10/02/2009

OSCAR WILDE EN READING (II): BALADA DE LA CÁRCEL

Posted in Poesía tagged a 0:52 por retratoliterario

Oscar Wilde

Oscar Wilde

Oscar Wilde abandonó la cárcel de Reading en mayo de 1897, después de una condena de dos años de trabajos forzados, durante los cuales escribió la extensa carta que conocemos bajo el título De profundis que ya fue comentada en un artículo anterior. Una vez libre, no tardó en escribir el largo poema The ballad of the Reading gaol, como si prolongara su estancia en la prisión con un desahogo lírico que encontró un motivo mucho más doloroso que su propia condena: la condena a muerte de otro preso. Wilde lleva al extremo su experiencia carcelaria como aquél que quiere exprimir todo lo que el dolor contenido guarda en el alma, lo cual impacta aún más si lo que sirve de fondo es la muerte conocida y prefijada, una muerte imposible de ignorar, no sólo por quien ha de caminar hacia el cadalso, sino también por quienes le contemplan, en el día a día, aproximarse al final:

So with curious eyes and sick surmise/ We watched him day by day

(Con ojos curiosos y sumisión enfermiza/le mirábamos día tras día)

Aquella condena era tan grave para los propios presos, que no podían si quiera pensar en sus propias penas o delitos, y mucho menos compararse:

And, though I was a soul in pain,/ My pain I could not feel.(…) And I and all the souls in pain,/ (…) /Forgot if we ourselves had done/ A great or little thing

(Y sabiéndome como alma en pena, no pude sentir mi propio dolor (…) Y yo y el resto de almas en pena/ (…)/ olvidamos si nosotros mismos habíamos hecho algo grave o insignificante)

Se trata de un soldado de la Guardia Real Montada, Charles Thomas Wooldridge, condenado a muerte por haber degollado a su mujer a causa de los celos. Un crimen pasional y horrible donde los haya junto a la condena fatal y máxima que podía imponerse. El extremismo del motivo poético es absoluto. Ya no se trata de una larga y dura espera de la libertad, sino de la muerte. Incluso cuando se denuncia la situación desesperante y torturadora de los presidiarios, la sombra del verdugo o la tumba abierta cubren cualquier otra condena:

(…) we forgot the bitter lot/ That waits for fool and knave,/ Till once, as we tramped in from work,/ We passed an open grave./ With yawning mouth the yellow hole/ Gaped for a living thing.

(Nos olvidamos de la amargura/ que al loco y al bandido aguardaba/ hasta que un día, marchando pesadamente al trabajo,/ pasamos junto a una tumba abierta./ Con enorme boca el agujero amarillo/ bostezaba por un ser vivo)

Esto ven el resto de presos, pero, ¿qué hace el condenado a muerte? Con toda probabilidad sea el verso clave de toda la balada el que describe a Wooldridge desde los ojos de Wilde:

I never saw a man who looked/ So wistfully at the day/ I never saw a man who looked/ With such a wistful eye/ Upon that little tent of blue/ Which prisoners call the sky.

(Nunca vi yo a un hombre que mirara/ tan melancólicamente el día/ Nunca vi a un hombre que mirara/ con ojos nostálgicos/ hacia la campana azul/ que los presos llaman cielo.)

El resto de presidiarios saben que ellos verán de nuevo el día y, ante Woolridge, ven a un hombre que:

he drank the air as though it held/ Some healthful anodyne;/ With open mouth he drank the sun/ As though it had been wine!

(Él bebía el aire como si portara/ algún saludable sedante;/ Con la boca abierta bebía el sol/ como si fuera vino).

La imagen es trascendente, arrancada de la cotidianeidad carcelaria: para ver el exterior, sólo se puede mirar hacia el cielo en un patio o por un ventanuco. Pero mirar el cielo se convierte, fácilmente, en un acto de elevación, de situarse en lo alto. Del cielo, del sol y del aire se alimenta el preso, y aún más el condenado a muerte.

Los guardias, que le acompañan para evitar que se quite la vida o, como dice Wilde:

lest himself should rob/ Their scaffold of its prey.

(No sea que él mismo robe/ la presa al cadalso)

ocultan sus rostros bajo la máscara del cumplimiento, pues no pueden permitirse que surja en ellos una compasión inútil, porque:

What word of grace in such a place/ Could help a brother’s soul?

(¿Qué palabras de consuelo en tal lugar/ puede animar el alma de un hermano?)

Los presos se desdibujan en figuras oscuras que en la noche, desvelados, se arrodillan y oran ante aquello:

Grey figures on the floor,/ (…) men knelt to pray/ Who never prayed before/ All through the night we knelt and prayed.

(Figuras grises sobre el suelo/ (…) hombres arrodillados rezando/ quienes nunca antes rezaran/ Toda la noche oramos arrodillados)

Es tras la ejecución, horas después, cuando los presos salen a su patio, son ellos los que:

I never saw sad men who looked/ So wistfully at the day.

(Nunca vi tristes hombres que miraran/ tan melancólicos el día)

Cuando era el ejecutado el que contemplaba el cielo y el día, se diría que estaba alegre, y los demás le miraban a él extrañados. Ahora, el contraste es que los presos miran ese mismo cielo, tristes. Hay, efectivamente, un deseo de muerte:

But their were those amongst us all/ Who walked with downcast head,/ And knew that, had each go his due,/ They should have died instead.

