10/02/2009

ROSALÍA Y “EL CABALLERO DE LAS BOTAS AZULES”

Posted in Prosa tagged , a 12:36 por retratoliterario

Rosalia de Castro

Rosalía de Castro

Rosalía de Castro, gallega de nacimiento, pero también por vocación amorosa hacia su verde tierra -véase si se duda el arrebatado alegato con que prologa sus Cantares gallegos-, anda un tanto olvidada en los cajones de profesores, críticos y literatos que gustan hablar más de Bécquer, Espronceda, Zorrilla y el etcétera del romanticismo. Y en ese extraño olvido, tiende a perderse una obra que muy poco tiene que envidiar al Larra más crítico, a las leyendas más románticas de Gustavo Adolfo o a la copia del Don Juan que nos trajo Zorrilla, descendiente de Tirso. Tampoco a Homero ni Cervantes si cabe decirlo en estas líneas y sin ofender a los más dogmáticos. El título, poco conocido: El caballero de las botas azules. Y en cuanto al género, como ya se habrá acostumbrado el lector a que traiga el menos señalado al autor, no es poesía, sino novela, con una introducción dramatizada y digna de llevarse a un escenario -pese a que prefiero el teatro leído al representado.

La misma musa de Homero, Hesíodo, Virgilio o Dante, es invocada al comienzo de la obra como fuente de inspiración, con la misma solemnidad literaria que conocemos:

Ya que has acudido a mi llamamiento, ¡oh musa!, escúchame atenta y propicia, y haz que se cumpla mi más ferviente deseo

Lo que sigue y sorprende al lector es una monumental discusión y bronca, con su tono burlesco, entre la divinidad de la Novedad y el hombre que busca aplauso inmortal por su ingenio. Incluso pareciera que éste pretende en algún momento seducirla y aquella jueguetea con él rompiendo la seriedad de la invocación. No faltan, sin embargo, pasajes en esta pequeña obra de teatro, pasajes verdaderamente hondos que delatan los dos grandes temas de la novela: las críticas a la superficialidad social y literaria del momento. Sin duda que toma cierto carácter cervantino, aunque no sólo por ello, en la selección de varios autores dentro de una “quema” verbal de libros:

MUSA.- Ya no es Homero, cuyos lejanos acentos van confundiendo su débil murmullo con las azules ondas del mar de la Grecia; ya no es Virgilio, cuyo eco suavísimo, a medida que avanzan los años, se hace más sordo y frío, más lento e ininteligible, como gemido que muere; ya no es Calderón, ni Herrera, ni Garcilaso, cuyas nobles sombras, cuando la clara luna se vela entre nubes blanquecinas y esparce por la tierra una confusa claridad, vagan en torno de las academias y de los teatros modernos, buscando en vano alguna memoria de tus pasados triunfos. Su nombre no resuena en ellos (…) el mundo, encarnizadamente cruel con los caídos, al percibir a través de la noche sus vagos contornos, les grita, -¡Ya fuisteis!, y pasa adelante.

(…) ¿Cómo me pides entonces nueva inspiración, si en ellos puedes hallar todas las fuentes? (…)

HOMBRE.- Gustar de lo nuevo no es despreciar lo viejo.

Y no es lo viejo, ni lo nuevo, sino lo más reciente lo que terminara borbollando en la fuente y hundiéndose en el abismo del olvido:

Esa fuente vierte en un pozo profundo el fruto de nuestras vigilias. Dramas, novelas, historias, periódicos, versos, la mayor parte de lo que constituye la moderna literatura va a pudrirse en semejante abismo. Esos letreros dicen los nombres de los autores cuyas obras se hallan destinadas a llenar el pozo de la moderna ciencia. ¡Irrisión sin ejemplo! ¡Y todos esos autores se hallan aquí! ¿Comprenden ustedes esto? Es el insulto más sangriento que ha podido hacerse a los escritores en tiempo alguno.

Sin duda, dentro de la chanza hay un pozo de seriedad que, en la voz de Rosalía, exige un nuevo rumbo literario. ¡Quién diría que no es la misma Rosalía de Castro la que habla por boca de la musa! Así también el largo parlamento de ésta que empieza -no lo copiaré entero porque la extensión no lo hace recomendable-:

La presunción en todo ve alabanzas y ojos codiciosos, soberbia criatura… ¿De qué puedes estar orgulloso?…

Parlamento que no deja títere con cabeza; en el que empieza hablándole a un hombre, y resultara que habla a todo hombre decimonónico. Y ambas críticas se entrelazan en la novela a partir de una pregunta que carga tintas a diesto y siniestro:

¿Qué más puede ambicionar un hombre en el siglo de las caricaturas que hacer la suya propia y la de los demás ante un auditorio conmovido?

