo grande, la frente despejada, y asierra con esmero y seriedad los dos huesos de una pierna viva». Obviamente, casi como un niño, el notario queda horrorizado, y más cuando el cirujano de la página 89, aparece por la puerta.

El diálogo con el cirujano tampoco tiene desperdicio entre sarcasmos con la homeopatía y descripciones de métodos de rinoplastia sui generis (el método francés, que se descarta, el indio y el italiano) que, en resumen, consisten en cortar piel en forma de triángulo de otro lado para reconstruir la nariz. Aunque no hay que cortar del todo, sino dejar un vértice aún adherido y coser el pedazo restante en la nariz, y permanecer así durante un mes. La única diferencia entre el método indio y el italiano es que el trozo de piel provenga de la frente o de un brazo. Decantado por el brazo, es decir, por el método italiano —no pierde la oportunidad de poner a caldo a indios e italianos, los primeros por salvajes y los segundos por ser políticamente ingratos con sus amos—, el notario tendrá una feliz idea que da una vuelta más de tuerca al absurdo: que no le desollen el brazo a él, sino que agarren a algún pobre desgraciado al que le corten del brazo a cambio de pagarle. De los sirvientes del notario ninguno podrá ser porque «Mis criados son todos caballeros, que poseen capitales y valores en cartera, y especulan al alza y a la baja, como todos los criados de casa grande. No creo que haya ninguno entre ellos que quiera comprar con el precio de su sangre un dinero que se gana tan fácilmente en la Bolsa. (…) Nuestros padres tenían servidores abnegados: nosotros sólo poseemos unos grandísimos pillos que medran a nuestra costa, y, en el fondo, tal vez salgamos ganando. Nuestros padres, que se veían amados por estas gentes, creíanse obligados a pagarles en la misma moneda. Sufrían sus defectos, asistíanlos en sus enfermedades, alimentábanlos en su vejez: esto era insoportable. Yo pago a mis criados para que me sirvan bien, y, cuando no estoy satisfecho de ellos, los despido, sin meterme a averiguar si es falta de voluntad, vejez o indisposición lo que motiva su mal comportamiento». Nuevamente tenemos aquí unas líneas paródicas de la visión del mundo y de las clases sociales del notario: el criado, por lo visto, medra a costa suya, y si trabaja mal, las razones siempre inculpan al propio criado (voluntad, vejez o indisposición).

Finalmente, la víctima será un joven aguador que pasaba por allí, auvernés grosero, borrachín, descontento con la vida, cuyo acento le lleva a pronunciar todo con ch. Su nombre: Chebachtián Romagné. Y los destinos del notario aburguesado y del pobre diablo de Romagné quedarán ligados: cuanto ocurra a Romagné, y en concreto, a su brazo, le sucederá a la nariz de Alfred L’Ambert. Esto da lugar a una serie de escenas hilarantes que tienen un objetivo claro: cuantas desventuras pasa la clase baja, las sufre a su vez el burgués, uno y otro están ligados. Tenemos escenas en que el notario queda contagiado por la forma de hablar con ch por una rinitis («Padecéis un fuerte ataque de coriza, y habláis por la nariz: por eso os expresáis en auvernés») lo que incluye una discusión entre ambos por lo que «Ya eran dos a destrozar el idioma»; otras en las que se le enrojece la nariz debido a las curdas que se pilla Romagné; otra en que se le rompen los anteojos de oro porque el muchacho trabaja azogando espejos con mercurio —y recordemos que el notario es miope y no ve tres en un burro sin las gafas—… La única forma de sobrellevar la peculiar relación establecida brazo-nariz es que el notario mantenga al auvernés con una pensión y casa, de modo que se exponga lo menos posible a peligros que puedan afectarle a él también. Pero es un difícil equilibrio entre opuestos sociales que no tiene visos de terminar bien para ninguno de los dos.

Toda la segunda parte revela, junto a los dardos lanzados y las escenas cómicas, macabras y absurdas, que poco a poco se va levantando una reflexión social y moral en la novela. El libro no es solo una tragicomedia de entretenimiento, sino que, de forma muy inteligente, entre las risas se cuelan vislumbres de la situación real que es objeto de sátira, y la burla acaba adquiriendo ciertos tintes de tono moral perfectamente aplicables a toda estructura de la sociedad, de ayer y de hoy. Sigue a cada página una narrativa dual en la que los opuestos convergen con dramáticas consecuencias (oriente y occidente, el París galante y el París de baja estofa, la urbe y el campo, el animal y el hombre), sin romantizar ninguno de los costados, sin caer en el maniqueísmo usual que echaría a perder de inmediato lo cómico. Subrayable es el talento e ingenio para crear y construir cada desatino siguiendo un delineado plan en el que todos los elementos que forman parte de la escena y la historia entrarán en juego sin que el lector llegue a advertirlo hasta acabar la lectura del pasaje y hasta el remate excelente de la novela.

Si el lector queda con hambre de leer sobre más disparates de miembros seccionados, puede acudir a las páginas de El hombre de la oreja rota (1862), que también bajo el humor, se aproxima a temas habituales en el siglo XX de la ciencia ficción como la criogenia y el salto en el tiempo. Ahí quedan ambas recomendaciones sobre About.

Héctor Martínez

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