(Pero eran aquellos de entre nosotros/quienes caminaban abatidos/y sabían que, cada uno con su deuda,/debían haber muerto a cambio)

Ven la tumba cerrada y la cal sobre los zapatos de los guardias. Ya imaginan con ello el cuerpo desnudo bajo la tierra, devorado por la cal viva. Sólo los presos lloran. Aparecen, entonces, los versos más sentidos de Oscar Wilde en la balada:

For three long years they will not sow/ Or root or seedling there:/ For three long years the unblessed spot/ Will sterile be and bare/ (…)/ They think a murderer’s heart would taint/ Each simple seed they sow./ It is not true! God’s kindly earth/ Is kindlier than men know,/ And the red rose would but blow more red,/ The white rose whiter blow.

(Durante tres largos años ellos no sembrarán/ ni arraigarán ni plantarán allí/ Por tres largos años el lugar maldito/ quedará esteril y baldío/ (…) Ellos creen que el corazón de un asesino corrompería/ cada sencilla semilla que sembraran/ ¡No es cierto! La bondadosa tierra de Dios/ es más generosa de lo que los hombres piensan/ Y la rosa roja, brotaría más roja/ La blanca rosa más blanca.)

Aunque la balada está compuesta en seis partes, bien podríamos entenderla en dos: una primera que comprendería las partes I a IV, donde se presenta y narra el motivo de la condena a muerte de un hombre, como hemos visto ya; una segunda, que recogería las partes V y VI, donde Wilde reflexiona acerca del mundo de la cárcel, y la justicia y la ley de los hombres, que es la que nos queda por ver.

Esta segunda parte, Wilde la empieza nuevamente por el desesperante lento correr del tiempo en la prisión:

All that we know who lie in goal/ Is that the wall is strong;/ And that each day is like a year,/ A year whose days are long.

(Todo lo que sabemos quienes vivimos en prisión/ es que el muro es poderoso;/ y que cada día es como un año,/ Un año cuyos días son interminables)

Y es en ese interminable día continuo, en ese año de días inacabables, cuando el preso percibe, primero, que las leyes justas o no, discriminan:

I know not whether Laws be right,/ Or whether Laws be wrong;/(…) But this I know, that every Law/ That men have made for Man,/(…) But straws the wheat and saves the chaff/ With a most evil fan.

(Ignoro si las leyes son buenas/ o si las leyes están equivocadas/ Pero sí sé que cada ley/ que los hombres ha hecho para el Hombre/ rechazan el trigo y salvan la paja/ con un tamiz diabólico)

En segundo lugar, el ocultamiento intencionado que persiste sobre las prisiones y lo que en ellas ocurre:

every prison that men build/ Is built with bricks of shame,/ And bound with bars lest Christ should see/ How men their brothers maim./ With bars they blur the gracious moon,/ And blind the goodly sun:/ And they do well to hide their Hell,/ For in it things are done/ That Son of God nor son of Man/ Ever should look upon!

(Cada prisión que los hombres construyen/ está hecha con los ladrillos de la vergüenza/ y cercada por barrotes no sea que Cristo pueda observar/ cómo los hombres mutilan a sus hermanos./ Con rejas desdibujan la misericordiosa luna/ y ciegan al bienhechor sol:/ y ellos hacen bien ocultando su Infierno/ pues en él ocurren cosas/ que nunca el Hijo de Dios ni el hijo del Hombre/ debieran contemplar)

Y en tercer lugar, el efecto más habitual y menos mencionado de una prisión:

It is only what is good in Man/ That wastes and withers there./ (…) And never a human voice comes near/ To speak a gentle word/ (…) And by all forgot, we rot and rot,/ With soul and body marred.

(Tan sólo lo que hay de bueno en el hombre/ se desperdicia y marchita allí/ (…) Y nunca una voz humana se acerca/ con una palabra amable/ y por todos olvidados,/ nos corrompemos y pudrimos/ con el alma y el cuerpo malogrados).

Si bien es por la época el que Oscar Wilde diera con sus huesos en la cárcel, ya se ha hecho costumbre que el preso lo es por delinquir, ocultando con ello, tantas veces, que el delito se convierte en excusa para infligir castigo y daño justificados, cualquiera que sea su grado y su desproporción. Así, para terminar, mejor que yo puede decirlo Wilde con una estrofa del comienzo, pensando en el ahorcado, y que regresa a las mientes cuando la balada termina:

It is sweet to dance to violins/ When Love and Life are fair/To dance to flutes, to dance to lutes/ Is delicate and rare/But it is not sweet with nimble feet/ To dance upon the air!

(Es dulce bailar al son de los violines/ cuando Amor y Vida son justos/ Bailar al sonido de flautas, bailar al ritmo de laúdes/ es delicado y extraño/Pero nada de dulce tiene, con pie ágil/ bailar en el aire!)

Héctor Martínez

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1 comentario »

  1. MARIA ARENAS said,

    Héctor:

    Se lució con este análisis. Felicitaciones. Me fue muy gratificante leerlo.


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