Efectivamente, es el punto de inicio de la sucesión de historias -“historia de historias” – en Madrid con el hilo conductor de un Caballero peculiar -la trama por saber quién es cierto Caballero-, caricaturesco como Don Quijote, y a la vez, caricaturero de cuantos se cruza, al tiempo que misterioso hombre de tinieblas y cementerios tan idealizados en la época. Ambientes que Rosalía no duda en ridiculizar, más próxima a una satira realista que al tormentoso espíritu romántico -así el capítulo IV en que se introduce la narración de la joven Mariquita y se sigue su especial predilección por el cementerio a partir de X. Se trata de una verdadera Novedad -como indica la musa-:

para que puedas cumplir tus gloriosos votos, sólo falta que te instruya en mi ciencia, dándote parte de mi manera de ser y una apariencia extraña y maravillosa. Con esto triunfarás, cautivarás y representarás la más aplaudida y ridícula y singular comedia de tu siglo. Los espectadores se devanarán los sesos por comprender su argumento, y te juro que no lo conseguirán, así como nadie los comprende a ellos, sobre todo cuando, con el furor y el entusiasmo con que el Hidalgo de la Mancha emprendía sus hazañas, hacen que su pobre ingenio se prodigue y desparrame en miles de pliegos, vanamente escritos pero perfectamente impresos. Valor, pues, para resistir y arrostrar las luchas que te esperan. Valor para reírte de ti mismo y vencer a mis amigos y enemigos

El caballero recorre, dejándose ver esporádicamante, la frívola vida de mujeres y hombres, condesas-capítulos V y VI-, editores, críticos y literatos -capítulo VI o las más firmes condenas del XXII-, como una auténtica novedad que todos quieren conocer y siempre se les escurre. Es el centro de conversaciones sobre un personaje del que cabe la duda acerca de su existencia, entre aspavientos de ligereza y trivialidad intrascendentes con la introducción, por ejemplo, snob de extranjerismos -“inglis”, “Il violino”, “cold cream”…- en las bocas nobles. ¡Si hasta se convierte en cuestión de debate entre los zapateros el origen de las maravillosas botas azules! Hábilmente Rosalía, como si de una novela de misterio se tratara, va dejando pistas al lector para descubrir el secreto -a nadie ha de escapársele las referencias del capítulo VIII:

Al hablar así, dijérase que a través de la marmórea palidez que cubría siempre el semblante del Duque se dejaba percibir otro rostro ardoroso lleno de pasión y de vida; dijérase que el hombre extraordinario, la notabilidad por excelencia, el caballero de las botas azules, en fin, sostenía un combate sangriento con el más terrestre, enamorado y vulgar hijo de Eva.

La combinación de escenas con el nexo en el caballero extraño no impide ver la especial relación que existe en varias direcciones entre aquél y Mariquita o el de la Albuérniga, o más aún con las condesas y marquesas. Con el último, continuamente se producen diálogos en tensión cuyas chulerías recuerdan sensiblemente los dardos entre el Don Juan Tenorio y el Don Luís Mejía de Zorrilla, como lo es el recorrido junto a los personajes femeninos, condesas, marquesas y demás ardiendo en deseos de concerle, y alcanzándolas él cuando menos lo esperan, cuando más desarmadas se encuentran y más vulnerables a cualquier seducción -a partir del capítulo XI. Mariquita es el equilibrio femenino de la liviandad mujeril. No es menos la cuestión de las mujeres durante todo el relato, poniendo el acento Rosalía en unas formas de feminismo literario que azuza al propio sexo y al homólogo masculino a tomar en serio la cuestión:

Feas o bonitas, las unas cargan sobre sus hombros la pesada cruz del matrimonio, viven las otras resignadas o alegres en el estado honesto propio de las almas recogidas y amantes del reposo; mas, si en verdad no son tan poéticas ni espirituales como se desearía, y su belleza física tiene por lo común defectos que pueden pasar por no vistos, si no son, en fin, tan perfectas ni escriben tan bien como las novelas cuentan no debe culpárselas a fe porque cumplan debidamente su misión haciendo hasta la muerte su papel de mujeres. Cosa es ésta digna de la mayor alabanza, cuando hay tantos hombres que ejecutan el suyo de la peor manera, dándose a divagaciones prohibidas a los entendimientos vulgares, puesto que nacieron para vivir modesta y honradamente, haciendo compás con el martillo o el azadón, al huso con que hila el blanco lino su buena esposa.

Mujeres preocupadas del vestir “de recibir”, de su presencia y percha en una pura petulancia exhibicionista y presumida de meros maniquíes, contra la que el Duque de las botas no duda en acometer con insidiosa y provocativa ironía. Mujeres para quienes la calceta y el tejer es un insulto a su alta posición, y se indignan ante un caballero que sacude el podio de clase en que ellas se aupan. El hábito no hace grande a la mujer, ni el palacio que habita. No me cabe duda que el papel principal de toda la novela lo desarrolla la propia Mariquita, más allá de las botas azules y toda la parafernalia de alta sociedad en torno de ella y su Corredera del perro, abrigada en su inocencia y ahogada por la ceguera del alrededor. Mariquita cuenta con la aprobación y consejo, hasta con la ternura, del fantasmagórico personaje. La única que es mal mirada por acercarse al Caballero, mientras el resto de alta alcurnia lo persiguen como ella. Mariquita ya ha triunfado sobre el resto cuando el de las botas azules sujeta su mano entre las suyas.

Un gran banquete final en el capítulo XXIII va a poner cada cosa en su sitio, con toda esa alta sociedad preocupada del vestir y del baile, imitando los atuendos del caballero “puestos de moda”. Las grandes damas, esclavizadas van a adquirir su libertad. El mundo es liberado del insulso contenido de novelas, versos y artículos vanos, enterrados en un hoyo profundo y sustituidos por unos libros mínimos en terciopelo y broche de oro. Un banquete en el que es singular la presencia de Galicia, propiciadora de los manjares:

También se veían allí frescas ostras, tiernos espárragos y pescados tan finos, como desconocidos en la corte, aromáticas fresas, y urracas de almizclado aroma y gratísimo sabor: todo traído por la primera vez de la hermosa y fecunda Galicia, tierra incomparable para el delicado paladar del gastrónomo y bella como ninguna en todas las estaciones para el poeta y el artista.

Pero nunca termina de descubrirse la identidad que ocultan las botas azules, en un continuo simbolismo mágico y lúgubre:

¿Sabes lo que yo soy? Soy un duende inquieto y tornadizo que se complace en reírse de sí mismo y de los que se le parecen, un mal espíritu que no ama el reposo que una honrada medianía proporciona, ni el fuego amoroso del hogar doméstico, y que sólo pasaría a tu lado breves instantes porque iría en busca de los combates y emociones del mundo, (…) Además, yo no soy siempre el mismo y te horrorizarías si pudieras verme en las diferentes formas que toma mi extraña naturaleza. Algunas veces soy, como ahora, joven y bello, otras me convierto en un viejo de rostro de hielo y mirada de cadáver

Se describe el Caballero a sí mismo ante Mariquita con estas palabras. ¿Está vivo o muerto? Mariquita lo conoce en el cementerio. Dorotea lo reconoce como un resucitado. ¿Duende o real? Aparece y desaparece milagrosamente, casi sobrenatural. En sí mismo el Caballero de las botas azules o también conocido como el Duque de la Gloria humilla toda la sociedad envilecida en la imagen y la postura, con los dos rasgos de locura y genialidad frente a la tradición de Albuérniga, frente a la literatura de la época, pretenciosa y huera al mismo tiempo. Rosalía entra con la novela en el Realismo que la ignora -ensalzando a Galdós o Clarín-, a través de la pintura de la decadencia moral explícita y que aún había de durar. Pero también anticipa los rasgos que aprovechará el modernismo. No faltan en la novela toda la exhuberancia de culturas exóticas del oriente, sin olvidar su eterna Galicia -¿suya? ¿de todos con su obra?. Recupera la misma tradición refranera que Cervantes ponía en su Sancho -es constante la presencia del refranero en palabras e imágenes- o la facilidad de introducir el relato en el propio relato:

¡Irritante iniquidad, contra la cual es preciso que se proteste con energía! Hablo de este modo, señora, porque me ha indignado la reciente lectura de una novela desconocida que lleva por epígrafe: El caballero de las botas azules. En ella, una gracia bellaca, como diría Cervantes, unas pretensiones que se pierden en lo infinito, una audacia inconcebible y un pensamiento, si es que alguno encierra, que nadie acierta a adivinar, se hermanan lastimosamente con una falta absoluta de ingenio; he leído la mitad, y no puedo saber todavía en qué capítulo empieza, puesto que es en todos a la vez.

Profética, la musa ya había señalado al comienzo la futura incomprensión de esta obra, que pasó sin pena ni gloria en su siglo y casi todo el siguiente. Tan inconcebible me parece el ignorar a la Rosalía novelista, como revalorizarla ahora -muy recientemente- con el criterio feminista de la discriminación positiva que genera una literatura femenina -¡horrible concepción para la literatura misma!-, o el lingüístico que enfrenta lenguas tan distintas como parecidas y ricas -si cojo obra en castellano, no por ello me he quitado de nombrar los Cantares gallegos que he leído en su voz original. No es por ser mujer por lo que traigo este libro a mi Retrato y a ella como su autora, sino por el propio libro inmerecidamente despreciado durante tanto tiempo y el sentido y valor literario que Rosalía supo imprimirle a la busca de un punto cero y de origen para una nueva escritura. Un valor dado no ya por la tierra nacional o gallega, sino incluso por la reivindicación más internacional que podía hacerse al introducir a Mefístofeles, con los ecos de Goethe en la época, para calificar a su caballero con un nombre propio universal. ¿Es el caballero un alma vendida al diablo o el mismo diablo? ¿Es la musa un diablo? Son musa y caballero la única e incomparable Rosalía. ¿Es Rosalía el diablo decimonónico que tantos quisieron ser para abrir el infierno y tragarse al mundo entero… y recrearlo originalmente desde la palabra?

Héctor Martínez

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